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El uso excesivo de dulces como moneda afectiva es una práctica perjudicial que puede llevar a problemas de salud en los niños. Los padres y cuidadores deben ser conscientes de que el consumo de dulces no solo se da en ocasiones especiales, sino también diariamente. Según el pediatra Carlos Casabona, la falta de conciencia sobre la ingesta diaria de alimentos procesados es una "lacra social" que afecta a miles de niños.
La industria alimentaria ha adoptado estrategias para vender más productos dulces y processados, lo que contribuye a esta tendencia. Los edulcorantes y etiquetas de "más sano" no desactivan la atracción por el azúcar en los niños, sino que crean una confusión sobre qué alimentos son saludables.
El problema radica en la forma en que se habla de comida. La moralización sobre la ingesta de dulces puede llevar a respuestas poco saludables y a una relación negativa con la comida. Los padres deben enseñar a los niños a disfrutar del sabor de los alimentos, sin necesidad de recompensas o castigos.
Para mejorar la alimentación en casa, es necesario cambiar el marco mental con el que hablamos de comida. En lugar de enfocarnos en "engorda" o "no engorda", debemos hablar de cómo nos sentimos después de comer y cómo cuidamos nuestro cuerpo. Los niños deben aprender a escuchar su cuerpo y a entender sus necesidades.
La recomendación práctica es reducir el consumo de alimentos procesados y edulcorantes, reservando los dulces para momentos contados y planificados. También es importante negociar con el colegio y la sociedad en general para crear un entorno saludable que no recompense o castigue a los niños por sus decisiones alimentarias.
En resumen, el uso excesivo de dulces como moneda afectiva es una práctica perjudicial que puede tener consecuencias graves para la salud de los niños. Es hora de cambiar nuestra forma de hablar sobre comida y enseñar a nuestros hijos a disfrutar de los alimentos de manera saludable y equilibrada.
La industria alimentaria ha adoptado estrategias para vender más productos dulces y processados, lo que contribuye a esta tendencia. Los edulcorantes y etiquetas de "más sano" no desactivan la atracción por el azúcar en los niños, sino que crean una confusión sobre qué alimentos son saludables.
El problema radica en la forma en que se habla de comida. La moralización sobre la ingesta de dulces puede llevar a respuestas poco saludables y a una relación negativa con la comida. Los padres deben enseñar a los niños a disfrutar del sabor de los alimentos, sin necesidad de recompensas o castigos.
Para mejorar la alimentación en casa, es necesario cambiar el marco mental con el que hablamos de comida. En lugar de enfocarnos en "engorda" o "no engorda", debemos hablar de cómo nos sentimos después de comer y cómo cuidamos nuestro cuerpo. Los niños deben aprender a escuchar su cuerpo y a entender sus necesidades.
La recomendación práctica es reducir el consumo de alimentos procesados y edulcorantes, reservando los dulces para momentos contados y planificados. También es importante negociar con el colegio y la sociedad en general para crear un entorno saludable que no recompense o castigue a los niños por sus decisiones alimentarias.
En resumen, el uso excesivo de dulces como moneda afectiva es una práctica perjudicial que puede tener consecuencias graves para la salud de los niños. Es hora de cambiar nuestra forma de hablar sobre comida y enseñar a nuestros hijos a disfrutar de los alimentos de manera saludable y equilibrada.