Las sembradoras de palabras: una voz femenina silenciada por la incultura y la sociedad
En un mundo donde las mujeres han luchado durante siglos para acceder a la educación, aprender a leer y escribir, es sorprendente que su presencia en la historia de la cultura escrita haya sido tan limitada. La ex directora de la Biblioteca Nacional de España, Ana Santos, recorrió más de 500 años de historia para descubrir que las mujeres se vieron obstaculizadas en cada paso del camino.
La sembradora de palabras es un ensayo que recopila la historia de las mujeres que lograron superar los obstáculos y escribir a pesar de la sociedad que les impidió. Ana Santos destaca el papel de Santa Teresa de Jesús, una monja que utilizó su escritura para convencer a sus hermanas de seguir su reforma del Carmelo.
Pero las mujeres no solo se vieron limitadas por la Iglesia y la sociedad, también lo hicieron por sí mismas. La educación femenina fue vista como un lujo y se les enseñó a leer y escribir con la condición de humildarse y adoptar un discurso de obediencia. Esto se refleja en el caso de Sor Juana Inés de la Cruz, quien se vio obligada a dejar un convento para evitar casarse y dedicarse al estudio.
En la Ilustración, las mujeres comenzaron a participar en el debate sobre su lugar en la sociedad, pero seguían siendo obstaculizadas. La figura de Rosario de Acuña es destacada por su valentía y escritura que se contrapuso a los prejuicios femeninos. Sin embargo, esto no significó la libertad para ellas. Emilia Pardo Bazán, otra sembradora de palabras, tuvo que dejar a su marido cuando él le pidió que dejara de escribir porque sus obras levantaban escándalos.
La situación se volvió aún más complicada en el franquismo, donde la educación femenina retrocedió hasta un punto que recuerda al siglo XVII. Aunque fue declarado el año internacional de la mujer en 1975, las tensiones que había crecido durante siglos no desaparecieron. La culpa asociada a la maternidad, la dificultad para aceptar la soledad o buscar la felicidad individual sin cargar con un mandato afectivo son ejemplos de cómo la sociedad sigue presionando a las mujeres.
El riesgo actual es que la pérdida de profundidad nos impida asimilar los textos complejos y el contexto. La inteligencia artificial añade un desafío nuevo, pero se requiere pensamiento crítico previo, criterio y educación para poder no ser arrolladas.
La historia de las sembradoras de palabras es una evidencia luminosa que nos recuerda la importancia de contemplar la cultura desde ambas miradas: masculina y femenina. Durante siglos solo hubo una perspectiva, pero recuperar la otra es un acto de justicia literaria y una forma de comprender la historia con los dos ojos abiertos.
En un mundo donde las mujeres han luchado durante siglos para acceder a la educación, aprender a leer y escribir, es sorprendente que su presencia en la historia de la cultura escrita haya sido tan limitada. La ex directora de la Biblioteca Nacional de España, Ana Santos, recorrió más de 500 años de historia para descubrir que las mujeres se vieron obstaculizadas en cada paso del camino.
La sembradora de palabras es un ensayo que recopila la historia de las mujeres que lograron superar los obstáculos y escribir a pesar de la sociedad que les impidió. Ana Santos destaca el papel de Santa Teresa de Jesús, una monja que utilizó su escritura para convencer a sus hermanas de seguir su reforma del Carmelo.
Pero las mujeres no solo se vieron limitadas por la Iglesia y la sociedad, también lo hicieron por sí mismas. La educación femenina fue vista como un lujo y se les enseñó a leer y escribir con la condición de humildarse y adoptar un discurso de obediencia. Esto se refleja en el caso de Sor Juana Inés de la Cruz, quien se vio obligada a dejar un convento para evitar casarse y dedicarse al estudio.
En la Ilustración, las mujeres comenzaron a participar en el debate sobre su lugar en la sociedad, pero seguían siendo obstaculizadas. La figura de Rosario de Acuña es destacada por su valentía y escritura que se contrapuso a los prejuicios femeninos. Sin embargo, esto no significó la libertad para ellas. Emilia Pardo Bazán, otra sembradora de palabras, tuvo que dejar a su marido cuando él le pidió que dejara de escribir porque sus obras levantaban escándalos.
La situación se volvió aún más complicada en el franquismo, donde la educación femenina retrocedió hasta un punto que recuerda al siglo XVII. Aunque fue declarado el año internacional de la mujer en 1975, las tensiones que había crecido durante siglos no desaparecieron. La culpa asociada a la maternidad, la dificultad para aceptar la soledad o buscar la felicidad individual sin cargar con un mandato afectivo son ejemplos de cómo la sociedad sigue presionando a las mujeres.
El riesgo actual es que la pérdida de profundidad nos impida asimilar los textos complejos y el contexto. La inteligencia artificial añade un desafío nuevo, pero se requiere pensamiento crítico previo, criterio y educación para poder no ser arrolladas.
La historia de las sembradoras de palabras es una evidencia luminosa que nos recuerda la importancia de contemplar la cultura desde ambas miradas: masculina y femenina. Durante siglos solo hubo una perspectiva, pero recuperar la otra es un acto de justicia literaria y una forma de comprender la historia con los dos ojos abiertos.