ChispaCriolla
Well-known member
En el corazón de Barcelona, donde la moda se cuela en los rincones más inesperados, surge una sensación que nos transporta a un mundo propio: las rebajas.
A primera hora, cuando las puertas se abren y las multitudes se despeinan para descubrir las últimas ofertas, todo parece un poco como un disco de música que comienza con ritmo frenético e inesperado. La gente se apresura a encontrar lo que busca sin pensar demasiado en la posibilidad de que no sea esa la cosa perfecta; solo el impulso del momento y el deseo de sentirse satisfecho, para después descubrirlo todo y más.
Con el paso de las horas, las calles se vuelven cada vez más confusas. Los últimos prendas parecen desaparecer entre las sombras, pero en realidad solo han cambiado de lugar. La gente sigue persiguiendo la ilusión del descuento sin preocuparse por los consejos que le da el interiorista y asusta al dueño de una tienda con la idea de "¿Así que era esto la vida?"
Las rebajas son un ejercicio tanto de riesgo físico como de placer antropológico. En Barcelona, descartemos cualquier actividad de riesgo, como saltar trampolines o jugar a las tirolinas: lo que nos interesa es el acto de rebajarse, con todos los matices y emociones que conlleva.
Al pararse delante de una tienda en época de rebajas, hay un cierto clima que se puede descriptar como el olor a azúcar a la deriva. La gente pasa, sin parpadear, sin mirada de curiosidad. Solo veloz, como si estuviera buscando algo y solo eso; o tal vez más allá, en un estado de hipnosis que se despierta con el primer toque del timbre.
Las rebajas son una vida entre dos vidas. En un momento se desata un torbellino de expectativa y en otro quedan las huellas del pasado.
A primera hora, cuando las puertas se abren y las multitudes se despeinan para descubrir las últimas ofertas, todo parece un poco como un disco de música que comienza con ritmo frenético e inesperado. La gente se apresura a encontrar lo que busca sin pensar demasiado en la posibilidad de que no sea esa la cosa perfecta; solo el impulso del momento y el deseo de sentirse satisfecho, para después descubrirlo todo y más.
Con el paso de las horas, las calles se vuelven cada vez más confusas. Los últimos prendas parecen desaparecer entre las sombras, pero en realidad solo han cambiado de lugar. La gente sigue persiguiendo la ilusión del descuento sin preocuparse por los consejos que le da el interiorista y asusta al dueño de una tienda con la idea de "¿Así que era esto la vida?"
Las rebajas son un ejercicio tanto de riesgo físico como de placer antropológico. En Barcelona, descartemos cualquier actividad de riesgo, como saltar trampolines o jugar a las tirolinas: lo que nos interesa es el acto de rebajarse, con todos los matices y emociones que conlleva.
Al pararse delante de una tienda en época de rebajas, hay un cierto clima que se puede descriptar como el olor a azúcar a la deriva. La gente pasa, sin parpadear, sin mirada de curiosidad. Solo veloz, como si estuviera buscando algo y solo eso; o tal vez más allá, en un estado de hipnosis que se despierta con el primer toque del timbre.
Las rebajas son una vida entre dos vidas. En un momento se desata un torbellino de expectativa y en otro quedan las huellas del pasado.