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Una moneda falsa cuesta el imperio español su historia. En medio del siglo XVII, un simple error en la acuñación de la vellón permitió a una red organizada de falsificadores corroer los cimientos de la Monarquía Hispánica.
La verdad es que durante este período, el sistema financiero español se convirtió en un laberinto. Los falsificadores, sobre todo flamencos y judeoconversos, acuñaban piezas de cobre puro y las teñían para imitar la aleación oficial. El beneficio era el 60%, un negocio tan lucrativo que era difícil controlar.
En ciudades como Laredo y Burgos, se estimaba que entre el 86% y el 90% del dinero en circulación era falso. En Madrid, el 71% del numerario no era legítimo. Comerciantes, soldados, funcionarios e incluso alcaldes participaban en este sistema paralelo. La falta de moneda auténtica obligaba a aceptar piezas defectuosas. El fraude se normalizó y la economía quedó atrapada en una espiral de desconfianza.
La Corona tardó mucho tiempo en reaccionar, hasta que en 1664 se suspendió la acuñación del vellón y se devaluó su valor a la mitad. Pero la medida no detuvo la avalancha de moneda falsa. Los falsificadores introdujeron piezas aún más ligeras, conocidas como vellón feble o de soplillo, que podían detectarse a simple vista.
Finalmente, en 1680, durante el reinado de Carlos II, se decretó el cierre de las casas de moneda de Felipe IV y la retirada definitiva del vellón a molino. Fue sustituido por una nueva moneda de vellón grueso, con un valor más ajustado a su contenido metálico. La reforma logró frenar la falsificación, pero el daño ya era irreversible. La deuda, la inflación y la mala gestión financiera habían debilitado gravemente al Imperio.
Muchos creen que el declive de la Monarquía Hispánica solo estuvo provocado por las derrotas militares, pero otro factor fundamental fue la crisis económica y política que vivió el país. La falsificación de la vellón fue un golpe mortal para el imperio español.
La verdad es que durante este período, el sistema financiero español se convirtió en un laberinto. Los falsificadores, sobre todo flamencos y judeoconversos, acuñaban piezas de cobre puro y las teñían para imitar la aleación oficial. El beneficio era el 60%, un negocio tan lucrativo que era difícil controlar.
En ciudades como Laredo y Burgos, se estimaba que entre el 86% y el 90% del dinero en circulación era falso. En Madrid, el 71% del numerario no era legítimo. Comerciantes, soldados, funcionarios e incluso alcaldes participaban en este sistema paralelo. La falta de moneda auténtica obligaba a aceptar piezas defectuosas. El fraude se normalizó y la economía quedó atrapada en una espiral de desconfianza.
La Corona tardó mucho tiempo en reaccionar, hasta que en 1664 se suspendió la acuñación del vellón y se devaluó su valor a la mitad. Pero la medida no detuvo la avalancha de moneda falsa. Los falsificadores introdujeron piezas aún más ligeras, conocidas como vellón feble o de soplillo, que podían detectarse a simple vista.
Finalmente, en 1680, durante el reinado de Carlos II, se decretó el cierre de las casas de moneda de Felipe IV y la retirada definitiva del vellón a molino. Fue sustituido por una nueva moneda de vellón grueso, con un valor más ajustado a su contenido metálico. La reforma logró frenar la falsificación, pero el daño ya era irreversible. La deuda, la inflación y la mala gestión financiera habían debilitado gravemente al Imperio.
Muchos creen que el declive de la Monarquía Hispánica solo estuvo provocado por las derrotas militares, pero otro factor fundamental fue la crisis económica y política que vivió el país. La falsificación de la vellón fue un golpe mortal para el imperio español.