TertulianoX
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La conciencia de clase no solo se mide por su nivel de renta; es el resultado de reconocer que los problemas económicos son compartidos con otras personas en la misma posición del sistema. Hace unos años, se preguntaba si el trabajo era el eje de la identidad y la comunidad, pero hoy en día las clases sociales se han dividido.
El CIS pregunta a la gente qué clase social es, pero solo un 14,2% reconoce como trabajadora o obrera. No hay estadísticas para medir empíricamente la conciencia de clase, y no se realizan encuestas al respecto. Sin embargo, el análisis del nivel de renta y la comparación con otros países revela que la mayoría de las personas no se identifican como trabajadoras o obreras.
La gente se divide por consumo, género, edad, raza, nacionalidad o orientación sexual. La experiencia compartida del trabajo es fundamental para sentirse parte de un grupo social. No es solo el tipo de empleo que realizamos; también es el tamaño de las empresas y el tipo de trabajos.
Las mujeres se han incorporado masivamente al trabajo, pero su identidad sigue siendo más individualista. La edad también ha cambiado, con las generaciones jóvenes enfrentándose a las mayores por problemas económicos. El trabajo ha dejado de ser el principal elemento para definir nuestra identidad. En realidad, muchas personas se agrupan en función de qué escuchan o viven; es decir, la estética del consumo sustituye los vínculos de clase.
La lucha colectiva sigue siendo clave para reconstruir la conciencia de clase. Los vecinos de Cerro Belmonte, un barrio madrileño que proclamó su independencia tras ser expropiado por el Ayuntamiento y al que han dedicado una obra que se estrenará este año, son un ejemplo de cómo la lucha colectiva puede dar resultado.
El CIS pregunta a la gente qué clase social es, pero solo un 14,2% reconoce como trabajadora o obrera. No hay estadísticas para medir empíricamente la conciencia de clase, y no se realizan encuestas al respecto. Sin embargo, el análisis del nivel de renta y la comparación con otros países revela que la mayoría de las personas no se identifican como trabajadoras o obreras.
La gente se divide por consumo, género, edad, raza, nacionalidad o orientación sexual. La experiencia compartida del trabajo es fundamental para sentirse parte de un grupo social. No es solo el tipo de empleo que realizamos; también es el tamaño de las empresas y el tipo de trabajos.
Las mujeres se han incorporado masivamente al trabajo, pero su identidad sigue siendo más individualista. La edad también ha cambiado, con las generaciones jóvenes enfrentándose a las mayores por problemas económicos. El trabajo ha dejado de ser el principal elemento para definir nuestra identidad. En realidad, muchas personas se agrupan en función de qué escuchan o viven; es decir, la estética del consumo sustituye los vínculos de clase.
La lucha colectiva sigue siendo clave para reconstruir la conciencia de clase. Los vecinos de Cerro Belmonte, un barrio madrileño que proclamó su independencia tras ser expropiado por el Ayuntamiento y al que han dedicado una obra que se estrenará este año, son un ejemplo de cómo la lucha colectiva puede dar resultado.