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El juicio político es un concepto fundamental en la filosofía política contemporánea, pero ha sido olvidado por nuestra sociedad. La capacidad de juzgar políticamente es esencial para una democracia saludable, pero hemos perdido esta habilidad debido a la proliferación de mentiras y la deshumanización de los líderes.
Hannah Arendt, filósofa y ensayista estadounidense, nos recordaba que el juicio político es fundamental para una sociedad libre. En su obra "El hombre en la masa", Arendt describe cómo la banalidad del mal puede llevar a la destrucción sistemática de las condiciones que hacen posible el juicio político.
La crisis actual, caracterizada por la proliferación de mentiras y la deshumanización de los líderes, nos lleva a una situación en la que la imparcialidad se vuelve parálisis. La BBC, institución que ha sido un referente del periodismo riguroso, ha quedado paralizada al intentar responder a la cuestión de si Trump dijo algo falso durante su discurso del 6 de enero de 2021.
La imparcialidad no consiste en dar el mismo tiempo de palabra a los líderes y pesar sus argumentos en una burocrática balanza, sino en no perder el juicio sobre lo que ocurrió. El poema homérico juzga: muestra violencia, pérdida, sinsentido, gloria, tragedia.
Necesitamos reconstruir un mundo donde los hechos importen y podamos discrepar sobre el significado de lo que vemos, pero hayamos acordado que vimos lo mismo. Necesitamos escuchar a Héctor y a Aquiles sin perder nuestro propio juicio sobre lo que está bien o mal.
El testamento de Arendt es un llamado a la acción para recuperar nuestra capacidad ciudadana de juzgar y hacerlo con el coraje de registrar nuestra propia experiencia del mundo. Necesitamos escuchar a los líderes sin perder nuestro propio juicio y reconocer que las mentiras no reemplazan la realidad.
La última hoja de Arendt es un testamento político para nuestro tiempo. Cincuenta años tras su muerte, nos sigue diciendo que la democracia necesita ciudadanos que se atrevan a juzgar. Ese es su legado. Su exigencia. Y también su último regalo: la certeza de que, si queremos, aún podemos recuperar algo que nunca debimos perder.
La verdadera imparcialidad requiere una capacidad de pensar desde múltiples perspectivas y no quedarse en la neutralidad mecánica. Necesitamos reconstruir un mundo donde los hechos importen y podamos discrepar sobre el significado de lo que vemos, pero hayamos acordado que vimos lo mismo.
La capacidad de juzgar políticamente es esencial para una democracia saludable. No se trata de creérnos las mentiras de Trump o Musk, sino de que perdamos la fe en la verdad y somos susceptibles de creer cualquier cosa. Cuando el cinismo reina sobre la verdad, las mentiras no reemplazan la realidad, les basta con hacerla tambalear.
La solución pasa por recuperar nuestra capacidad ciudadana de juzgar y hacerlo como Arendt lo hizo en Jerusalén: con el coraje de registrar nuestra propia experiencia del mundo y decir lo que vemos aunque contradiga las narrativas consoladoras, reconociendo la complejidad sin renunciar al juicio.
Necesitamos escuchar a Héctor y a Aquiles sin perder nuestro propio juicio sobre lo que está bien o mal. Necesitamos reconstruir un mundo donde los hechos importen y podamos discrepar sobre el significado de lo que vemos, pero hayamos acordado que vimos lo mismo.
La última hoja de Arendt es un testamento político para nuestro tiempo. Cincuenta años tras su muerte, nos sigue diciendo que la democracia necesita ciudadanos que se atrevan a juzgar. Ese es su legado. Su exigencia. Y también su último regalo: la certeza de que, si queremos, aún podemos recuperar algo que nunca debimos perder.
La capacidad de juzgar políticamente es esencial para una democracia saludable. No se trata de creérnos las mentiras de Trump o Musk, sino de que perdamos la fe en la verdad y somos susceptibles de creer cualquier cosa. Cuando el cinismo reina sobre la verdad, las mentiras no reemplazan la realidad, les basta con hacerla tambalear.
La solución pasa por recuperar nuestra capacidad ciudadana de juzgar y hacerlo como Arendt lo hizo en Jerusalén: con el coraje de registrar nuestra propia experiencia del mundo y decir lo que vemos aunque contradiga las narrativas consoladoras, reconociendo la complejidad sin renunciar al juicio.
Necesitamos reconstruir un mundo donde los hechos importen y podamos discrepar sobre el significado de lo que vemos, pero hayamos acordado que vimos lo mismo. Necesitamos escuchar a Héctor y a Aquiles sin perder nuestro propio juicio sobre lo que está bien o mal.
La última hoja de Arendt es un testamento político para nuestro tiempo. Cincuenta años tras su muerte, nos sigue diciendo que la democracia necesita ciudadanos que se atrevan a juzgar. Ese es su legado. Su exigencia. Y también su último regalo: la certeza de que, si queremos, aún podemos recuperar algo que nunca debimos perder.
