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Una joven monja de clausura se desviste en el Tiktok para compartir su vida en común. Marta González, de 29 años, se refugió en un monasterio después del despertar de la vocación a la religiosidad que le llevó a dar este paso radical a los 18 años.
"Es como si yo y mi hermano o hermana nos hubiéramos conocido hace unos años", afirma. "Las cosas cambian, pero las relaciones no desaparecen, solo se ven afectadas". Esta monja de clausura vive en un espacio de silencio que la lleva a reflexionar sobre lo que realmente es la vida: "No me parece tan diferente a cuando alguien decide estudiar fuera. El cambio es evidente, pero el amor y la solidaridad siguen siendo los mismos".
Marta tiene una vida muy organizada, con horarios estrictos para cada día. Su reloj suena a las 6:00 de la madrugada y cada sor se dedica a una tarea en particular. De todo en el monasterio se entiende que sus días están ordenados por un plan riguroso, donde hay trabajo, vida comunitaria y tiempo para reflexionar.
Las monjas también tienen redes sociales, aunque no siempre es fácil para ellas. Marta ha aprendido a navegar este mundo digital con cuidado, asegurándose de que su imagen sea auténtica, pero siempre con la intención de mostrar cómo viven en el monasterio.
"La comunicación es muy diferente ahora", dice. "Aquí hay una forma de hacerlo adaptada a los tiempos". Aunque la vida en el monasterio puede parecer soledad, las mujeres se rodean de amor y apoyo mutuo. Las diferencias son grandes entre ellas, pero las conviven con amor: "Los conflictos sí aparecen, pero solucionamos hablando y perdonando".
Marta siempre ha estado agradecida por la llamada que recibió a los 16 años cuando visitó un monasterio. En ese momento sintió el caminar que quería hacer por la vida. La fe era algo que creía desde joven pero que se profundizó con el paso del tiempo.
"En este lugar he encontrado mi camino, mi sentido de propósito", dice Marta. "Es como si yo y mi hermano o hermana nos hubiéramos conocido hace unos años".
"Es como si yo y mi hermano o hermana nos hubiéramos conocido hace unos años", afirma. "Las cosas cambian, pero las relaciones no desaparecen, solo se ven afectadas". Esta monja de clausura vive en un espacio de silencio que la lleva a reflexionar sobre lo que realmente es la vida: "No me parece tan diferente a cuando alguien decide estudiar fuera. El cambio es evidente, pero el amor y la solidaridad siguen siendo los mismos".
Marta tiene una vida muy organizada, con horarios estrictos para cada día. Su reloj suena a las 6:00 de la madrugada y cada sor se dedica a una tarea en particular. De todo en el monasterio se entiende que sus días están ordenados por un plan riguroso, donde hay trabajo, vida comunitaria y tiempo para reflexionar.
Las monjas también tienen redes sociales, aunque no siempre es fácil para ellas. Marta ha aprendido a navegar este mundo digital con cuidado, asegurándose de que su imagen sea auténtica, pero siempre con la intención de mostrar cómo viven en el monasterio.
"La comunicación es muy diferente ahora", dice. "Aquí hay una forma de hacerlo adaptada a los tiempos". Aunque la vida en el monasterio puede parecer soledad, las mujeres se rodean de amor y apoyo mutuo. Las diferencias son grandes entre ellas, pero las conviven con amor: "Los conflictos sí aparecen, pero solucionamos hablando y perdonando".
Marta siempre ha estado agradecida por la llamada que recibió a los 16 años cuando visitó un monasterio. En ese momento sintió el caminar que quería hacer por la vida. La fe era algo que creía desde joven pero que se profundizó con el paso del tiempo.
"En este lugar he encontrado mi camino, mi sentido de propósito", dice Marta. "Es como si yo y mi hermano o hermana nos hubiéramos conocido hace unos años".