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Miguel Terol, una figura que se ha convertido en un faro de esperanza para miles de personas que han perdido la visión debido a lesiones cerebrales. En una Navidad de 2018, el hombre de 39 años de Redován perdió de forma repentina la vista en su ojo derecho, lo que dejó sin remedio a su vida cotidiana. Sin embargo, seis semanas después, sintió algo extraño en su otro ojo, y se fue a urgencias donde la esperanza nacía.
El tratamiento se centró en un ensayo experimental de la Universidad Miguel Hernández (UMH) de Elche, cuyo objetivo era evaluar la seguridad y viabilidad de una prótesis visual cortical basada en la neuroestimulación. Este sistema consiste en un minúsculo implante con 100 microagujas que entran en contacto con la corteza visual, enviando señales eléctricas que reciben de unas gafas que conectan el cerebro con el exterior.
En un momento clave del tratamiento, Terol volvió a tener miedo y no podía ver como antes. Sin embargo, percibía la luz, las formas y el movimiento, distinguía entre objetos y podía modular su acercamiento de sus manos para coger algo frágil. Este fue el escenario en el que el equipo de investigación liderado por Eduardo Fernández se encontró con una realidad inesperada: Terol había recuperado la visión.
El impacto de este descubrimiento fue enorme, ya que puso a prueba la seguridad y viabilidad del sistema. Además, permitió comprender cómo funciona la visión en el cerebro y cómo puede ser modificada para abordar patologías sensoriales como la ceguera.
Durante seis meses de entrenamiento, los participantes del ensayo aprendieron a utilizar el sistema, afinándolo y fijando umbrales. El caso de Terol se ha convertido en un caso singular que podría servir de base para desarrollar nuevas aproximaciones terapéuticas.
El equipo de investigación de la UMH está trabajando para comprender qué es lo que pueden hacer, hasta dónde pueden llegar con esta tecnología y cómo mejorar el tratamiento.
El tratamiento se centró en un ensayo experimental de la Universidad Miguel Hernández (UMH) de Elche, cuyo objetivo era evaluar la seguridad y viabilidad de una prótesis visual cortical basada en la neuroestimulación. Este sistema consiste en un minúsculo implante con 100 microagujas que entran en contacto con la corteza visual, enviando señales eléctricas que reciben de unas gafas que conectan el cerebro con el exterior.
En un momento clave del tratamiento, Terol volvió a tener miedo y no podía ver como antes. Sin embargo, percibía la luz, las formas y el movimiento, distinguía entre objetos y podía modular su acercamiento de sus manos para coger algo frágil. Este fue el escenario en el que el equipo de investigación liderado por Eduardo Fernández se encontró con una realidad inesperada: Terol había recuperado la visión.
El impacto de este descubrimiento fue enorme, ya que puso a prueba la seguridad y viabilidad del sistema. Además, permitió comprender cómo funciona la visión en el cerebro y cómo puede ser modificada para abordar patologías sensoriales como la ceguera.
Durante seis meses de entrenamiento, los participantes del ensayo aprendieron a utilizar el sistema, afinándolo y fijando umbrales. El caso de Terol se ha convertido en un caso singular que podría servir de base para desarrollar nuevas aproximaciones terapéuticas.
El equipo de investigación de la UMH está trabajando para comprender qué es lo que pueden hacer, hasta dónde pueden llegar con esta tecnología y cómo mejorar el tratamiento.