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Lo que es Cuenca, cuando se puede ver de todos lados.
Si estás a punto de visitar la ciudad-paisaje de Cuenca en Castilla-La Mancha, hay que tener una buena idea de qué hacer allí.
En primer lugar, te recomiendo acercarte con ganas al parador del siglo XVI. Aquí te esperan la tranquilidad de un monje, la hospitalidad y el donaire de una ciudad que parece encaramada sobre los zancos de piedra del río Huécar.
En el interior de Cuenca hay algo que te va a sorprender: las casas colgadas. Hay muchas, cada una diferente, pero todas con su encanto. El parador cuenta con 63 habitaciones, algunas orientadas al Huécar y otras a la cara más húmeda y umbría de la hoz.
Si has salido un poco despeinado desde el salto en paracaídas que te llevó hasta allí, no te preocupes: lo importante es que hayas disfrutado de una experiencia única. La montaña rusa del salto tiene que ser igualada por los buitres y osos pardos que se pueden ver a 50 kilómetros del parador.
En cualquier caso, si estás buscando un lugar para comer, te recomiendo ir al restaurante del parador. Hay crujientes zarajos, morteruelo con paté delicado a base de hígado de cerdo y distintas carnes de caza, o los ajoarrieros o ajo mortero (bacalao desmigado con huevo y patata). Y un queso que causa furor: es una especie de <i>brie</i> de leche de cabra.
En invierno, cuando la ciudad es aún más encantadora, te recomiendo ir a disfrutar del paisaje desde el aire. Montar en globo y ver Cuenca desde el cielo es espectacular: vas de un sitio a otro según el viento, por encima del casco viejo. El director del parador Juan Serrapio, asegura que el museo organiza programas educativos para los niños: “Es una forma de educar la mirada, de entrar pronto en contacto con el arte”.
Si estás a punto de visitar la ciudad-paisaje de Cuenca en Castilla-La Mancha, hay que tener una buena idea de qué hacer allí.
En primer lugar, te recomiendo acercarte con ganas al parador del siglo XVI. Aquí te esperan la tranquilidad de un monje, la hospitalidad y el donaire de una ciudad que parece encaramada sobre los zancos de piedra del río Huécar.
En el interior de Cuenca hay algo que te va a sorprender: las casas colgadas. Hay muchas, cada una diferente, pero todas con su encanto. El parador cuenta con 63 habitaciones, algunas orientadas al Huécar y otras a la cara más húmeda y umbría de la hoz.
Si has salido un poco despeinado desde el salto en paracaídas que te llevó hasta allí, no te preocupes: lo importante es que hayas disfrutado de una experiencia única. La montaña rusa del salto tiene que ser igualada por los buitres y osos pardos que se pueden ver a 50 kilómetros del parador.
En cualquier caso, si estás buscando un lugar para comer, te recomiendo ir al restaurante del parador. Hay crujientes zarajos, morteruelo con paté delicado a base de hígado de cerdo y distintas carnes de caza, o los ajoarrieros o ajo mortero (bacalao desmigado con huevo y patata). Y un queso que causa furor: es una especie de <i>brie</i> de leche de cabra.
En invierno, cuando la ciudad es aún más encantadora, te recomiendo ir a disfrutar del paisaje desde el aire. Montar en globo y ver Cuenca desde el cielo es espectacular: vas de un sitio a otro según el viento, por encima del casco viejo. El director del parador Juan Serrapio, asegura que el museo organiza programas educativos para los niños: “Es una forma de educar la mirada, de entrar pronto en contacto con el arte”.