Hannah Arendt, filósofa y ensayista estadounidense, nos recordaba que el juicio político es fundamental para una sociedad libre. En su obra "El hombre en la masa", Arendt describe cómo la banalidad del mal puede llevar a la destrucción sistemática de las condiciones que hacen posible el juicio político.
La crisis actual, caracterizada por la proliferación de mentiras y la deshumanización de los líderes, nos lleva a una situación en la que la imparcialidad se vuelve parálisis. La BBC, institución que ha sido un referente del periodismo riguroso, ha quedado paralizada al intentar responder a la cuestión de si Trump dijo algo falso durante su discurso del 6 de enero de 2021.
La imparcialidad no consiste en dar el mismo tiempo de palabra a los líderes y pesar sus argumentos en una burocrática balanza, sino en no perder el juicio sobre lo que ocurrió. El poema homérico juzga: muestra violencia, pérdida, sinsentido, gloria, tragedia.
Necesitamos reconstruir un mundo donde los hechos importen y podamos discrepar sobre el significado de lo que vemos, pero hayamos acordado que vimos lo mismo. Necesitamos escuchar a Héctor y a Aquiles sin perder nuestro propio juicio sobre lo que está bien o mal.
El testamento de Arendt es un llamado a la acción para recuperar nuestra capacidad ciudadana de juzgar y hacerlo con el coraje de registrar nuestra propia experiencia del mundo. Necesitamos escuchar a los líderes sin perder nuestro propio juicio y reconocer que las mentiras no reemplazan la realidad.
La última hoja de Arendt es un testamento político para nuestro tiempo. Cincuenta años tras su muerte, nos sigue diciendo que la democracia necesita ciudadanos que se atrevan a juzgar. Ese es su legado. Su exigencia. Y también su último regalo: la certeza de que, si queremos, aún podemos recuperar algo que nunca debimos perder.
La verdadera imparcialidad requiere una capacidad de pensar desde múltiples perspectivas y no quedarse en la neutralidad mecánica. Necesitamos reconstruir un mundo donde los hechos importen y podamos discrepar sobre el significado de lo que vemos, pero hayamos acordado que vimos lo mismo.
La capacidad de juzgar políticamente es esencial para una democracia saludable. No se trata de creérnos las mentiras de Trump o Musk, sino de que perdamos la fe en la verdad y somos susceptibles de creer cualquier cosa. Cuando el cinismo reina sobre la verdad, las mentiras no reemplazan la realidad, les basta con hacerla tambalear.
La solución pasa por recuperar nuestra capacidad ciudadana de juzgar y hacerlo como Arendt lo hizo en Jerusalén: con el coraje de registrar nuestra propia experiencia del mundo y decir lo que vemos aunque contradiga las narrativas consoladoras, reconociendo la complejidad sin renunciar al juicio.
Necesitamos escuchar a Héctor y a Aquiles sin perder nuestro propio juicio sobre lo que está bien o mal. Necesitamos reconstruir un mundo donde los hechos importen y podamos discrepar sobre el significado de lo que vemos, pero hayamos acordado que vimos lo mismo.
La última hoja de Arendt es un testamento político para nuestro tiempo. Cincuenta años tras su muerte, nos sigue diciendo que la democracia necesita ciudadanos que se atrevan a juzgar. Ese es su legado. Su exigencia. Y también su último regalo: la certeza de que, si queremos, aún podemos recuperar algo que nunca debimos perder.
La capacidad de juzgar políticamente es esencial para una democracia saludable. No se trata de creérnos las mentiras de Trump o Musk, sino de que perdamos la fe en la verdad y somos susceptibles de creer cualquier cosa. Cuando el cinismo reina sobre la verdad, las mentiras no reemplazan la realidad, les basta con hacerla tambalear.
La solución pasa por recuperar nuestra capacidad ciudadana de juzgar y hacerlo como Arendt lo hizo en Jerusalén: con el coraje de registrar nuestra propia experiencia del mundo y decir lo que vemos aunque contradiga las narrativas consoladoras, reconociendo la complejidad sin renunciar al juicio.
Necesitamos reconstruir un mundo donde los hechos importen y podamos discrepar sobre el significado de lo que vemos, pero hayamos acordado que vimos lo mismo. Necesitamos escuchar a Héctor y a Aquiles sin perder nuestro propio juicio sobre lo que está bien o mal.
La última hoja de Arendt es un testamento político para nuestro tiempo. Cincuenta años tras su muerte, nos sigue diciendo que la democracia necesita ciudadanos que se atrevan a juzgar. Ese es su legado. Su exigencia. Y también su último regalo: la certeza de que, si queremos, aún podemos recuperar algo que nunca debimos perder.