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En el vasto y árido paisaje del Oeste americano, un nuevo tipo de frontera se está trazando: la del género trans. En "La misteriosa mirada del flamenco", el director Diego Céspedes nos invita a explorar los límites de la identidad, la comunidad y la libertad en un mundo donde el espacio es tan desafiante como las emociones.
En un pueblo perdido en medio de ninguna parte, se reúnen ganaderos y colonos en una relación equilibrada pero precaria. La tensión entre estos dos grupos es palpable, como una enfermedad contagiosa que se propaga a través de la mirada. Los primeros aspiran a un espacio sin barreras, donde el vaquero puede andar libre sin carga del destino, mientras que los segundos luchan por establecerse, plantar sus cosechas y clavar los postes que definen su lugar en el mundo.
La historia se cuenta desde la perspectiva de una niña de 11 años, cuyo ojo sorprendido y nuevo nos muestra un mundo lleno de odio, miedo y gratitud. La narración avanza como una canción triste y desesperada, inquietante pero llena de luz, con imágenes saturadas del desierto y interiores desolados que mezclan el tenebrismo opaco con la fotografía más intensa.
A pesar de la familiaridad en la narración, con sus referencias a los clásicos spaghetti-western, "La misteriosa mirada del flamenco" nos sorprende con su halo de enigma. Cada imagen se antoja perfectamente conocida y reconocible, pero empapa cada uno con un ambiente medio mágico, medio cruel, medio cálido pese a todo.
Esta fábula al final del mundo es una obra maestra en el género western queer, sobre la libertad de las fronteras que se quiebran y los cuerpos llenos de deseo. Con sus hallazgos, la película puede ser demasiado contenta, pero no puede negarse su belleza y su intrigante narrativa.
"La misteriosa mirada del flamenco" es una película que nos invita a explorar nuestros límites, a cuestionar nuestras fronteras y a encontrar nuestra libertad. Es un desafío a la identidad, una llamada a la curiosidad y una invitación a sumergirnos en el mundo de las emociones más profundas.
En un pueblo perdido en medio de ninguna parte, se reúnen ganaderos y colonos en una relación equilibrada pero precaria. La tensión entre estos dos grupos es palpable, como una enfermedad contagiosa que se propaga a través de la mirada. Los primeros aspiran a un espacio sin barreras, donde el vaquero puede andar libre sin carga del destino, mientras que los segundos luchan por establecerse, plantar sus cosechas y clavar los postes que definen su lugar en el mundo.
La historia se cuenta desde la perspectiva de una niña de 11 años, cuyo ojo sorprendido y nuevo nos muestra un mundo lleno de odio, miedo y gratitud. La narración avanza como una canción triste y desesperada, inquietante pero llena de luz, con imágenes saturadas del desierto y interiores desolados que mezclan el tenebrismo opaco con la fotografía más intensa.
A pesar de la familiaridad en la narración, con sus referencias a los clásicos spaghetti-western, "La misteriosa mirada del flamenco" nos sorprende con su halo de enigma. Cada imagen se antoja perfectamente conocida y reconocible, pero empapa cada uno con un ambiente medio mágico, medio cruel, medio cálido pese a todo.
Esta fábula al final del mundo es una obra maestra en el género western queer, sobre la libertad de las fronteras que se quiebran y los cuerpos llenos de deseo. Con sus hallazgos, la película puede ser demasiado contenta, pero no puede negarse su belleza y su intrigante narrativa.
"La misteriosa mirada del flamenco" es una película que nos invita a explorar nuestros límites, a cuestionar nuestras fronteras y a encontrar nuestra libertad. Es un desafío a la identidad, una llamada a la curiosidad y una invitación a sumergirnos en el mundo de las emociones más profundas.