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¿Qué pasa cuando la relación con tu madre no es buena?
Existe una imagen que siempre me ha acompañado: el pequeño triángulo entre los asientos delanteros del coche, donde podría contemplar a mi madre mientras se ocupaba de sus tareas diarias. Era un espectáculo aparentemente tranquilo, pero en realidad era un laberinto de emociones y conflictos que nunca pararon de cambiar.
La relación con la madre es algo que siempre se asume como una certeza. "Para mí, mi madre no tiene historia", escribe Annie Ernaux en su libro "Una mujer". Pero ¿qué pasa cuando esta certeza se derrumba? ¿Cuándo nos damos cuenta de que nuestra madre no es tan perfecta como creíamos?
La verdad es que pasan años hasta que entendemos la verdadera naturaleza de nuestra relación con nuestros padres. Cuando crecemos, comienzamos a verlos bajo una luz diferente. La distancia se ensancha y nos damos cuenta de que nuestra madre no es solo una figura materna, sino también una persona con sus propias luchas y emociones.
En su libro "Las hijas horribles", Blanca Lacasa compila testimonios de mujeres que se consideran malas hijas. Según ella, la culpa y la perfección proyectada sobre la figura materna son muy comunes. Pero ¿qué pasa cuando este sentimiento de culpa y perfección ya no es aplicable?
La respuesta es que debemos aprender a desapegarnos. No significa dejar de ser hijas, pero sí puede significar reconocer que cada persona tiene su propio camino y sus propias necesidades. La posesión familiar, esa idea de pertenencia que hemos construido entre todos, debe ser desafiada.
En lugar de quedarse en el imaginario que hemos construido, debemos rodearnos de otras personas y no dejar que este vínculo marque nuestro pesar. No hay hijas malas, sino hijas que cortan el cordón umbilical y buscan afectos y cuidados en otros seres.
Finalmente, es importante reconocer que podemos existir sin nuestra madre. Vivian Gornick, en su libro "Apegos feroces", describe la evolución de su relación con su madre: "Hemos alcanzado un grado de distancia permanente. Atisbo los placeres del alejamiento". No empiezas ni acabas en los demás, sino en ti.
Así que si sientes que debes anteponerse a la dolor, tiranteces y desaires, al descuido y al abandono, no dudes en hacerlo. Existe una vida más allá de esta relación.
Existe una imagen que siempre me ha acompañado: el pequeño triángulo entre los asientos delanteros del coche, donde podría contemplar a mi madre mientras se ocupaba de sus tareas diarias. Era un espectáculo aparentemente tranquilo, pero en realidad era un laberinto de emociones y conflictos que nunca pararon de cambiar.
La relación con la madre es algo que siempre se asume como una certeza. "Para mí, mi madre no tiene historia", escribe Annie Ernaux en su libro "Una mujer". Pero ¿qué pasa cuando esta certeza se derrumba? ¿Cuándo nos damos cuenta de que nuestra madre no es tan perfecta como creíamos?
La verdad es que pasan años hasta que entendemos la verdadera naturaleza de nuestra relación con nuestros padres. Cuando crecemos, comienzamos a verlos bajo una luz diferente. La distancia se ensancha y nos damos cuenta de que nuestra madre no es solo una figura materna, sino también una persona con sus propias luchas y emociones.
En su libro "Las hijas horribles", Blanca Lacasa compila testimonios de mujeres que se consideran malas hijas. Según ella, la culpa y la perfección proyectada sobre la figura materna son muy comunes. Pero ¿qué pasa cuando este sentimiento de culpa y perfección ya no es aplicable?
La respuesta es que debemos aprender a desapegarnos. No significa dejar de ser hijas, pero sí puede significar reconocer que cada persona tiene su propio camino y sus propias necesidades. La posesión familiar, esa idea de pertenencia que hemos construido entre todos, debe ser desafiada.
En lugar de quedarse en el imaginario que hemos construido, debemos rodearnos de otras personas y no dejar que este vínculo marque nuestro pesar. No hay hijas malas, sino hijas que cortan el cordón umbilical y buscan afectos y cuidados en otros seres.
Finalmente, es importante reconocer que podemos existir sin nuestra madre. Vivian Gornick, en su libro "Apegos feroces", describe la evolución de su relación con su madre: "Hemos alcanzado un grado de distancia permanente. Atisbo los placeres del alejamiento". No empiezas ni acabas en los demás, sino en ti.
Así que si sientes que debes anteponerse a la dolor, tiranteces y desaires, al descuido y al abandono, no dudes en hacerlo. Existe una vida más allá de esta relación.