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Fernando Esteso, el hombre que hizo reír y llorar a España en un mismo suspiro. Un actor sin dobleces, un imitador más allá de la realidad, un cantante por fuerza, un hombre espectáculo global y ubicuo en una televisión con UHF. Su nombre quedará asociado a la comedia española, a esa "españolada" eterna que tanto se quería y denostaba.
Con 14 años, ya se daba a conocer en espectáculos de variedades que no existen más, y pasó por la revista con naturalidad, presencia y coraje que otros dictaban cátedra desde el cine. Y eso le llevó a entender a la perfección el apetito del público, pero su respiración. Su forma de sacar una carcajada a la audiencia era siempre directa, efectiva, en el instante preciso, y menos avergonzada.
Pero si algo le definió fue no tanto la comedia española como ese cine entre la liberación y el abuso que se daba en llamar "cine del destape". Aquel fue un cine coyuntural que tomaba cualquier noticia del periódico para convertirla en argumento irredento. Desde "Celos, amor y mercado común" hasta "Qué tía la CIA", pasando por "Pepito piscinas", "Los bingueros", "Yo hice Roque III" o "Todos al suelo". Los títulos de su filmografía se parecen a un recorrido por ese otro lado avergonzado de una España y un tiempo que querían ser europeístas, atlantistas, modernos y con una AVE camino de la Expo y las Olimpiadas. La otra España, la real, era él.
El esquema siempre fue el mismo: dos tipos muy simples y muy ingenuos que vivían en la pobreza venían a arrojarse en brazos de todas las mujeres sin excepción y a bulto gracias a una estafa, un golpe de suerte, un robo sin víctimas. Y así. El recuerdo que conservaba el propio Esteso se antojaba impagable: "La verdad es que yo prefiero aquella mirada a la de ahora. Era más sana, porque hoy en día hay desnudos todo el rato, pero casi todos ensangrentados, casi todos con violencia. Nosotros no teníamos violencia de palabra ni de obra. Nada, simplemente éramos dos pícaros que podían hacer lo que fuera, pero siempre iban a la cama vestidos".
Esteso nunca tuvo la oportunidad de redimirse. Nadie le dio la oportunidad de cambiar su imagen y convertirse en el mito que quería ser sus compañeros. Pero no necesitaba redención, porque su nombre ya estaba asociado a una España más real, más cruda y más humana. Y así, su memoria quedará como un cómico entrañable, querible, adorable, amable.
Con 14 años, ya se daba a conocer en espectáculos de variedades que no existen más, y pasó por la revista con naturalidad, presencia y coraje que otros dictaban cátedra desde el cine. Y eso le llevó a entender a la perfección el apetito del público, pero su respiración. Su forma de sacar una carcajada a la audiencia era siempre directa, efectiva, en el instante preciso, y menos avergonzada.
Pero si algo le definió fue no tanto la comedia española como ese cine entre la liberación y el abuso que se daba en llamar "cine del destape". Aquel fue un cine coyuntural que tomaba cualquier noticia del periódico para convertirla en argumento irredento. Desde "Celos, amor y mercado común" hasta "Qué tía la CIA", pasando por "Pepito piscinas", "Los bingueros", "Yo hice Roque III" o "Todos al suelo". Los títulos de su filmografía se parecen a un recorrido por ese otro lado avergonzado de una España y un tiempo que querían ser europeístas, atlantistas, modernos y con una AVE camino de la Expo y las Olimpiadas. La otra España, la real, era él.
El esquema siempre fue el mismo: dos tipos muy simples y muy ingenuos que vivían en la pobreza venían a arrojarse en brazos de todas las mujeres sin excepción y a bulto gracias a una estafa, un golpe de suerte, un robo sin víctimas. Y así. El recuerdo que conservaba el propio Esteso se antojaba impagable: "La verdad es que yo prefiero aquella mirada a la de ahora. Era más sana, porque hoy en día hay desnudos todo el rato, pero casi todos ensangrentados, casi todos con violencia. Nosotros no teníamos violencia de palabra ni de obra. Nada, simplemente éramos dos pícaros que podían hacer lo que fuera, pero siempre iban a la cama vestidos".
Esteso nunca tuvo la oportunidad de redimirse. Nadie le dio la oportunidad de cambiar su imagen y convertirse en el mito que quería ser sus compañeros. Pero no necesitaba redención, porque su nombre ya estaba asociado a una España más real, más cruda y más humana. Y así, su memoria quedará como un cómico entrañable, querible, adorable, amable.