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La captura del dictador Nicolás Maduro nos ha llevado a vivir los acontecimientos de una manera peculiar. El modelo de la web que mide 189 cm y viste la 2XL, el tirano venezolano, se ha convertido en un símbolo de nuestra forma de consumir la información hoy en día. Un chándal clásico con toques modernos, tejido de fibras recicladas y características como un bolsillo para el móvil, es el atuendo que Maduro ha elegido en su arresto.
Pero ¿qué nos dice este evento sobre nuestra forma de vivir? Cuando un líder político como Nicolás Maduro se convierte en una especie de personaje cinematográfico, nos sedujo lo mundano. El atractivo del asesino, la ironía de que el venezolano haya cambiado el táctel bolivariano por una marca capitalista, es lo que nos consume. Y aunque nadie recuerda el nombre de la víctima, como fue Brian Thompson, CEO de una aseguradora médica, el asesino ya tiene su propio musical.
La captura de Maduro nos ha llevado a un nuevo nivel de banalización de la información. Neil Postman nos avisaba en sus obras que la televisión nos había llevado a "un mundo lúdico" donde los asuntos se presentan como entretenimiento. Hoy, consumimos fotos, reels y alertas sin tiempo ni ganas de profundizar. Procesamos la realidad a través del filtro de nuestras pantallas, como si fuera una ficción.
Y así, cuando llega un acontecimiento más cinematográfico, saltamos de serie en serie, de temporada en temporada de la realidad. En cuanto llegue un evento más emocionante, olvidaremos Venezuela. Mientras, Instagram nos tienta con la posibilidad de comprar el chándal de Maduro.
"Lo pude ver en tiempo real", como lo dijo Trump después de ver la captura del dictador desde su club de Florida. "Si hubieras visto la velocidad, la violencia..." Y así, en este enganche sin fin a lo sensacional, nos sumergimos en un mundo donde la realidad es una ficción y el entretenimiento es la prioridad.
Pero ¿qué nos dice esto sobre nuestra sociedad? ¿Qué nos enseña la forma en que consumimos la información? ¿Es posible escapar de este ciclo de banalización y profundizar en la realidad, o estamos condenados a seguir sumergidos en un mundo de ficción.
Pero ¿qué nos dice este evento sobre nuestra forma de vivir? Cuando un líder político como Nicolás Maduro se convierte en una especie de personaje cinematográfico, nos sedujo lo mundano. El atractivo del asesino, la ironía de que el venezolano haya cambiado el táctel bolivariano por una marca capitalista, es lo que nos consume. Y aunque nadie recuerda el nombre de la víctima, como fue Brian Thompson, CEO de una aseguradora médica, el asesino ya tiene su propio musical.
La captura de Maduro nos ha llevado a un nuevo nivel de banalización de la información. Neil Postman nos avisaba en sus obras que la televisión nos había llevado a "un mundo lúdico" donde los asuntos se presentan como entretenimiento. Hoy, consumimos fotos, reels y alertas sin tiempo ni ganas de profundizar. Procesamos la realidad a través del filtro de nuestras pantallas, como si fuera una ficción.
Y así, cuando llega un acontecimiento más cinematográfico, saltamos de serie en serie, de temporada en temporada de la realidad. En cuanto llegue un evento más emocionante, olvidaremos Venezuela. Mientras, Instagram nos tienta con la posibilidad de comprar el chándal de Maduro.
"Lo pude ver en tiempo real", como lo dijo Trump después de ver la captura del dictador desde su club de Florida. "Si hubieras visto la velocidad, la violencia..." Y así, en este enganche sin fin a lo sensacional, nos sumergimos en un mundo donde la realidad es una ficción y el entretenimiento es la prioridad.
Pero ¿qué nos dice esto sobre nuestra sociedad? ¿Qué nos enseña la forma en que consumimos la información? ¿Es posible escapar de este ciclo de banalización y profundizar en la realidad, o estamos condenados a seguir sumergidos en un mundo de ficción.