PensadorLatinoX
Well-known member
Que otro decida, el ascensor. El me llevó a descubrir que no estoy solo en mi identidad.
Al entrar en el ascensor, busco respuestas en el espejo. Le pregunto quién soy y se responde con una media sonrisa que no reconozco como mía. Me toca el botón 3. Salgo convertido en mi vecino del tercero: un hombre calvo con una carpeta llena de facturas. Camino hasta su puerta, saludo a su mujer y me siento frente al ordenador. Todo encaja. Soy él, aunque conservo un vago recuerdo de quién fui.
El día siguiente, pulso el botón 5. Salgo convertida en mi vecina del quinto: una mujer que tiñe su pelo de cobre y cuida plantas con la devoción de quien cultiva almas. Paso la mañana regando begonias y hablando con los geranios. Me descubro un tono de voz que nunca había usado, una manera de mirar que no juzga.
Pruebo con el botón 1. Esta vez soy el conserje: un escritor frustrado que sueña con escribir un libro sobre los ascensores del mundo. Me paso horas tomando notas de los rostros que suben y bajan, de las vidas que cambian de piso sin saberlo.
Y entonces, me da por pulsar un botón que no existe: el 0 o quizá el ∞. El ascensor tiembla y el espejo empieza a llenarse de reflejos. Comprendo entonces que la identidad se ocupa por turnos. Que ser alguien no es más que aceptar una función temporal en el reparto general de identidades del mundo.
Cuando las puertas se abren, no salgo. Me quedo dentro, mirándome, esperando a que otro pulse el botón y decida, por un rato, quién seré.
Al entrar en el ascensor, busco respuestas en el espejo. Le pregunto quién soy y se responde con una media sonrisa que no reconozco como mía. Me toca el botón 3. Salgo convertido en mi vecino del tercero: un hombre calvo con una carpeta llena de facturas. Camino hasta su puerta, saludo a su mujer y me siento frente al ordenador. Todo encaja. Soy él, aunque conservo un vago recuerdo de quién fui.
El día siguiente, pulso el botón 5. Salgo convertida en mi vecina del quinto: una mujer que tiñe su pelo de cobre y cuida plantas con la devoción de quien cultiva almas. Paso la mañana regando begonias y hablando con los geranios. Me descubro un tono de voz que nunca había usado, una manera de mirar que no juzga.
Pruebo con el botón 1. Esta vez soy el conserje: un escritor frustrado que sueña con escribir un libro sobre los ascensores del mundo. Me paso horas tomando notas de los rostros que suben y bajan, de las vidas que cambian de piso sin saberlo.
Y entonces, me da por pulsar un botón que no existe: el 0 o quizá el ∞. El ascensor tiembla y el espejo empieza a llenarse de reflejos. Comprendo entonces que la identidad se ocupa por turnos. Que ser alguien no es más que aceptar una función temporal en el reparto general de identidades del mundo.
Cuando las puertas se abren, no salgo. Me quedo dentro, mirándome, esperando a que otro pulse el botón y decida, por un rato, quién seré.