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Michele Mingardi, un hombre italiano de 57 años, se ha visto obligado a vivir en una tienda de campaña instalada debajo de un túnel. Su situación es la de una rápida cadena de acontecimientos que lo llevaron al abismo: la imposibilidad de renovar su contrato de trabajo, la jubilación forzosa cuando estaba a punto de cumplir 43 años de cotizaciones y la pérdida de su casa debido a la muerte de su casera y sus descendientes que decidieron vender el apartamento en el que vivía.
"Me cuesta entrar en las residencias ya que no tengo ninguna adicción", explica Mingardi. "Esto no es una elección de estilo de vida, sino una situación en la que me encontré". Su vida diaria ha sido dura: frío, niebla, lluvia y el ruido de los camiones que pasan todo el día e incluso de noche. No puede dormir, solo intenta descansar.
Pese a que su situación es absolutamente devastadora, Mingardi afirma que vivir en la calle no es lo peor de todo. "Lo peor es la sensación de abandono y soledad", comenta. "Soy una persona. No soy menos valioso que los demás". Los frecuentes insultos que recibe de los transeúntes le duele más que los profundos cortes que el frío le ha provocado en las manos.
Además, parece que las instituciones tampoco están de su parte o, al menos, no con la celeridad que deberían. "Solo tengo una petición: un lugar para vivir solo, para recuperar mi independencia y dignidad", expresa Mingardi. Su única esperanza es que le garanticen el derecho a una vivienda, un par de paredes y un techo que serían un nuevo comienzo para él y que supondrían la reanudación de una vida que hoy está suspendida en un frío y oscuro túnel.
Aún así, a Michele aún le quedan fuerzas para el agradecimiento. "Estoy agradecido a todos los que me han ayudado durante estas semanas", concluye.
"Me cuesta entrar en las residencias ya que no tengo ninguna adicción", explica Mingardi. "Esto no es una elección de estilo de vida, sino una situación en la que me encontré". Su vida diaria ha sido dura: frío, niebla, lluvia y el ruido de los camiones que pasan todo el día e incluso de noche. No puede dormir, solo intenta descansar.
Pese a que su situación es absolutamente devastadora, Mingardi afirma que vivir en la calle no es lo peor de todo. "Lo peor es la sensación de abandono y soledad", comenta. "Soy una persona. No soy menos valioso que los demás". Los frecuentes insultos que recibe de los transeúntes le duele más que los profundos cortes que el frío le ha provocado en las manos.
Además, parece que las instituciones tampoco están de su parte o, al menos, no con la celeridad que deberían. "Solo tengo una petición: un lugar para vivir solo, para recuperar mi independencia y dignidad", expresa Mingardi. Su única esperanza es que le garanticen el derecho a una vivienda, un par de paredes y un techo que serían un nuevo comienzo para él y que supondrían la reanudación de una vida que hoy está suspendida en un frío y oscuro túnel.
Aún así, a Michele aún le quedan fuerzas para el agradecimiento. "Estoy agradecido a todos los que me han ayudado durante estas semanas", concluye.