CharlaContinente
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Un pasadizo estrecho y oscuro, un nicho tallado en la pared, una curva imposible y solo tierra compacta. No hay señales de uso cotidiano, no hay pinturas ni ajuares claros. Solo el silencio y la pregunta: ¿para qué se excavaron los Erdstall?
En Alemania, en la región de Sajonia-Anhalt, un equipo de arqueólogos ha documentado un Erdstall medieval tardío excavado dentro del foso de una tumba neolítica de la cultura Baalberg, datada en el cuarto milenio a.C. Dos mundos separados por más de cinco mil años compartiendo el mismo subsuelo.
El término Erdstall se utiliza para designar sistemas de túneles subterráneos excavados por el ser humano, generalmente entre la Alta y la Baja Edad Media. Su rasgo más llamativo es la estrechez extrema: no están pensados para caminar erguido, sino para avanzar agachado, de lado o reptando.
Los Erdstall suelen presentar corredores sinuosos y angostos, pequeños nichos laterales, escalones tallados directamente en la tierra, accesos sellados de forma deliberada y una ausencia casi total de objetos que expliquen su función. Y sobre todo, una ausencia casi total de objetos que expliquen su función.
En Reinstedt, las excavaciones preventivas revelaron primero un antiguo recinto funerario neolítico. Después, sepulturas posteriores, restos de la Edad del Bronce… y finalmente, una anomalía: una fosa que no terminaba, sino que se internaba en el subsuelo.
Lo que parecía una tumba más acabó siendo la entrada a un Erdstall. En su interior aparecieron fragmentos cerámicos medievales, una herradura, huesos de pequeños animales, el esqueleto completo de un zorro y una fina capa de carbón vegetal, sin señales de fuego prolongado. Todo apunta a una ocupación breve, puntual y deliberadamente discreta.
Especialmente revelador es el sellado intencional del acceso con grandes piedras y la presencia de una hornacina tallada, quizá para una luz efímera o un objeto simbólico.
Aquí empieza el verdadero misterio. Las hipótesis se repiten desde hace décadas, sin consenso definitivo: refugios temporales, usos rituales, lugares marginales. Quizá ahí esté la clave. No eran espacios cómodos. Eran espacios necesarios. Para esconderse, para atravesar simbólicamente la tierra o para hacer algo que no debía verse.
Los Erdstall se reparten por media Europa: sur de Alemania, Austria, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Polonia, Francia e incluso algunas zonas del Reino Unido y España. Reciben nombres distintos pero comparten dimensiones, trazado y lógica constructiva.
Rara vez superan los 50 metros de longitud. Nunca parecen pensados para vivir. Y casi siempre obligan al cuerpo a encogerse.
Hoy, siglos después, seguimos entrando en ellos igual que quienes los excavaron: sin saber del todo a qué íbamos… pero con la certeza de que allí abajo pasa algo que todavía no entendemos.
En Alemania, en la región de Sajonia-Anhalt, un equipo de arqueólogos ha documentado un Erdstall medieval tardío excavado dentro del foso de una tumba neolítica de la cultura Baalberg, datada en el cuarto milenio a.C. Dos mundos separados por más de cinco mil años compartiendo el mismo subsuelo.
El término Erdstall se utiliza para designar sistemas de túneles subterráneos excavados por el ser humano, generalmente entre la Alta y la Baja Edad Media. Su rasgo más llamativo es la estrechez extrema: no están pensados para caminar erguido, sino para avanzar agachado, de lado o reptando.
Los Erdstall suelen presentar corredores sinuosos y angostos, pequeños nichos laterales, escalones tallados directamente en la tierra, accesos sellados de forma deliberada y una ausencia casi total de objetos que expliquen su función. Y sobre todo, una ausencia casi total de objetos que expliquen su función.
En Reinstedt, las excavaciones preventivas revelaron primero un antiguo recinto funerario neolítico. Después, sepulturas posteriores, restos de la Edad del Bronce… y finalmente, una anomalía: una fosa que no terminaba, sino que se internaba en el subsuelo.
Lo que parecía una tumba más acabó siendo la entrada a un Erdstall. En su interior aparecieron fragmentos cerámicos medievales, una herradura, huesos de pequeños animales, el esqueleto completo de un zorro y una fina capa de carbón vegetal, sin señales de fuego prolongado. Todo apunta a una ocupación breve, puntual y deliberadamente discreta.
Especialmente revelador es el sellado intencional del acceso con grandes piedras y la presencia de una hornacina tallada, quizá para una luz efímera o un objeto simbólico.
Aquí empieza el verdadero misterio. Las hipótesis se repiten desde hace décadas, sin consenso definitivo: refugios temporales, usos rituales, lugares marginales. Quizá ahí esté la clave. No eran espacios cómodos. Eran espacios necesarios. Para esconderse, para atravesar simbólicamente la tierra o para hacer algo que no debía verse.
Los Erdstall se reparten por media Europa: sur de Alemania, Austria, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Polonia, Francia e incluso algunas zonas del Reino Unido y España. Reciben nombres distintos pero comparten dimensiones, trazado y lógica constructiva.
Rara vez superan los 50 metros de longitud. Nunca parecen pensados para vivir. Y casi siempre obligan al cuerpo a encogerse.
Hoy, siglos después, seguimos entrando en ellos igual que quienes los excavaron: sin saber del todo a qué íbamos… pero con la certeza de que allí abajo pasa algo que todavía no entendemos.