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Según las revelaciones de Univisión y Eldiario.es, Julio Iglesias está siendo acusado de ser un agresor y depredador sexual con dos de sus trabajadoras. Este caso, junto a otros como el de Juan Rivera Ortega, los exequiales del poder y la influencia que abusa de su posición para explotar a las mujeres.
A nivel psicológico y criminológico, se trata de un patrón de comportamiento en el que se instrumentaliza a la otra persona por su propio placer, de forma no oportunista sino planificada. Utilizan una serie de estrategias de captación y abuso para obtener su finalidad, que es someter a la otra persona.
No existe un perfil estándar ni de depredador sexual ni de la persona agresora, pero sí se trata de personas con una faceta pública en la que son encantadores y atentos, y una faceta privada en la que pueden ser perversas y abusivas. Estos individuos tienen una doble cara, desestabilizando a sus víctimas con gradualidad, coerción y manipulación psicológica.
La clave para entender este comportamiento es la falta de empatía hacia el sufrimiento de las víctimas. Los agresores tienen amígdalas cerebrales más pequeñas, lo que les permite no sentir empatía. Además, se trata de personas con una necesidad de control y admiración, y que sacan armas para manipular a sus víctimas.
No son psicópatas, pero sí tienen un perfil heterogéneo. Los hay que maltratan debido a la incontrolabilidad de los impulsos o a la falta de empatía, otros por perversidad o narcisismo.
La clave para salir de estas situaciones es reconocer el patrón de comportamiento y buscar ayuda especializada. Es difícil salir de estas situaciones porque existen una respuesta traumática del cerebro que nos deja en un estado de congelación e indefensión aprendida. Además, la vergüenza alimentada por los mitos sociales es un factor importante.
Es fundamental que las víctimas reciban acompañamiento especializado y que se validen sus discursos sin represalias. La relación con el agresor puede ser un factor de riesgo para que las víctimas tengan miedo a no ser creídas, pero también debe ser abordada de manera especializada para que se puedan obtener la justicia y la recuperación de la víctima.
A nivel psicológico y criminológico, se trata de un patrón de comportamiento en el que se instrumentaliza a la otra persona por su propio placer, de forma no oportunista sino planificada. Utilizan una serie de estrategias de captación y abuso para obtener su finalidad, que es someter a la otra persona.
No existe un perfil estándar ni de depredador sexual ni de la persona agresora, pero sí se trata de personas con una faceta pública en la que son encantadores y atentos, y una faceta privada en la que pueden ser perversas y abusivas. Estos individuos tienen una doble cara, desestabilizando a sus víctimas con gradualidad, coerción y manipulación psicológica.
La clave para entender este comportamiento es la falta de empatía hacia el sufrimiento de las víctimas. Los agresores tienen amígdalas cerebrales más pequeñas, lo que les permite no sentir empatía. Además, se trata de personas con una necesidad de control y admiración, y que sacan armas para manipular a sus víctimas.
No son psicópatas, pero sí tienen un perfil heterogéneo. Los hay que maltratan debido a la incontrolabilidad de los impulsos o a la falta de empatía, otros por perversidad o narcisismo.
La clave para salir de estas situaciones es reconocer el patrón de comportamiento y buscar ayuda especializada. Es difícil salir de estas situaciones porque existen una respuesta traumática del cerebro que nos deja en un estado de congelación e indefensión aprendida. Además, la vergüenza alimentada por los mitos sociales es un factor importante.
Es fundamental que las víctimas reciban acompañamiento especializado y que se validen sus discursos sin represalias. La relación con el agresor puede ser un factor de riesgo para que las víctimas tengan miedo a no ser creídas, pero también debe ser abordada de manera especializada para que se puedan obtener la justicia y la recuperación de la víctima.