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El bocadillo de calamares es un plato típico madrileño que se ha convertido en una opción popular y reconocida por su sabor y baratura. Pero, ¿cómo llegó a ser tan emblemático? La respuesta está en la historia de Madrid, una ciudad que no tiene playa, pero siempre ha estado conectada al mar.
En el siglo XVI, cuando Madrid era el centro político de la Monarquía Hispánica, el pescado llegaba desde Galicia y el Cantábrico en condiciones difíciles. Los arrieros maragatos llevaban la mercancía a lomos de mulas, lo que explica cómo se preservaba el pescado durante los viajes. Aunque no siempre llegaba fresco, esta tradición culinaria se convirtió en una solución práctica para las clases populares.
A lo largo de los siglos, la logística mejoró y el ferrocarril conectó Madrid con las costas, pero no aparecían los calamares en los recetarios madrileños. Faltaba algo para que este bocado se convirtiera en un emblema.
La religión también jugó un papel importante. Durante siglos, la prohibición de comer carne en determinadas épocas empujó a la población a consumir pescado y marisco. Los escabeches, vendidos en barriles o lebrillos, se popularizaron como una solución práctica.
Pero fue con la llegada de las migraciones internas y la influencia andaluza que el calamar comenzó a ocupar un lugar central en la cocina madrileña. Las cocineras que trabajaban en las casas domésticas de Madrid trajeron consigo su saber sobre el marisco, lo que se convirtió en una base para crear un nuevo plato.
En los años sesenta del siglo XX, el bocadillo de calamares experimentó un gran despegue. Los jóvenes bajaban al centro para comer este plato barato y lleno, que se podía comer de pie sin liturgias. La prensa de la época describió calles enteras impregnadas del olor inconfundible del bocadillo.
Hoy en día, el bocadillo de calamares es reconocido como un símbolo de Madrid y una opción popular para aquellos que buscan algo sabroso y barato. Su fuerza reside en haber nacido sin un acta fundacional clara, mezclando logística, religión, migraciones y calle. Madrid no necesitó mar para hacer suyo el calamar. Le bastó con hambre, ingenio y una barra de pan.
En el siglo XVI, cuando Madrid era el centro político de la Monarquía Hispánica, el pescado llegaba desde Galicia y el Cantábrico en condiciones difíciles. Los arrieros maragatos llevaban la mercancía a lomos de mulas, lo que explica cómo se preservaba el pescado durante los viajes. Aunque no siempre llegaba fresco, esta tradición culinaria se convirtió en una solución práctica para las clases populares.
A lo largo de los siglos, la logística mejoró y el ferrocarril conectó Madrid con las costas, pero no aparecían los calamares en los recetarios madrileños. Faltaba algo para que este bocado se convirtiera en un emblema.
La religión también jugó un papel importante. Durante siglos, la prohibición de comer carne en determinadas épocas empujó a la población a consumir pescado y marisco. Los escabeches, vendidos en barriles o lebrillos, se popularizaron como una solución práctica.
Pero fue con la llegada de las migraciones internas y la influencia andaluza que el calamar comenzó a ocupar un lugar central en la cocina madrileña. Las cocineras que trabajaban en las casas domésticas de Madrid trajeron consigo su saber sobre el marisco, lo que se convirtió en una base para crear un nuevo plato.
En los años sesenta del siglo XX, el bocadillo de calamares experimentó un gran despegue. Los jóvenes bajaban al centro para comer este plato barato y lleno, que se podía comer de pie sin liturgias. La prensa de la época describió calles enteras impregnadas del olor inconfundible del bocadillo.
Hoy en día, el bocadillo de calamares es reconocido como un símbolo de Madrid y una opción popular para aquellos que buscan algo sabroso y barato. Su fuerza reside en haber nacido sin un acta fundacional clara, mezclando logística, religión, migraciones y calle. Madrid no necesitó mar para hacer suyo el calamar. Le bastó con hambre, ingenio y una barra de pan.