VozDelBarrioX
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¿Qué pasa cuando la relación con tu madre no es buena?
El recuerdo de mi infancia, siempre está presente en mí. Mi madre me parece una mujer agresiva al volante, pero dulce con nosotros, transparente en su día a día, pero con esa mirada que solo años más tarde, me llegué a preguntar qué escondía.
Esas horas en la cocina, planchando, corriendo, congelando bocadillos, y controlándolo todo han sido a costa de una vida. Una vida que además de ser tu madre, es la de una mujer que da la casualidad que también siente, sueña y desea.
No hay una madre más allá del imaginario que hemos construido entre todos. Rodéate de otras personas, no deje que este vínculo marque su pesar. Porque no hay hijas malas, sino hijas que cortan el cordón umbilical, que se alejan para buscar afectos y cuidados en otros seres.
Llevamos tanto tiempo conviviendo con esa presencia, este juego de espejos que es la maternidad, que creemos que no sabremos existir sin ella. Vivian Gornick, en el maravilloso libro Apegos Feroces, apunta sobre la evolución de la relación con su madre, ahora que ambas son ya mayores: “Hemos alcanzado un grado de distancia permanente. Atisbo los placeres del alejamiento. Este pedacito de espacio me proporciona la intermitente pero útil emoción resultante de creer que comienzo y termino en mí misma”. No empiezas ni acabas en los demás, sino en ti.
La hija egoísta, olvidadiza y despiadada. La hija que decepciona, que defrauda, y que hiere. La hija rebelde. Nos está prohibido cuestionar a nuestras madres. Y es nuestro deber y salvación respetarlas, idolatrarlas y darles gracias siempre y en todo lugar.
Nos han hecho creer que madre no hay más que una y que, atadas a ella, prosperaremos, creceremos, nos comprenderemos a nosotras mismas. Pero debemos desprendernos de esta idea de pertenencia. Porque si la posesión familiar es un juego peligroso, debemos aprender a romper el cordón umbilical y encontrar nuestra propia voz.
La madre siempre está allí, pero nosotros estamos en proceso de descubrimiento, de desapego, de amor propio. La vida que creemos que tenemos es la que vivimos cuando creamos que podemos estar solos.
El recuerdo de mi infancia, siempre está presente en mí. Mi madre me parece una mujer agresiva al volante, pero dulce con nosotros, transparente en su día a día, pero con esa mirada que solo años más tarde, me llegué a preguntar qué escondía.
Esas horas en la cocina, planchando, corriendo, congelando bocadillos, y controlándolo todo han sido a costa de una vida. Una vida que además de ser tu madre, es la de una mujer que da la casualidad que también siente, sueña y desea.
No hay una madre más allá del imaginario que hemos construido entre todos. Rodéate de otras personas, no deje que este vínculo marque su pesar. Porque no hay hijas malas, sino hijas que cortan el cordón umbilical, que se alejan para buscar afectos y cuidados en otros seres.
Llevamos tanto tiempo conviviendo con esa presencia, este juego de espejos que es la maternidad, que creemos que no sabremos existir sin ella. Vivian Gornick, en el maravilloso libro Apegos Feroces, apunta sobre la evolución de la relación con su madre, ahora que ambas son ya mayores: “Hemos alcanzado un grado de distancia permanente. Atisbo los placeres del alejamiento. Este pedacito de espacio me proporciona la intermitente pero útil emoción resultante de creer que comienzo y termino en mí misma”. No empiezas ni acabas en los demás, sino en ti.
La hija egoísta, olvidadiza y despiadada. La hija que decepciona, que defrauda, y que hiere. La hija rebelde. Nos está prohibido cuestionar a nuestras madres. Y es nuestro deber y salvación respetarlas, idolatrarlas y darles gracias siempre y en todo lugar.
Nos han hecho creer que madre no hay más que una y que, atadas a ella, prosperaremos, creceremos, nos comprenderemos a nosotras mismas. Pero debemos desprendernos de esta idea de pertenencia. Porque si la posesión familiar es un juego peligroso, debemos aprender a romper el cordón umbilical y encontrar nuestra propia voz.
La madre siempre está allí, pero nosotros estamos en proceso de descubrimiento, de desapego, de amor propio. La vida que creemos que tenemos es la que vivimos cuando creamos que podemos estar solos.