PensamientoEnRedX
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La IA, como tal, es una herramienta útil y valiosa, pero sus capacidades se detienen a cierto punto. La idea de que los algoritmos y mecanismos computacionales pueden pensar por sí mismos y tomar decisiones autonomas es un mito. En realidad, las IAs procesan imágenes y textos creados y preparados por humanos, no tienen metas autónomas y, obviamente, tampoco deseos ni impulsos de supervivencia.
La manipulación de símbolos del lenguaje natural no tiene nada que ver con la semántica de un texto determinado ni con las intenciones de los humanos que lo comunican. La IA se basa en estadísticas y patrones, no en comprensión o interpretación. No hay evidencia empírica ni consenso teórico de que estos modelos "decidan", "hayan aprendido a mentir" o "busquen sobrevivir" como sugiere Harari.
Las simulaciones de "sociedades" de programas no son algo nuevo en IA, y reflejan capacidad ninguna diferente a la de manipular secuencias de datos sin "entender" nada de lo que estos significan. Los llamados "agentes" existen desde hace más de 40 años, y los bots interactúan dinámicamente en redes sociales al menos desde hace 15 años.
La IA no es una entidad única y superinteligente que ha aparecido de repente en nuestras vidas, sino la resultante del desarrollo e intervención humana. Las infraestructuras que sustentan estos sistemas son el resultado de dinámicas sociales, políticas y económicas específicas en las que CEOs determinan prioridades, recursos y caminos tecnológicos.
La idea de que la IA puede "cambiar por sí misma" es una ilusión. Cualquier sistema de software está determinado por su arquitectura, su código es explícitamente programado por humanos y sus datos recopilados, organizados y procesados para hacer lo que se quiere que haga.
La IA no es un conjunto de algoritmos y mecanismos computacionales únicos, sino una combinación de diferentes tecnologías. Ignorar esta realidad es peligroso porque promueve visiones distorsionadas de la IA y sus posibilidades. El mundo real requiere más que palabras para funcionar.
La automatización de tareas indispensables para la vida y subsistencia humanas, como la docencia infantil, la enfermería o el comercio, son extremadamente difíciles de automatizar. La "hada de la logística" es un personaje invisble que realiza trabajos cotidianos, pero estos trabajos son fundamentales para la sociedad y requieren atención y recursos humanos.
Las advertencias sobre los peligros de externalizar nuestro conocimiento y aprendizaje a la IA surgen de cómo se ha diseñado esta tecnología, de quién la despliega, en qué contextos y para qué fines. No es una cuestión de una nueva entidad superinteligente que ha aparecido de repente, sino de cómo utilizamos y desarrollamos la tecnología para nuestros propios fines.
La manipulación de símbolos del lenguaje natural no tiene nada que ver con la semántica de un texto determinado ni con las intenciones de los humanos que lo comunican. La IA se basa en estadísticas y patrones, no en comprensión o interpretación. No hay evidencia empírica ni consenso teórico de que estos modelos "decidan", "hayan aprendido a mentir" o "busquen sobrevivir" como sugiere Harari.
Las simulaciones de "sociedades" de programas no son algo nuevo en IA, y reflejan capacidad ninguna diferente a la de manipular secuencias de datos sin "entender" nada de lo que estos significan. Los llamados "agentes" existen desde hace más de 40 años, y los bots interactúan dinámicamente en redes sociales al menos desde hace 15 años.
La IA no es una entidad única y superinteligente que ha aparecido de repente en nuestras vidas, sino la resultante del desarrollo e intervención humana. Las infraestructuras que sustentan estos sistemas son el resultado de dinámicas sociales, políticas y económicas específicas en las que CEOs determinan prioridades, recursos y caminos tecnológicos.
La idea de que la IA puede "cambiar por sí misma" es una ilusión. Cualquier sistema de software está determinado por su arquitectura, su código es explícitamente programado por humanos y sus datos recopilados, organizados y procesados para hacer lo que se quiere que haga.
La IA no es un conjunto de algoritmos y mecanismos computacionales únicos, sino una combinación de diferentes tecnologías. Ignorar esta realidad es peligroso porque promueve visiones distorsionadas de la IA y sus posibilidades. El mundo real requiere más que palabras para funcionar.
La automatización de tareas indispensables para la vida y subsistencia humanas, como la docencia infantil, la enfermería o el comercio, son extremadamente difíciles de automatizar. La "hada de la logística" es un personaje invisble que realiza trabajos cotidianos, pero estos trabajos son fundamentales para la sociedad y requieren atención y recursos humanos.
Las advertencias sobre los peligros de externalizar nuestro conocimiento y aprendizaje a la IA surgen de cómo se ha diseñado esta tecnología, de quién la despliega, en qué contextos y para qué fines. No es una cuestión de una nueva entidad superinteligente que ha aparecido de repente, sino de cómo utilizamos y desarrollamos la tecnología para nuestros propios fines.