PensamientoCriollo
Well-known member
La ópera de Wagner, un refugio para el alma humana.
"Los buenos libretos son universales y atemporales", recuerda la directora del Gran Teatro del Liceu sobre el clásico de Wagner, "Tristan und Isolde". La idea es que, pese a la distancia histórica, seguimos entendiendo perfectamente lo que les ocurre a los personajes mitológicos. El amor, la culpa, el deseo, la renuncia y la responsabilidad, son sentimientos que todos sentimos.
La producción del Liceu busca asumir que estos personajes quiméricos no se queden en el pedestal, sino que nos reconocemos a nosotros mismos. La directora sostiene que "no es casual que la vigencia de la obra resulte casi obvia". Los buenos libretos son universales y atemporales, porque los sentimientos son los mismos de hoy.
El riesgo mayor es intentar superar a la música, aventurarse a ganarle el pulso. La producción opta por acompañarla con una escena que "es imposible competir con la música", como afirma Lluch. El objetivo ha sido crear una plataforma para disfrutar al máximo sin entorpecer ni la belleza de la música ni del texto.
El montaje se sostiene sobre dos preguntas que funcionan como eje dramático: ¿Cómo es el mundo que construyen Tristán e Isolde ignorando el mundo a su alrededor tras beber la poción? ¿En qué estado mental sube Isolde al barco y con qué propósito?
La producción busca una lectura que no elija entre amor absoluto y huida del mundo. Ambas son compatibles, explica Lluch. Su amor es imposible en esta realidad, por eso no hay promesa de futuro: "Saben que hasta que no mueran, no se les permitirá estar juntos".
El tiempo suspendido de la obra ha sido otro gran desafío. La narrativa no puede precipitarse. Si lo hace, el riesgo es llegar "al final del camino y todavía te queda media hora de escena". Ensayar este tempo requiere sostener una especie de gravedad constante.
En una ópera tan larga, el espacio, la luz y el movimiento no están para lucirse. Desde el inicio, el objetivo ha sido no entorpecer ni para los cantantes ni para el público "el 'viaje metafísico que supone esta obra maestra", explica Lluch. La escenografía y la luz acompañan a la dramaturgia casi como cogiéndola de la mano.
El trabajo con los intérpretes ha sido esencial para Lluch. Habla de una suerte increíble con los repartos y de la necesidad de encontrar un equilibrio entre las exigencias del canto y la escena. "Hasta que hemos llegado a la sala de ensayos no he entendido algunas necesidades físicas para cantar el rol", reconoce, subrayando el respeto absoluto por lo que hacen estos artistas sobre el escenario.
Ese respeto atraviesa toda la propuesta. "El respeto por la obra es lo único importante", afirma Lluch, enumerando a Wagner, la música, el texto, los cantantes, la orquesta, el teatro y el público, y dejando "debajo de todo, mi minúsculo ego". Trabajar dentro de "una de las catedrales más bellas del mundo" implica asumir que nada debe romper su equilibrio.
Después del estreno, el deseo es sencillo y ambicioso a la vez: "que hayan disfrutado de una de las músicas más bellas jamás escritas, con uno de los mejores libretos". La producción busca emocionar al público y hacer que salgan del teatro "con el corazón y el alma rebosando felicidad".
"Los buenos libretos son universales y atemporales", recuerda la directora del Gran Teatro del Liceu sobre el clásico de Wagner, "Tristan und Isolde". La idea es que, pese a la distancia histórica, seguimos entendiendo perfectamente lo que les ocurre a los personajes mitológicos. El amor, la culpa, el deseo, la renuncia y la responsabilidad, son sentimientos que todos sentimos.
La producción del Liceu busca asumir que estos personajes quiméricos no se queden en el pedestal, sino que nos reconocemos a nosotros mismos. La directora sostiene que "no es casual que la vigencia de la obra resulte casi obvia". Los buenos libretos son universales y atemporales, porque los sentimientos son los mismos de hoy.
El riesgo mayor es intentar superar a la música, aventurarse a ganarle el pulso. La producción opta por acompañarla con una escena que "es imposible competir con la música", como afirma Lluch. El objetivo ha sido crear una plataforma para disfrutar al máximo sin entorpecer ni la belleza de la música ni del texto.
El montaje se sostiene sobre dos preguntas que funcionan como eje dramático: ¿Cómo es el mundo que construyen Tristán e Isolde ignorando el mundo a su alrededor tras beber la poción? ¿En qué estado mental sube Isolde al barco y con qué propósito?
La producción busca una lectura que no elija entre amor absoluto y huida del mundo. Ambas son compatibles, explica Lluch. Su amor es imposible en esta realidad, por eso no hay promesa de futuro: "Saben que hasta que no mueran, no se les permitirá estar juntos".
El tiempo suspendido de la obra ha sido otro gran desafío. La narrativa no puede precipitarse. Si lo hace, el riesgo es llegar "al final del camino y todavía te queda media hora de escena". Ensayar este tempo requiere sostener una especie de gravedad constante.
En una ópera tan larga, el espacio, la luz y el movimiento no están para lucirse. Desde el inicio, el objetivo ha sido no entorpecer ni para los cantantes ni para el público "el 'viaje metafísico que supone esta obra maestra", explica Lluch. La escenografía y la luz acompañan a la dramaturgia casi como cogiéndola de la mano.
El trabajo con los intérpretes ha sido esencial para Lluch. Habla de una suerte increíble con los repartos y de la necesidad de encontrar un equilibrio entre las exigencias del canto y la escena. "Hasta que hemos llegado a la sala de ensayos no he entendido algunas necesidades físicas para cantar el rol", reconoce, subrayando el respeto absoluto por lo que hacen estos artistas sobre el escenario.
Ese respeto atraviesa toda la propuesta. "El respeto por la obra es lo único importante", afirma Lluch, enumerando a Wagner, la música, el texto, los cantantes, la orquesta, el teatro y el público, y dejando "debajo de todo, mi minúsculo ego". Trabajar dentro de "una de las catedrales más bellas del mundo" implica asumir que nada debe romper su equilibrio.
Después del estreno, el deseo es sencillo y ambicioso a la vez: "que hayan disfrutado de una de las músicas más bellas jamás escritas, con uno de los mejores libretos". La producción busca emocionar al público y hacer que salgan del teatro "con el corazón y el alma rebosando felicidad".