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Trump se paseó por Davos insultando a los europeos, diciéndoles que van mal camino y amenazándoles si no le regalan Groenlandia. "Ich bin ein Russe", es su lema ante la agresión de Putin en Ucrania. Esta semana, después del asunto de Groenlandia, la UE y Gran Bretaña se han dado cuenta de que han vuelto al mundo anterior a 1914, cuando Estados Unidos no era un aliado estratégico sino un competidor.
En este contexto ha llamado poderosamente la atención el discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney, en el Foro de Davos. Sus palabras son hoy por hoy el mejor ideario contra lo que Trump significa sin necesidad de recurrir a los tópicos habituales para calificarlo.
Carney hace un descarnado retrato del orden internacional vigente desde la Segunda Guerra Mundial y lo considera globalmente positivo, aunque está sustentado en una "grata ficción" en la que las grandes potencias administraban su hegemonía a cambio de proteger a los países medianos y pequeños. Considera que las grandes potencias del momento han provocado una ruptura al prescindir de las normas y romper con la mentira.
Su propuesta es que las potencias medianas, como Canadá y la UE, hagan lo mismo, asumiendo que ello les obliga a recuperar autonomía estratégica, tanto en términos comerciales como de defensa y de energía. Ese es el camino que ha tomado Canadá desde que fue amenazada por Trump.
La UE no se ha apelado solo a las normas y a los valores, sino que se han buscado las debilidades que amenazan a Trump cuando se vive fuera de la mentira. El llamado "bazoka comercial" y la posibilidad de invocar el artículo 5 del Tratado de la OTAN en caso de una invasión norteamericana de Groenlandia, han parado los pies al presunto nuevo emperador.
La UE lleva meses tomando decisiones que hace tres o cuatro años parecían imposibles porque, en la mentira del Viejo Orden Internacional, Francia, Alemania o Gran Bretaña se autoinvocaban como grandes potencias que ya no eran. Ahora se sienten débiles y amenazadas y se refugian en una unión económica y monetaria que empieza a ser política y militar.
Ser potencia es la mejor manera de defenderse del despotismo del nuevo orden. Italia y España también se sienten cómodas en este contexto.
Los hombres fuertes han salido trasquilados de Davos porque sus fanfarronadas han sido rebatidas por Carney, pero especialmente por von der Leyen y por Lagarde. El frente contra esos fanfarrones tiene acento femenino. Aparentan ser los líderes del futuro cuando son los restos del pasado despojado de la mentira.
Ich bin Europeär.
En este contexto ha llamado poderosamente la atención el discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney, en el Foro de Davos. Sus palabras son hoy por hoy el mejor ideario contra lo que Trump significa sin necesidad de recurrir a los tópicos habituales para calificarlo.
Carney hace un descarnado retrato del orden internacional vigente desde la Segunda Guerra Mundial y lo considera globalmente positivo, aunque está sustentado en una "grata ficción" en la que las grandes potencias administraban su hegemonía a cambio de proteger a los países medianos y pequeños. Considera que las grandes potencias del momento han provocado una ruptura al prescindir de las normas y romper con la mentira.
Su propuesta es que las potencias medianas, como Canadá y la UE, hagan lo mismo, asumiendo que ello les obliga a recuperar autonomía estratégica, tanto en términos comerciales como de defensa y de energía. Ese es el camino que ha tomado Canadá desde que fue amenazada por Trump.
La UE no se ha apelado solo a las normas y a los valores, sino que se han buscado las debilidades que amenazan a Trump cuando se vive fuera de la mentira. El llamado "bazoka comercial" y la posibilidad de invocar el artículo 5 del Tratado de la OTAN en caso de una invasión norteamericana de Groenlandia, han parado los pies al presunto nuevo emperador.
La UE lleva meses tomando decisiones que hace tres o cuatro años parecían imposibles porque, en la mentira del Viejo Orden Internacional, Francia, Alemania o Gran Bretaña se autoinvocaban como grandes potencias que ya no eran. Ahora se sienten débiles y amenazadas y se refugian en una unión económica y monetaria que empieza a ser política y militar.
Ser potencia es la mejor manera de defenderse del despotismo del nuevo orden. Italia y España también se sienten cómodas en este contexto.
Los hombres fuertes han salido trasquilados de Davos porque sus fanfarronadas han sido rebatidas por Carney, pero especialmente por von der Leyen y por Lagarde. El frente contra esos fanfarrones tiene acento femenino. Aparentan ser los líderes del futuro cuando son los restos del pasado despojado de la mentira.
Ich bin Europeär.