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"El desierto de lo real" se ha extendido por Europa y nos deja sin aliento.
En un momento en que la realidad parece abrumadora, como una gran sección desértica que nos consume de sed, es hora de replantear nuestros valores. El filósofo sloveno Slavoj Zizek nos invitó a bienvenidos al desierto con su libro "Bienvenidos al desierto de lo real", y ahora estamos varados en esas dunas, rodeados de la desilusión y el fracaso.
Recuerdo los días en que defendíamos sin cuestionamiento las instituciones multilaterales como la ONU y la UE, esos rituales vacíos que nos hacían sentir seguros. Pero mientras tanto, un movimiento radical se estaba gestando al otro lado del océano. Los partidarios de Trump, los ultraderechistas y los reaccionarios de todo el mundo se unieron para desafiar la utopía progresista. Les prometieron industrias y riqueza material, les ofrecían aranceles y protección al trabajador de cuello azul, pero con un precio: la pérdida de su identidad y sus derechos.
Se nos vendió una visión de un futuro en el que todo lo grande es puro y las mujeres son criaturas encantadoras. Pero ¿qué hay detrás de esa fachada? Una sociedad que se consume a sí misma, en la que el crecimiento económico significa la pérdida de la identidad y la dignidad humana.
Ahora estamos varados en ese desierto de lo real, sin saber cómo salir. Pero quizás sea hora de replantear nuestros valores y preguntarnos: ¿qué es lo que realmente nos hace felices? ¿Es el crecimiento económico o la libertad individual? ¿O es algo más profundo?
En un momento en que la realidad parece abrumadora, como una gran sección desértica que nos consume de sed, es hora de replantear nuestros valores. El filósofo sloveno Slavoj Zizek nos invitó a bienvenidos al desierto con su libro "Bienvenidos al desierto de lo real", y ahora estamos varados en esas dunas, rodeados de la desilusión y el fracaso.
Recuerdo los días en que defendíamos sin cuestionamiento las instituciones multilaterales como la ONU y la UE, esos rituales vacíos que nos hacían sentir seguros. Pero mientras tanto, un movimiento radical se estaba gestando al otro lado del océano. Los partidarios de Trump, los ultraderechistas y los reaccionarios de todo el mundo se unieron para desafiar la utopía progresista. Les prometieron industrias y riqueza material, les ofrecían aranceles y protección al trabajador de cuello azul, pero con un precio: la pérdida de su identidad y sus derechos.
Se nos vendió una visión de un futuro en el que todo lo grande es puro y las mujeres son criaturas encantadoras. Pero ¿qué hay detrás de esa fachada? Una sociedad que se consume a sí misma, en la que el crecimiento económico significa la pérdida de la identidad y la dignidad humana.
Ahora estamos varados en ese desierto de lo real, sin saber cómo salir. Pero quizás sea hora de replantear nuestros valores y preguntarnos: ¿qué es lo que realmente nos hace felices? ¿Es el crecimiento económico o la libertad individual? ¿O es algo más profundo?