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El español del siglo XXI está lejos de entender al hombre de la España del 70 y los 80, donde el humor era más directo, menos políticamente correcto y mucho más humano. Fernando Esteso, el cómico entrañable que dejó de ser entretenido hace unos días, vivió una vida que en estos tiempos parece un desafío a la comprensión.
Era el actor más taquillero de los 70 con "Los bingueros", pasando por revistas y programas de televisión donde su presencia era natural. Pero, sobre todo, fue humorista sin dobleces, imitador más allá de la realidad, cantante porque no había más remedio y hombre espectáculo global en una televisión con UHF. Su forma de sacar una carcajada a la audiencia era siempre directa, efectiva, menos avergonzada.
A pesar de su gran popularidad, nunca se convirtió en un mito como algunos de sus compañeros de generación. José Sacristán alcanzó el grado de leyenda porque así lo dictaba su talento y destino. Andrés Pajares llegó hasta lograr un Goya pese a todo, y se diría que contra todos, gracias a Carlos Saura y a su papel en "¡Ay, Carmela!".
Pero Esteso nunca tuvo la oportunidad de redimirse. En una España tan cruel y condescendiente siempre, nadie le dio la oportunidad de cambiar su imagen y hacer algo más que el cine de humor español, aunque el propio estéso decía "Si eres famoso, sólo serás un tiempo famoso, pero si saltas el escalón que lleva de famoso a entrañable, eso es eterno. Sólo se consigue sin entrar al trapo, siendo una persona normal y, sobre todo, dando mucha verdad, mucho cariño y queriendo mucho a tu profesión incluso cuando ella no te quiere a ti".
Eso fue la definición de Esteso para sí mismo: humorista, imitador, cantante y hombre espectáculo global. Y aunque su carrera estuvo marcada por momentos de sufrimiento, nunca perdió su sentido del humor y su capacidad para hacer reír a la gente.
Aunque su nombre vivirá asociado con ese comedia española tan popular y querida como denostada, que se quiere olvidar o despreciar, su legado sigue vivo. Con "Los bingueros", él fue el actor más taquillero de los 70 antes del cataclismo y ya en los 80, justo después de ese mismo cataclismo. Solo en una ocasión estuvo a punto de dar el salto al otro lado, con Agustí Villaronga.
Fue un hombre que vivió la España del destape, ese cine coyuntural que tomaba cualquier noticia del periódico para convertirla en argumento irredento. Su recuerdo es impagable: "La verdad es que yo prefiero aquella mirada a la de ahora. Era más sana, porque hoy en día hay también desnudos todo el rato, pero casi todos ensangrentados, casi todos con violencia. Nosotros no teníamos violencia de palabra ni de obra. Nada, simplemente éramos dos pícaros que podían hacer lo que fuera, pero siempre iban a la cama vestidos".
Y aunque nunca tuvo la oportunidad de redimirse, el propio Estéso decía "No hubo redención, pero, la verdad, tampoco le hizo falta a este cómico".
Era el actor más taquillero de los 70 con "Los bingueros", pasando por revistas y programas de televisión donde su presencia era natural. Pero, sobre todo, fue humorista sin dobleces, imitador más allá de la realidad, cantante porque no había más remedio y hombre espectáculo global en una televisión con UHF. Su forma de sacar una carcajada a la audiencia era siempre directa, efectiva, menos avergonzada.
A pesar de su gran popularidad, nunca se convirtió en un mito como algunos de sus compañeros de generación. José Sacristán alcanzó el grado de leyenda porque así lo dictaba su talento y destino. Andrés Pajares llegó hasta lograr un Goya pese a todo, y se diría que contra todos, gracias a Carlos Saura y a su papel en "¡Ay, Carmela!".
Pero Esteso nunca tuvo la oportunidad de redimirse. En una España tan cruel y condescendiente siempre, nadie le dio la oportunidad de cambiar su imagen y hacer algo más que el cine de humor español, aunque el propio estéso decía "Si eres famoso, sólo serás un tiempo famoso, pero si saltas el escalón que lleva de famoso a entrañable, eso es eterno. Sólo se consigue sin entrar al trapo, siendo una persona normal y, sobre todo, dando mucha verdad, mucho cariño y queriendo mucho a tu profesión incluso cuando ella no te quiere a ti".
Eso fue la definición de Esteso para sí mismo: humorista, imitador, cantante y hombre espectáculo global. Y aunque su carrera estuvo marcada por momentos de sufrimiento, nunca perdió su sentido del humor y su capacidad para hacer reír a la gente.
Aunque su nombre vivirá asociado con ese comedia española tan popular y querida como denostada, que se quiere olvidar o despreciar, su legado sigue vivo. Con "Los bingueros", él fue el actor más taquillero de los 70 antes del cataclismo y ya en los 80, justo después de ese mismo cataclismo. Solo en una ocasión estuvo a punto de dar el salto al otro lado, con Agustí Villaronga.
Fue un hombre que vivió la España del destape, ese cine coyuntural que tomaba cualquier noticia del periódico para convertirla en argumento irredento. Su recuerdo es impagable: "La verdad es que yo prefiero aquella mirada a la de ahora. Era más sana, porque hoy en día hay también desnudos todo el rato, pero casi todos ensangrentados, casi todos con violencia. Nosotros no teníamos violencia de palabra ni de obra. Nada, simplemente éramos dos pícaros que podían hacer lo que fuera, pero siempre iban a la cama vestidos".
Y aunque nunca tuvo la oportunidad de redimirse, el propio Estéso decía "No hubo redención, pero, la verdad, tampoco le hizo falta a este cómico".