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"La llaga dolorosa en la boca que no puedes dejar de hurgarte con la lengua" es el título perfecto para describir la serie "Emily in Paris", esa obra maestra del despropósito cursi, feo y ridículo que nos ha cautivado a todos. La creación de Darren Star, quien también trajo al mundo la icónica "Melrose Place" y "Sexo en Nueva York", es una obra que parece una simple parodia de sí misma, pero que, curiosamente, nos ha hecho adictos a este desastre narrativo.
La serie sigue las aventuras de Emily Cooper (Lily Collins), una joven de Ohio que se muda a París para trabajar como asesora de relaciones públicas en una importante marca de moda. La forma en que la serie intenta vendernos un París perfecto, lleno de marcas de moda importantes y estrellas del cine, es engañosa. En realidad, nos presenta una visión distorsionada de la ciudad, donde las personas son más interesadas en las gominolas y el dinero que en la arte o la cultura.
La serie se basa en un funcionamiento narrativo de simpleza asustadora: lo que se anticipa en una escena a veces ocurre en la inmediatamente siguiente. Los conflictos se plantean y resuelven con rapidez, sin suspense ni tensión alguna. Es como si la serie estuviera lanzando pelotas de tenis hacia mí, esperando que yo las deviera con una raqueta.
Y es que, en realidad, "Emily in Paris" vive de nuestra adicción al azúcar industrial. La serie nos presenta un mundo donde las personas se dedican a comer gominolas y son lo peor, pero nadie sopesa el costo de estas acciones. La serie también explora la idea de que los espectadores de "Emily in Paris" son más monetizables de lo que parece, ya que las marcas importantes que aparecen en sus tramas son ficticias o reales.
La cuarta temporada de "Industry" me ha sacado de esta adicción al azúcar industrial y me ha recordado que hay algo más importante en la vida. Pero "Emily in Paris" sigue siendo una serie que nos hace reír y llorar, aunque a veces con rabia y frustración.
En resumen, "Emily in Paris" es una serie que no tiene sentido, pero que nos ha hecho amarla. Es una obra maestra del despropósito cursi y ridículo que nos ha cautivado a todos.
La serie sigue las aventuras de Emily Cooper (Lily Collins), una joven de Ohio que se muda a París para trabajar como asesora de relaciones públicas en una importante marca de moda. La forma en que la serie intenta vendernos un París perfecto, lleno de marcas de moda importantes y estrellas del cine, es engañosa. En realidad, nos presenta una visión distorsionada de la ciudad, donde las personas son más interesadas en las gominolas y el dinero que en la arte o la cultura.
La serie se basa en un funcionamiento narrativo de simpleza asustadora: lo que se anticipa en una escena a veces ocurre en la inmediatamente siguiente. Los conflictos se plantean y resuelven con rapidez, sin suspense ni tensión alguna. Es como si la serie estuviera lanzando pelotas de tenis hacia mí, esperando que yo las deviera con una raqueta.
Y es que, en realidad, "Emily in Paris" vive de nuestra adicción al azúcar industrial. La serie nos presenta un mundo donde las personas se dedican a comer gominolas y son lo peor, pero nadie sopesa el costo de estas acciones. La serie también explora la idea de que los espectadores de "Emily in Paris" son más monetizables de lo que parece, ya que las marcas importantes que aparecen en sus tramas son ficticias o reales.
La cuarta temporada de "Industry" me ha sacado de esta adicción al azúcar industrial y me ha recordado que hay algo más importante en la vida. Pero "Emily in Paris" sigue siendo una serie que nos hace reír y llorar, aunque a veces con rabia y frustración.
En resumen, "Emily in Paris" es una serie que no tiene sentido, pero que nos ha hecho amarla. Es una obra maestra del despropósito cursi y ridículo que nos ha cautivado a todos.