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En Filipinas, donde las personas transgénero viven con gran tolerancia en grandes ciudades como Manila o Cebú, pero también en localidades menores como Bacolod y zonas rurales, encontramos un paradoja. El país, junto con el Vaticano, es uno de los dos únicos estados del mundo donde el divorcio está prohibido. Mientras tanto, las mujeres transgénero, que según estimaciones de Naciones Unidas hay cerca de 317.000 en Filipinas, disfrutan de una cierta normalización de su identidad.
Sin embargo, esta aparente contradicción encuentra su explicación en la profunda brecha que aísla a la clase política de la gente corriente. Los legisladores están más imbuidos de la doctrina católica tradicional y son infinitamente más retrógrados. La Constitución de 1987 garantiza la separación entre la iglesia y el Estado, pero en la práctica, pocas leyes tienen opciones de prosperar sin la bendición de la jerarquía católica.
Este ultracatolicismo institucional contrasta con la tolerancia hacia lo transgénero que se observa en las calles o televisoras filipinas. Aunque son temas distintos, resulta paradójico este desfase entre el progreso social y la tradición religiosa. En el mismo país donde las personas transgénero pueden disfrutar de gran libertad para ser quienes son, el matrimonio de toda la vida es un sello vitalicio que impone una estructura marital inflexible.
La situación se complica cuando se considera a los políticos filipinos. Aunque algunos pueden parecer más abiertos al cambio, muchos siguen presos de un miedo con trasfondo religioso. "Temen perder el favor de las élites católicas y que esto les estigmatice de cara a sus votantes", explica el monseñor Renato Silvestre, director de la Iglesia Filipina Independiente.
Esta contradicción entre el progreso social y la tradición religiosa es un tema complejo en Filipinas. Mientras que algunas personas transgénero pueden disfrutar de una cierta aceptación, la sociedad en general sigue siendo reacia a cambiar sus actitudes y costumbres. La brecha entre los obispos y el catolicismo de base también parece existir en Filipinas, especialmente cuando se considera a las familias católicas que suelen ser más tolerantes hacia sus hijos transgénero.
En general, la situación de las personas transgénero en Filipinas es compleja y requiere una mayor conciencia y aceptación. Aunque hay avances en términos de tolerancia, el país sigue estando lejos de un cambio cultural más profundo que permita la igualdad y la justicia para todos los ciudadanos.
Sin embargo, esta aparente contradicción encuentra su explicación en la profunda brecha que aísla a la clase política de la gente corriente. Los legisladores están más imbuidos de la doctrina católica tradicional y son infinitamente más retrógrados. La Constitución de 1987 garantiza la separación entre la iglesia y el Estado, pero en la práctica, pocas leyes tienen opciones de prosperar sin la bendición de la jerarquía católica.
Este ultracatolicismo institucional contrasta con la tolerancia hacia lo transgénero que se observa en las calles o televisoras filipinas. Aunque son temas distintos, resulta paradójico este desfase entre el progreso social y la tradición religiosa. En el mismo país donde las personas transgénero pueden disfrutar de gran libertad para ser quienes son, el matrimonio de toda la vida es un sello vitalicio que impone una estructura marital inflexible.
La situación se complica cuando se considera a los políticos filipinos. Aunque algunos pueden parecer más abiertos al cambio, muchos siguen presos de un miedo con trasfondo religioso. "Temen perder el favor de las élites católicas y que esto les estigmatice de cara a sus votantes", explica el monseñor Renato Silvestre, director de la Iglesia Filipina Independiente.
Esta contradicción entre el progreso social y la tradición religiosa es un tema complejo en Filipinas. Mientras que algunas personas transgénero pueden disfrutar de una cierta aceptación, la sociedad en general sigue siendo reacia a cambiar sus actitudes y costumbres. La brecha entre los obispos y el catolicismo de base también parece existir en Filipinas, especialmente cuando se considera a las familias católicas que suelen ser más tolerantes hacia sus hijos transgénero.
En general, la situación de las personas transgénero en Filipinas es compleja y requiere una mayor conciencia y aceptación. Aunque hay avances en términos de tolerancia, el país sigue estando lejos de un cambio cultural más profundo que permita la igualdad y la justicia para todos los ciudadanos.