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Un escándalo arbitral que ha dejado un sabor a amargura en el corazón de los aficionados marroquíes. La final de la Copa África de Naciones, donde Senegal se llevó el título por segunda vez en su historia, terminó en una mezcla de orgullo y desesperación para el equipo anfitrión.
La rivalidad entre las dos selecciones africanas siempre ha sido intensa, pero nada podría haber preparado a los aficionados marroquíes para la tensión que se generó en el estadio de Rabat. Desde los días previos, había habido denuncias de trato desigual hacia Senegal, problemas de alojamiento y limitaciones para entrenar en campos adecuados. Todo esto alimentó una sensación de agravio que estalló durante el partido.
El árbitro congolés Ndala Ngambo no se salvió de la crítica. Su primera decisión incomprensible fue anular un gol de Senegal por una presunta falta sobre Achraf Hakimi. Pocos minutos después, señaló un penalti a favor de Marruecos por un leve contacto sobre Brahim Díaz. El VAR intervino, pero ratificó la decisión y el enfado senegalés fue inmediato.
El suplente Yehvan Diouf intentó alcanzar una toalla seca que el portero senegalés estaba recibiendo para limpiarse los guantes. En otra imagen, un jugador suplente de Marruecos se colocó delante del guardameta para obstaculizar el gesto. El incidente reflejó el nivel de tensión que rodeaba todo el encuentro.
Finalmente, Pape Gueye resolvió la final con un potente disparo tras recibir el pase de Idrissa Gueye. El tanto dio a Senegal su segundo título continental después del conseguido en 2021. Marruecos se quedó sin título y premio al Fair Play.
El encuentro había sido irregular desde el inicio. Senegal dominó el primer tramo, pero Bono, guardameta marroquí del Al Hilal, evitó los goles en varias ocasiones. Marruecos reaccionó después del descanso, pero sus principales figuras apenas lograron generar peligro.
La tensión se había acumulado desde la prórroga, cuando Senegal ya ganaba y una fuerte tromba de agua caía sobre el estadio. Las interrupciones fueron constantes, con un choque entre Neil El Aynaoui y Malick Diouf que detuvo el partido más de diez minutos.
El tiempo extra fue un ejercicio de resistencia física y orgullo. Marruecos tuvo ocasiones para empatar con remates de En Nesyri y Aguerd, pero el larguero y la falta de precisión sellaron su derrota. Senegal celebró con sus jugadores exhaustos en el césped, bajo la lluvia, y con un público dividido entre la frustración y el asombro de lo que acababan de ver.
La final de Rabat quedará como una de las más tensas y controvertidas en la historia reciente del fútbol africano y, posiblemente, mundial.
La rivalidad entre las dos selecciones africanas siempre ha sido intensa, pero nada podría haber preparado a los aficionados marroquíes para la tensión que se generó en el estadio de Rabat. Desde los días previos, había habido denuncias de trato desigual hacia Senegal, problemas de alojamiento y limitaciones para entrenar en campos adecuados. Todo esto alimentó una sensación de agravio que estalló durante el partido.
El árbitro congolés Ndala Ngambo no se salvió de la crítica. Su primera decisión incomprensible fue anular un gol de Senegal por una presunta falta sobre Achraf Hakimi. Pocos minutos después, señaló un penalti a favor de Marruecos por un leve contacto sobre Brahim Díaz. El VAR intervino, pero ratificó la decisión y el enfado senegalés fue inmediato.
El suplente Yehvan Diouf intentó alcanzar una toalla seca que el portero senegalés estaba recibiendo para limpiarse los guantes. En otra imagen, un jugador suplente de Marruecos se colocó delante del guardameta para obstaculizar el gesto. El incidente reflejó el nivel de tensión que rodeaba todo el encuentro.
Finalmente, Pape Gueye resolvió la final con un potente disparo tras recibir el pase de Idrissa Gueye. El tanto dio a Senegal su segundo título continental después del conseguido en 2021. Marruecos se quedó sin título y premio al Fair Play.
El encuentro había sido irregular desde el inicio. Senegal dominó el primer tramo, pero Bono, guardameta marroquí del Al Hilal, evitó los goles en varias ocasiones. Marruecos reaccionó después del descanso, pero sus principales figuras apenas lograron generar peligro.
La tensión se había acumulado desde la prórroga, cuando Senegal ya ganaba y una fuerte tromba de agua caía sobre el estadio. Las interrupciones fueron constantes, con un choque entre Neil El Aynaoui y Malick Diouf que detuvo el partido más de diez minutos.
El tiempo extra fue un ejercicio de resistencia física y orgullo. Marruecos tuvo ocasiones para empatar con remates de En Nesyri y Aguerd, pero el larguero y la falta de precisión sellaron su derrota. Senegal celebró con sus jugadores exhaustos en el césped, bajo la lluvia, y con un público dividido entre la frustración y el asombro de lo que acababan de ver.
La final de Rabat quedará como una de las más tensas y controvertidas en la historia reciente del fútbol africano y, posiblemente, mundial.