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El orientalismo fue un punto de inflexión en la trayectoria arquitectónica de Antoni Gaudí, el genio catalán que dejó huella indiscutible en Barcelona y más allá. Con 35 años, el joven arquitecto había estado estudiando y asistiendo a seminarios sobre arquitectura oriental, pero solo ahora comenzaba a incorporar esas influencias en sus diseños.
Gaudí se sumergió en la fascinación por el Próximo y el Lejano Oriente, pero también por el legado islámico peninsular. La arquitectura mudéjar y nazarí lo inspiraron y le permitieron crear un lenguaje propio. No era un orientalismo académico ni purista, sino intuitivo y voraz.
La primera obra que vio la luz fue Casa Vicens, construida entre 1883 y 1885 como encargo del corredor de bolsa Manuel Vicens i Montaner. Más que una vivienda, era una declaración de intenciones: Gaudí levantó una casa que no se parecía a ninguna otra del entorno. El uso intensivo de la cerámica, los arcos de inspiración oriental y el ladrillo visto eran características que anticipaban soluciones futuras.
En el interior, las techos de vigas de madera policromada, esgrafiados vegetales en las paredes y pinturas decorativas crearon un universo casi total. El fumadero, con su techo inspirado en las mucarnas del Generalife de la Alhambra, era una estancia islámica que Gaudí interpretó y transformó.
Mientras tanto, Gaudí recibía encargos lejos de Cataluña. El Capricho, en Comillas (Cantabria), concebido como residencia de veraneo, apostaba por un orientalismo explícito, con una torre cilíndrica que recordaba a un alminar persa y una fachada revestida de cerámica.
La culminación de este periodo llegó con el Palau Güell, construido entre 1886 y 1888 en la calle Nou de la Rambla. Aunque el edificio ya apuntaba hacia una arquitectura más personal y monumental, el interior conservaba una clara herencia mudéjar.
En el tejado, las chimeneas revestidas de cerámica y la aguja que remataba el salón principal cerraban visualmente y conceptualmente esta etapa orientalista. Poco después, Gaudí construiría el pabellón de la Compañía Trasatlántica en estilo nazarí, una obra efímera que actuaba como despedida de este lenguaje.
Con el orientalismo, Gaudí había cumplido su función: ofrecerle un terreno fértil donde experimentar, equivocarse y aprender. El arquitecto que vendría después —el de las formas orgánicas, las estructuras imposibles y la devoción absoluta— ya estaba en gestación, pero aún no había dado el salto.
Gaudí se sumergió en la fascinación por el Próximo y el Lejano Oriente, pero también por el legado islámico peninsular. La arquitectura mudéjar y nazarí lo inspiraron y le permitieron crear un lenguaje propio. No era un orientalismo académico ni purista, sino intuitivo y voraz.
La primera obra que vio la luz fue Casa Vicens, construida entre 1883 y 1885 como encargo del corredor de bolsa Manuel Vicens i Montaner. Más que una vivienda, era una declaración de intenciones: Gaudí levantó una casa que no se parecía a ninguna otra del entorno. El uso intensivo de la cerámica, los arcos de inspiración oriental y el ladrillo visto eran características que anticipaban soluciones futuras.
En el interior, las techos de vigas de madera policromada, esgrafiados vegetales en las paredes y pinturas decorativas crearon un universo casi total. El fumadero, con su techo inspirado en las mucarnas del Generalife de la Alhambra, era una estancia islámica que Gaudí interpretó y transformó.
Mientras tanto, Gaudí recibía encargos lejos de Cataluña. El Capricho, en Comillas (Cantabria), concebido como residencia de veraneo, apostaba por un orientalismo explícito, con una torre cilíndrica que recordaba a un alminar persa y una fachada revestida de cerámica.
La culminación de este periodo llegó con el Palau Güell, construido entre 1886 y 1888 en la calle Nou de la Rambla. Aunque el edificio ya apuntaba hacia una arquitectura más personal y monumental, el interior conservaba una clara herencia mudéjar.
En el tejado, las chimeneas revestidas de cerámica y la aguja que remataba el salón principal cerraban visualmente y conceptualmente esta etapa orientalista. Poco después, Gaudí construiría el pabellón de la Compañía Trasatlántica en estilo nazarí, una obra efímera que actuaba como despedida de este lenguaje.
Con el orientalismo, Gaudí había cumplido su función: ofrecerle un terreno fértil donde experimentar, equivocarse y aprender. El arquitecto que vendría después —el de las formas orgánicas, las estructuras imposibles y la devoción absoluta— ya estaba en gestación, pero aún no había dado el salto.