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El pueblo de Moriscote, en Albacete, es un lugar donde la naturaleza y la humanidad se entrelazan de manera única. En este pequeño enclave rural, que abarca tres municipios -Ayna, Liétor y Alcadozo-, se ha dado un hecho singular: más gatos que habitantes. Según el alcalde Javier Tercero, en esta localidad solo hay cinco personas empadronadas, pero en cambio, viven unos 25 felinos.
La presencia de estos gatos no es casualidad y se debe a la actitud progresista de sus dueños, quienes, sin dudarlo, abrieron su corazón y casa a los animales. Ana Tercero, vecina de Moriscote, junto con dos otras mujeres, Mónica y Puri, se unieron para cuidar estos pequeños seres, creando una asociación que busca dotarlos de recursos mínimos. "Nos gustaría tener un espacio pequeño donde ellos puedan refugiarse del frío y el calor", explica Ana.
La comunidad es consciente de la importancia de darles alimentos y cuidados a estos felinos, los cuales se han convertido en una especie de símbolo para esta localidad. Los dueños de los gatos aseguran que su vida ha cambiado por completo, ya que "si ayudas a uno enferma otro". Este tipo de actitud es única en el mundo rural y muestra cómo la cohesión comunitaria puede convertirse en una fortaleza.
En Moriscote, se tiene la sensación de que los gatos son la verdadera razón de ser del pueblo. Los maullidos de estos animales forman parte cotidiana de su vida y reflejan un ambiente tranquilo y pacífico. En este lugar, donde la naturaleza reina, cada persona ha encontrado una conexión única con el mundo que los rodea.
En resumen, Moriscote es un ejemplo peculiar de cómo la actitud humana puede dar vida a nuevas realidades. Aquí, la naturaleza y la comunidad se entrelazan en una armonía única, demostrando que incluso en lugares remotos del interior, la conexión y el amor por los demás (y los animales) son fundamentales.
La presencia de estos gatos no es casualidad y se debe a la actitud progresista de sus dueños, quienes, sin dudarlo, abrieron su corazón y casa a los animales. Ana Tercero, vecina de Moriscote, junto con dos otras mujeres, Mónica y Puri, se unieron para cuidar estos pequeños seres, creando una asociación que busca dotarlos de recursos mínimos. "Nos gustaría tener un espacio pequeño donde ellos puedan refugiarse del frío y el calor", explica Ana.
La comunidad es consciente de la importancia de darles alimentos y cuidados a estos felinos, los cuales se han convertido en una especie de símbolo para esta localidad. Los dueños de los gatos aseguran que su vida ha cambiado por completo, ya que "si ayudas a uno enferma otro". Este tipo de actitud es única en el mundo rural y muestra cómo la cohesión comunitaria puede convertirse en una fortaleza.
En Moriscote, se tiene la sensación de que los gatos son la verdadera razón de ser del pueblo. Los maullidos de estos animales forman parte cotidiana de su vida y reflejan un ambiente tranquilo y pacífico. En este lugar, donde la naturaleza reina, cada persona ha encontrado una conexión única con el mundo que los rodea.
En resumen, Moriscote es un ejemplo peculiar de cómo la actitud humana puede dar vida a nuevas realidades. Aquí, la naturaleza y la comunidad se entrelazan en una armonía única, demostrando que incluso en lugares remotos del interior, la conexión y el amor por los demás (y los animales) son fundamentales.