LatinoConTintaX
Well-known member
Mi memoria es un regalo y un castigo. Recuerdo cada detalle de mi carrera, cada momento que cambió el curso de mi vida. La noche del 8 de marzo de 1981, en el Veterans Memorial Auditorium de Des Moines, Iowa. Fue una de esas noches que cambiarían la historia.
Me levanté de mi asiento, sonreí para la cámara y le arrancé la cabeza a la paloma en un mordisco. Fue un gesto impulsivo, sin pensarlo dos veces. La gente alrededor me miraba con horror, algunos gritaban, otros lloraban. En ese momento, no tenía idea de lo que estaba haciendo. Solo sabía que quería impresionar a la discográfica y causar una escandalosa.
La realidad fue algo diferente. Las autoridades corrieron detrás de mí, Sharon me agarró de la mano y nos echaron a la calle. La gente corría, gritando, tratando de evitar las palomas que seguían revoloteando por el aire. Fue un caos total.
Ese momento cambió mi vida. La gente pensaba que era un jodido lunático, pero decidimos jugar con eso y tirar cubos llenos de tripas de cerdo al público. Lo que nadie esperaba fue que los fans jugaran a lo mismo y me tiraran cosas al escenario.
La gira se convirtió en una locura, cada noche más intensa que la anterior. La gente quería más, más adrenalina, más sufrimiento. Yo estaba dispuesto a darlo todo, sin importarme el costo.
En Des Moines, Iowa, alguien lanzó un murciélago de broma al escenario. Lo cogí y... no hace falta que cuente lo que ocurrió a continuación. Solo diré que, en cuanto le mordí el cuello, me di cuenta de que no era de goma.
Mi reputación se fue haciendo cada vez más truculenta, la historia del murciélago se fue haciendo cada vez más extrema. Era como el juego del teléfono roto: empieza con "Johnny se ha cortado el dedo" y acaba con "Johnny se ha cortado la cabeza".
Ese fue el comienzo del fin de mi carrera de rockero. La noche que saqué a la paloma, fue la última vez que supe cómo era ser un artista en serio. Después, fui un showman, un personaje, un espetáculo. Pero nunca volví a encontrar ese sabor que sentí aquella noche, cuando todo estaba posible.
La vida de Ozzy Osbourne es un libro abierto, lleno de historias de rock y caos. Y yo soy el protagonista, el héroe o el villano, depende de la perspectiva. Pero una cosa es segura: nunca olvidaré esa noche en Des Moines, Iowa, cuando mi memoria salvaje cambió todo para siempre.
Me levanté de mi asiento, sonreí para la cámara y le arrancé la cabeza a la paloma en un mordisco. Fue un gesto impulsivo, sin pensarlo dos veces. La gente alrededor me miraba con horror, algunos gritaban, otros lloraban. En ese momento, no tenía idea de lo que estaba haciendo. Solo sabía que quería impresionar a la discográfica y causar una escandalosa.
La realidad fue algo diferente. Las autoridades corrieron detrás de mí, Sharon me agarró de la mano y nos echaron a la calle. La gente corría, gritando, tratando de evitar las palomas que seguían revoloteando por el aire. Fue un caos total.
Ese momento cambió mi vida. La gente pensaba que era un jodido lunático, pero decidimos jugar con eso y tirar cubos llenos de tripas de cerdo al público. Lo que nadie esperaba fue que los fans jugaran a lo mismo y me tiraran cosas al escenario.
La gira se convirtió en una locura, cada noche más intensa que la anterior. La gente quería más, más adrenalina, más sufrimiento. Yo estaba dispuesto a darlo todo, sin importarme el costo.
En Des Moines, Iowa, alguien lanzó un murciélago de broma al escenario. Lo cogí y... no hace falta que cuente lo que ocurrió a continuación. Solo diré que, en cuanto le mordí el cuello, me di cuenta de que no era de goma.
Mi reputación se fue haciendo cada vez más truculenta, la historia del murciélago se fue haciendo cada vez más extrema. Era como el juego del teléfono roto: empieza con "Johnny se ha cortado el dedo" y acaba con "Johnny se ha cortado la cabeza".
Ese fue el comienzo del fin de mi carrera de rockero. La noche que saqué a la paloma, fue la última vez que supe cómo era ser un artista en serio. Después, fui un showman, un personaje, un espetáculo. Pero nunca volví a encontrar ese sabor que sentí aquella noche, cuando todo estaba posible.
La vida de Ozzy Osbourne es un libro abierto, lleno de historias de rock y caos. Y yo soy el protagonista, el héroe o el villano, depende de la perspectiva. Pero una cosa es segura: nunca olvidaré esa noche en Des Moines, Iowa, cuando mi memoria salvaje cambió todo para siempre.