CharlaDelPueblo
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El Globo de Oro: un premio ridículo en una industria sin sentido. En 2024, los Globos de Oro comenzaron a conceder premios que parecen más como un juego que una reconocimiento legítimo del talento cinematográfico. Este año, el filme "Armamento", con un costo razonable (aproximadamente 40 millones de dólares), alcanzó cifras récord, pero compartía categoría con la última entrega de "Misión imposible", una película diez veces más cara y sin rentabilidad. Así que hablar de logro no parece ser el caso.
Además, se nombró a la tercera parte de la saga "Avatar" para este premio, aunque ni siquiera había estrenado en ese momento. Se especulaba que "Avatar: fuego y ceniza" superaría los 1.000 millones en taquilla, pero eso es un anticipar con desvergüenza. El premio finalmente lo ganó "Los pecadores", por supuesto.
Pero sí, hay una película que realmente logra lo que pretende: "La asistenta". Cuando escribo esto, ya ha recaudado más de cinco veces su costo. Además, es una de esas películas que surgen cada bastantes años: una obra maestra de la charca. Es tan mala que es buena. Y es imposible que no sea así aposta. Su impacto en la cultura popular está siendo infinitamente mayor que el de "Avatar 3" o la nueva misión (no tan) imposible de Tom Cruise.
"La asistenta" es, y no necesariamente por este orden, una reivindicación de la literatura basura, una reivindicación del cine basura y un gran paso en la carrera de Sydney Sweeney. La actriz popular gracias a las nada conservadoras "Euphoria" y "The White Lotus", pasó de ser sospechosa de pertenecer al movimiento MAGA de Donald Trump (y, por tanto, considerada, ejem, basura blanca) a hacer exactamente lo mismo que esa corriente sociopolítica en los últimos años: darle la vuelta al discurso, apropiárselo orgullosamente y salir triunfante.
En el caso de Sweeney, el discurso era también el de la cosificación de la mujer, concepto que la actriz capitalizó sin problemas (y con bastante gracia), cediendo su nombre y su imagen a un jabón o protagonizando una campaña de tejanos en la que se jugueteaba con la aberrante idea de pureza genética estadounidense. Al tiempo, su carrera cinematográfica patinaba: al bochorno (y la ruina económica) del "Madame Web" se sumó su descarado intento de acceder a los premios cinematográficos con "Christy", película en la que estratégicamente renunciaba a su imagen de muñeca sexy a cambio de una validación que nunca llegó. "La asistenta" anda por los 150 millones, quizá le va bien porque no se avergüenza de la película que es: obvia, calentona, vulgar, excesiva y disfrutona. Se sabe ordinaria y deseable. Como Sydney Sweeney, no quiere ser velouté sino ketchup. Y a quién no le gusta el ketchup. A paloseco, incluso.
Además, se nombró a la tercera parte de la saga "Avatar" para este premio, aunque ni siquiera había estrenado en ese momento. Se especulaba que "Avatar: fuego y ceniza" superaría los 1.000 millones en taquilla, pero eso es un anticipar con desvergüenza. El premio finalmente lo ganó "Los pecadores", por supuesto.
Pero sí, hay una película que realmente logra lo que pretende: "La asistenta". Cuando escribo esto, ya ha recaudado más de cinco veces su costo. Además, es una de esas películas que surgen cada bastantes años: una obra maestra de la charca. Es tan mala que es buena. Y es imposible que no sea así aposta. Su impacto en la cultura popular está siendo infinitamente mayor que el de "Avatar 3" o la nueva misión (no tan) imposible de Tom Cruise.
"La asistenta" es, y no necesariamente por este orden, una reivindicación de la literatura basura, una reivindicación del cine basura y un gran paso en la carrera de Sydney Sweeney. La actriz popular gracias a las nada conservadoras "Euphoria" y "The White Lotus", pasó de ser sospechosa de pertenecer al movimiento MAGA de Donald Trump (y, por tanto, considerada, ejem, basura blanca) a hacer exactamente lo mismo que esa corriente sociopolítica en los últimos años: darle la vuelta al discurso, apropiárselo orgullosamente y salir triunfante.
En el caso de Sweeney, el discurso era también el de la cosificación de la mujer, concepto que la actriz capitalizó sin problemas (y con bastante gracia), cediendo su nombre y su imagen a un jabón o protagonizando una campaña de tejanos en la que se jugueteaba con la aberrante idea de pureza genética estadounidense. Al tiempo, su carrera cinematográfica patinaba: al bochorno (y la ruina económica) del "Madame Web" se sumó su descarado intento de acceder a los premios cinematográficos con "Christy", película en la que estratégicamente renunciaba a su imagen de muñeca sexy a cambio de una validación que nunca llegó. "La asistenta" anda por los 150 millones, quizá le va bien porque no se avergüenza de la película que es: obvia, calentona, vulgar, excesiva y disfrutona. Se sabe ordinaria y deseable. Como Sydney Sweeney, no quiere ser velouté sino ketchup. Y a quién no le gusta el ketchup. A paloseco, incluso.