PensadorLatino
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Las microbatallas diarias. Por qué estamos cansados de estar siempre negociando con nuestros hijos
Las microbatallas diarias, esas pequeñas confrontaciones que se repiten sin cesar en nuestras vidas familiares, están empezando a desgastarnos tanto como el agotamiento acumulado y la sensación de estar constantemente negociando. La verdadera lucha no es por la ducha o acostarse, sino por la capacidad para entendernos a nosotros mismos y a nuestros hijos.
En algunas familias, la tensión se siente desde que todos se sientan a la mesa. Conocemos a la familia de Estela, de 38 años, donde el problema no es la ducha en sí, sino el bloqueo de energías para poder tener una conversación pacífica. Para ellos, el agotamiento físico y mental se combina con la dificultad del niño para frenar lo que estaba haciendo y terminar de hablar.
En otras ocasiones, la lucha se produce en momentos más cotidianos como cuando tu hijo no quiere ducharse porque está jugando o haciendo algo más. Pero la cuestión es si el patrón tiende a consolidarse casi de forma automática, ¿o si podemos redefinir lo que significa ser padres y dejar de estar siempre en lucha?
Por supuesto, hay roces frecuentes cada día sin importar el contenido. Para Irene, madre de un niño de diez años, los deberes se han convertido en el principal foco de malestar. Su hijo se bloquea con facilidad y ella intenta ayudar sin intervenir demasiado, pero eso suele terminar con ambos frustrados.
En muchas familias, la hora de dormir es la última batalla de cada día. En casa de Almudena, 36 años, madre de dos niños de cuatro y seis años, la incomodidad va creciendo poco a poco. La cosa se complica porque no solo hay que hacer las tareas escolares, sino también la percepción de no llegar nunca a tiempo.
Pero detrás de estas microbatallas diarias pueden existir varios factores que desencadenan los conflictos en las familias. Nerea Larumbe, psicóloga sanitaria, explica que uno de ellos es la dificultad para diferenciar el mundo adulto del mundo del niño o del adolescente. Muchas conductas que los adultos viven como provocación, desobediencia o falta de respeto responden en realidad a procesos evolutivos normales.
El mundo de los niños y adolescentes es diferente al de los adultos. Ellos están experimentando su crecimiento y su desarrollo emocional en constante movimiento. Por eso, muchos padres no tienen paciencia para entender que sus hijos pueden estar viviendo un momento normal de su vida, pero que resulta desafiador para ellos.
Esa falta de comprensión puede llevar a que los adultos perciban la mala conducta como provocación y quieran imponer el control. Es por eso que es fundamental aprender a entender y valorar lo que cada persona vive en ese momento.
Otro factor importante es la manera en que las pantallas funcionan en nuestras vidas diarias. A veces, los padres las usan como un recurso para poder hacer otras cosas mientras se ocupan de sus hijos. En esas situaciones, conviven una parte de negociación con otra que implica establecer límites y ofrecer alternativas.
Por supuesto, habría que abordar los conflictos desde la empatía, no verlo como algo negativo. La capacidad de reparar desajustes en la relación es lo que fortalece el desarrollo del niño. El importante son los límites, recuerda Alicia Banderas, psicóloga y autora de Habla con ellos de pantallas y redes sociales.
En ese sentido, hay un cambio importante en cómo se vive la relación entre padres e hijos. No solo está rompiendo el estigma de los hijos que cortan la relación con sus padres, sino también que están aprendiendo a ponernse límites y respetarlos.
Nuestra sociedad ha enseñado a los niños a imitarnos en todo momento, sin importar lo que estemos haciendo. Pero ¿quién se toma el tiempo para aprender a establecer límites? Irene recuerda haber empezado por ponerse límites con ella misma antes de poder hacerlo con sus hijos.
La empatía también es fundamental. Mirar al móvil mientras tu hijo te habla tiene consecuencias a largo plazo. La falta de conexión emocional puede acumularse y dar como resultado muchas microbatallas evitables y favorecer que el adolescente se cierre cada vez más al no sentirse escuchado.
En ocasiones, las fricciones no desaparecen por completo ni se trata de evitarlas todas. Pero cuando dejan de vivirse como una amenaza constante, pierden peso en la dinámica familiar. En ocasiones es cuestión de reconocer lo que está pasando y elegir no convertirlo en otro frente más del día.
La verdadera lucha no es por la ducha o acostarse, sino por la capacidad para entendernos a nosotros mismos y a nuestros hijos.
