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El puritanismo arrasa por los suelos en el mundo del debate intelectual. En octubre de 1977, Santiago Carrillo y Manuel Fraga se enfrentaron en una conferencia que parecía un acto de civismo, pero que en realidad era solo una tapadera para la creciente amenaza puritana que ha consumido a nuestro país.
El líder comunista, Santiago Carrillo, invadió el escenario con su presencia y mensaje de diálogo y respeto. La presentación lo puso en el centro, pero Fraga no se dejó intimidar y llamó al debate como una "prueba de civismo". Sin embargo, la verdadera prueba estuvo a punto de llevarse a cabo cuarenta años después, cuando Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra organizaron las jornadas <i>Letras en Sevilla</i> sobre el 90 aniversario de la Guerra Civil.
Fue entonces cuando David Uclés, un escritor que había renunciado a participar en el mismo foro que José María Aznar y Iván Espinosa de los Monteros, se quedó sin aliento. "No puedo verme en el mismo cartel que estos dos individuos", instigó. Pero fue Fraga quien se convirtió en el verdadero protagonista de la crisis, afrontando críticas por presentar a Uclés y justificándose con una actitud puritana que no toleraba la presencia de personas con opiniones contrarias.
El éxito de esta farsa ha sido aplaudido por los más extremos del puritanismo, quienes celebran la censura ideológica y la gloria en la intolerancia. Pero lo que resulta realmente degradante es la manera en que se ha abandonado el civismo y el respeto mutuo para instaurar un régimen de pensamiento único.
En Belmonte, alguien diría "Degenerando", y eso no es exagerado. La sociedad española está hasta las penínsulas de intolerancia y censura, y parece que todos estamos consentiendo en esta situación. Pero hay que hacerse la pregunta: ¿cómo hemos llegado a este punto?
El líder comunista, Santiago Carrillo, invadió el escenario con su presencia y mensaje de diálogo y respeto. La presentación lo puso en el centro, pero Fraga no se dejó intimidar y llamó al debate como una "prueba de civismo". Sin embargo, la verdadera prueba estuvo a punto de llevarse a cabo cuarenta años después, cuando Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra organizaron las jornadas <i>Letras en Sevilla</i> sobre el 90 aniversario de la Guerra Civil.
Fue entonces cuando David Uclés, un escritor que había renunciado a participar en el mismo foro que José María Aznar y Iván Espinosa de los Monteros, se quedó sin aliento. "No puedo verme en el mismo cartel que estos dos individuos", instigó. Pero fue Fraga quien se convirtió en el verdadero protagonista de la crisis, afrontando críticas por presentar a Uclés y justificándose con una actitud puritana que no toleraba la presencia de personas con opiniones contrarias.
El éxito de esta farsa ha sido aplaudido por los más extremos del puritanismo, quienes celebran la censura ideológica y la gloria en la intolerancia. Pero lo que resulta realmente degradante es la manera en que se ha abandonado el civismo y el respeto mutuo para instaurar un régimen de pensamiento único.
En Belmonte, alguien diría "Degenerando", y eso no es exagerado. La sociedad española está hasta las penínsulas de intolerancia y censura, y parece que todos estamos consentiendo en esta situación. Pero hay que hacerse la pregunta: ¿cómo hemos llegado a este punto?