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La sociedad simplificada: ¿quién se atreve a cuestionar?
Las redes sociales nos han llevado a interpretar todo según el bando en el que nos supone que estamos, sin preocuparnos por los matices de la vida. En su lugar, las apariencias efectistas son más decisivas que la realidad. Eso es lo que ha propiciado una sociedad donde "hooligans" se toman como referencia.
El peligro de ser ciudadano crítico es que te pongas en el bando equivocado y pierdas tus puntos de vista críticos. No importa si vistes nuestra camiseta o no, si practicamos deporte o no, lo importante es estar en el bando correcto. Y si te lo hacen a ti, no es un problema, pero si te lo hacen a otro, sí.
La conversación pública se ha "futbolizado" en todas sus áreas, desde las triviales hasta los sucesos más crudos. Ahora, la serenidad está en peligro de extinción porque no la vemos. Estamos en un sistema viral que premia la idea simple y esconde al que huye de la demagogia instantánea.
Las personas profundamente libres terminan marchándose de los espacios de debate online, se sienten solas y quieren escuchar poco. La sabiduría importa menos que la conspiración y lanzarse al rimbombante histrionismo es el atajo para posicionarse. Y aunque caiga quien caiga, eso no cambia nada.
El mundo al revés de la era de Trump se ha instalado en nuestras redes sociales, donde se duda de la ciencia y se da autoridad al vendedor de crecepelo. Los algoritmos bailan el agua a carácter arrollador y terminamos acudiendo a espacios que nos hacen sentir bien porque creemos que estamos solucionando el mundo.
Las redes sociales nos han llevado a interpretar todo según el bando en el que nos supone que estamos, sin preocuparnos por los matices de la vida. En su lugar, las apariencias efectistas son más decisivas que la realidad. Eso es lo que ha propiciado una sociedad donde "hooligans" se toman como referencia.
El peligro de ser ciudadano crítico es que te pongas en el bando equivocado y pierdas tus puntos de vista críticos. No importa si vistes nuestra camiseta o no, si practicamos deporte o no, lo importante es estar en el bando correcto. Y si te lo hacen a ti, no es un problema, pero si te lo hacen a otro, sí.
La conversación pública se ha "futbolizado" en todas sus áreas, desde las triviales hasta los sucesos más crudos. Ahora, la serenidad está en peligro de extinción porque no la vemos. Estamos en un sistema viral que premia la idea simple y esconde al que huye de la demagogia instantánea.
Las personas profundamente libres terminan marchándose de los espacios de debate online, se sienten solas y quieren escuchar poco. La sabiduría importa menos que la conspiración y lanzarse al rimbombante histrionismo es el atajo para posicionarse. Y aunque caiga quien caiga, eso no cambia nada.
El mundo al revés de la era de Trump se ha instalado en nuestras redes sociales, donde se duda de la ciencia y se da autoridad al vendedor de crecepelo. Los algoritmos bailan el agua a carácter arrollador y terminamos acudiendo a espacios que nos hacen sentir bien porque creemos que estamos solucionando el mundo.