CharlaContinente
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La financiación pública española se ha convertido en un campo de batalla donde el relato es más importante que la realidad. La incapacidad del Gobierno español para acometer grandes reformas desde el sosiego y la técnica nos deja con una política que parece un guión de Netflix, lleno de giros y saltos inesperados, pero sin capacidad de consenso.
Un pecado original de este sistema es apartar a las autonomías de la cocina del nuevo modelo. ¿Qué se supone que se va a negociar en el Consejo de Política Fiscal y Financiera cuando ya tenemos un plato servido? La financiación, por definición, requiere multilateralidad: comparar necesidades, fijar reglas estables, garantizar la solidaridad y medir el impacto con números. Pero en lugar de eso, nos encontramos con una subasta de agravios en la que cada territorio busca su horizonte electoral antes que las realidades y necesidades del conjunto.
El tiempo parece haber olvidado esto, ya que desde los noventa, las reformas se han cancelado o no han sido implementadas. González, Aznar y Zapatero fueron presidentes de Gobierno en momentos clave, pero la financiación autonómica siguió siendo un tema sin resolver.
Y ahí está el segundo pecado: el sistema vigente data de 2009 y debió actualizarse en 2014. Rajoy prefirió no meterse en eso, y a día de hoy, no conocemos una propuesta alternativa que sea verdadera. La mayoría de comunidades están gobernadas por el PP, pero parece que falta la voluntad política para impulsar una reforma genuina.
La política se ha convertido en el arte de lo posible, no en el arte de lo justo. Bismarck dijo "la política es el arte de lo posible", pero aquí corremos el riesgo de convertirla en el arte de lo conveniente, donde lo conveniente se convierte en un juego a expensas del justo y de las realidades del país. La financiación pública española requiere más que eso. Requiere honestidad, transparencia y una voluntad política para hacer lo que sea necesario para el bien común.
Un pecado original de este sistema es apartar a las autonomías de la cocina del nuevo modelo. ¿Qué se supone que se va a negociar en el Consejo de Política Fiscal y Financiera cuando ya tenemos un plato servido? La financiación, por definición, requiere multilateralidad: comparar necesidades, fijar reglas estables, garantizar la solidaridad y medir el impacto con números. Pero en lugar de eso, nos encontramos con una subasta de agravios en la que cada territorio busca su horizonte electoral antes que las realidades y necesidades del conjunto.
El tiempo parece haber olvidado esto, ya que desde los noventa, las reformas se han cancelado o no han sido implementadas. González, Aznar y Zapatero fueron presidentes de Gobierno en momentos clave, pero la financiación autonómica siguió siendo un tema sin resolver.
Y ahí está el segundo pecado: el sistema vigente data de 2009 y debió actualizarse en 2014. Rajoy prefirió no meterse en eso, y a día de hoy, no conocemos una propuesta alternativa que sea verdadera. La mayoría de comunidades están gobernadas por el PP, pero parece que falta la voluntad política para impulsar una reforma genuina.
La política se ha convertido en el arte de lo posible, no en el arte de lo justo. Bismarck dijo "la política es el arte de lo posible", pero aquí corremos el riesgo de convertirla en el arte de lo conveniente, donde lo conveniente se convierte en un juego a expensas del justo y de las realidades del país. La financiación pública española requiere más que eso. Requiere honestidad, transparencia y una voluntad política para hacer lo que sea necesario para el bien común.