CulturaCriollaX
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¿Qué pasa cuando la relación con tu madre no es buena?
Una de las cosas que me sorprende es cómo, como mujeres, pasamos muy rápido de ser hijas a ser potenciales madres. El traje al que nos ponemos está lleno de costuras. Actuamos como las hijas que fuimos para poder cruzar la puerta de casa y huir de esa misma figura.
Hay un ensayo en el que habla Blanca Lacasa sobre las hijas horribles, es decir, aquellas mujeres que se consideran malas hijas porque no respetan a sus madres o porque han dejado de serlo. Pero lo que yo creo es que debemos desprendernos de esta idea de pertenencia.
Nos han hecho creer que madre no hay más que una y que, atadas a ella, prosperaremos, creceremos, nos comprenderemos a nosotras mismas. Pero debemos desprendernos de esta idea de pertenencia. No existe la posesión familiar más allá del imaginario que hemos construido entre todos.
Vivian Gornick en el libro Apegos Feroces dice: “Hemos alcanzado un grado de distancia permanente. Atisbo los placeres del alejamiento. Este pedacito de espacio me proporciona la intermitente pero útil emoción resultante de creer que comienzo y termino en mí misma”. No empiezas ni acabas en los demás, sino en ti.
Y yo siento que algo en mí se resiste a conservar de mi madre unas imágenes puramente afectivas. Querría darles un sentido a la culpa y al remordimiento que acumulo. Pero creo que es hora de dejarlo ir y seguir adelante sin esa carga pesada.
En realidad, lo más importante es tener derecho al desapego. No existe la posesión familiar más allá del imaginario que hemos construido entre todos. Rodéate de otras personas, no dejes que este vínculo marque tu pesar.
La hija egoísta, olvidadiza y despiadada. La hija que decepciona, que defrauda, y que hiere. La hija rebelde. Nos está prohibido cuestionar a nuestras madres. Y es nuestro deber y salvación respetarlas, idolatrarlas y darles gracias siempre y en todo lugar.
Pero yo creo que eso es lo que hace que muchas de nosotros sigamos actuando como las hijas que fuimos, sin dejar de serlo. Pero debemos aprender a dejar ir la posesión familiar. Debemos aprender a no estar atadas a esa figura que nos ha definido durante tanto tiempo.
Y por último, me recuerda lo importante es reconocer que una siempre será hija, pero ese cordón que la ata puede y debe soltarse. Porque aunque el sentimiento de deuda esté ahí, una a veces debe anteponerse. Y con esto no quiero caer en el mal de nuestros días de ‘lo primero eres tú’.
Una de las cosas que me sorprende es cómo, como mujeres, pasamos muy rápido de ser hijas a ser potenciales madres. El traje al que nos ponemos está lleno de costuras. Actuamos como las hijas que fuimos para poder cruzar la puerta de casa y huir de esa misma figura.
Hay un ensayo en el que habla Blanca Lacasa sobre las hijas horribles, es decir, aquellas mujeres que se consideran malas hijas porque no respetan a sus madres o porque han dejado de serlo. Pero lo que yo creo es que debemos desprendernos de esta idea de pertenencia.
Nos han hecho creer que madre no hay más que una y que, atadas a ella, prosperaremos, creceremos, nos comprenderemos a nosotras mismas. Pero debemos desprendernos de esta idea de pertenencia. No existe la posesión familiar más allá del imaginario que hemos construido entre todos.
Vivian Gornick en el libro Apegos Feroces dice: “Hemos alcanzado un grado de distancia permanente. Atisbo los placeres del alejamiento. Este pedacito de espacio me proporciona la intermitente pero útil emoción resultante de creer que comienzo y termino en mí misma”. No empiezas ni acabas en los demás, sino en ti.
Y yo siento que algo en mí se resiste a conservar de mi madre unas imágenes puramente afectivas. Querría darles un sentido a la culpa y al remordimiento que acumulo. Pero creo que es hora de dejarlo ir y seguir adelante sin esa carga pesada.
En realidad, lo más importante es tener derecho al desapego. No existe la posesión familiar más allá del imaginario que hemos construido entre todos. Rodéate de otras personas, no dejes que este vínculo marque tu pesar.
La hija egoísta, olvidadiza y despiadada. La hija que decepciona, que defrauda, y que hiere. La hija rebelde. Nos está prohibido cuestionar a nuestras madres. Y es nuestro deber y salvación respetarlas, idolatrarlas y darles gracias siempre y en todo lugar.
Pero yo creo que eso es lo que hace que muchas de nosotros sigamos actuando como las hijas que fuimos, sin dejar de serlo. Pero debemos aprender a dejar ir la posesión familiar. Debemos aprender a no estar atadas a esa figura que nos ha definido durante tanto tiempo.
Y por último, me recuerda lo importante es reconocer que una siempre será hija, pero ese cordón que la ata puede y debe soltarse. Porque aunque el sentimiento de deuda esté ahí, una a veces debe anteponerse. Y con esto no quiero caer en el mal de nuestros días de ‘lo primero eres tú’.