Las microbatallas diarias, esas pequeñas confrontaciones que se repiten sin cesar en nuestras vidas familiares, están empezando a desgastarnos tanto como el agotamiento acumulado y la sensación de estar constantemente negociando. La verdadera lucha no es por la ducha o acostarse, sino por la capacidad para entendernos a nosotros mismos y a nuestros hijos.
En algunas familias, la tensión se siente desde que todos se sientan a la mesa. Conocemos a la familia de Estela, de 38 años, donde el problema no es la ducha en sí, sino el bloqueo de energías para poder tener una conversación pacífica. Para ellos, el agotamiento físico y mental se combina con la dificultad del niño para frenar lo que estaba haciendo y terminar de hablar.
En otras ocasiones, la lucha se produce en momentos más cotidianos como cuando tu hijo no quiere ducharse porque está jugando o haciendo algo más. Pero la cuestión es si el patrón tiende a consolidarse casi de forma automática, ¿o si podemos redefinir lo que significa ser padres y dejar de estar siempre en lucha?
Por supuesto, hay roces frecuentes cada día sin importar el contenido. Para Irene, madre de un niño de diez años, los deberes se han convertido en el principal foco de malestar. Su hijo se bloquea con facilidad y ella intenta ayudar sin intervenir demasiado, pero eso suele terminar con ambos frustrados.
En muchas familias, la hora de dormir es la última batalla de cada día. En casa de Almudena, 36 años, madre de dos niños de cuatro y seis años, la incomodidad va creciendo poco a poco. La cosa se complica porque no solo hay que hacer las tareas escolares, sino también la percepción de no llegar nunca a tiempo.
Pero detrás de estas microbatallas diarias pueden existir varios factores que desencadenan los conflictos en las familias. Nerea Larumbe, psicóloga sanitaria, explica que uno de ellos es la dificultad para diferenciar el mundo adulto del mundo del niño o del adolescente. Muchas conductas que los adultos viven como provocación, desobediencia o falta de respeto responden en realidad a procesos evolutivos normales.
El mundo de los niños y adolescentes es diferente al de los adultos. Ellos están experimentando su crecimiento y su desarrollo emocional en constante movimiento. Por eso, muchos padres no tienen paciencia para entender que sus hijos pueden estar viviendo un momento normal de su vida, pero que resulta desafiador para ellos.
Esa falta de comprensión puede llevar a que los adultos perciban la mala conducta como provocación y quieran imponer el control. Es por eso que es fundamental aprender a entender y valorar lo que cada persona vive en ese momento.
Otro factor importante es la manera en que las pantallas funcionan en nuestras vidas diarias. A veces, los padres las usan como un recurso para poder hacer otras cosas mientras se ocupan de sus hijos. En esas situaciones, conviven una parte de negociación con otra que implica establecer límites y ofrecer alternativas.
Por supuesto, habría que abordar los conflictos desde la empatía, no verlo como algo negativo. La capacidad de reparar desajustes en la relación es lo que fortalece el desarrollo del niño. El importante son los límites, recuerda Alicia Banderas, psicóloga y autora de Habla con ellos de pantallas y redes sociales.
En ese sentido, hay un cambio importante en cómo se vive la relación entre padres e hijos. No solo está rompiendo el estigma de los hijos que cortan la relación con sus padres, sino también que están aprendiendo a ponernse límites y respetarlos.
Nuestra sociedad ha enseñado a los niños a imitarnos en todo momento, sin importar lo que estemos haciendo. Pero ¿quién se toma el tiempo para aprender a establecer límites? Irene recuerda haber empezado por ponerse límites con ella misma antes de poder hacerlo con sus hijos.
La empatía también es fundamental. Mirar al móvil mientras tu hijo te habla tiene consecuencias a largo plazo. La falta de conexión emocional puede acumularse y dar como resultado muchas microbatallas evitables y favorecer que el adolescente se cierre cada vez más al no sentirse escuchado.
En ocasiones, las fricciones no desaparecen por completo ni se trata de evitarlas todas. Pero cuando dejan de vivirse como una amenaza constante, pierden peso en la dinámica familiar. En ocasiones es cuestión de reconocer lo que está pasando y elegir no convertirlo en otro frente más del día.
La verdadera lucha no es por la ducha o acostarse, sino por la capacidad para entendernos a nosotros mismos y a nuestros hijos.