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Un muro, un puño y una vida: los 83 años de un hombre atrapado en casa por sus vecinos.
Tornac, un pequeño municipio francés del Gard. Allí se encuentra la historia de Daniel Laporte, un hombre de 83 años que ha perdido la libertad para salir a la calle. Un muro de hormigón levantado frente a su portal le impide dejar su casa. No es una exageración, no es una imagen literaria. Es la realidad brutal de un conflicto vecinal que ha llevado al estancamiento de la justicia.
Daniel, junto con su esposa Lucienne de 81 años, han estado atrapados en su vivienda desde hace semanas. La cadena de plástico que se colocó primero fue reemplazada por una fila de parpaings, un muro sólido y consolidado que bloquea la salida. El huissier lo recogió en su acta: "Las personas mayores no pueden salir de su domicilio". Un paso estrecho para el vehículo del hombre, y una pendiente herbosa resbaladiza que los lluvias han vuelto especialmente peligrosas.
El origen del bloqueo es un conflicto vecinal que ha llevado a los tribunales. La familia Laporte sostiene que el derecho de paso que existe desde 1933 sigue siendo válido, pero sus vecinos lo cuestionan. El caso se examinó en un Tribunal de Alès, que debe decidir si ese acuerdo sigue produciendo efectos jurídicos.
Pero esta es una historia más allá de la incomodidad. Un muro que bloquea la salida, y un hombre que depende de su vehículo para desplazarse. El coche se encuentra aparcado en un nivel inferior, junto al loteamiento. Para alcanzarlo, deben recorrer más de 200 metros por el jardín, cruzar una pendiente resbaladiza y asumir un riesgo evidente de caída.
La alcaldesa del municipio lamenta no haber tenido conocimiento del problema con anterioridad. Pero advierte que se trata de un conflicto privado, sin servidumbres acreditadas en los registros municipales. Sin embargo, los documentos notariales apuntan en otra dirección. Un documento firmado el 19 de diciembre de 1933, y una escritura posterior en la que se fijan las condiciones del derecho de paso.
Ahora corresponde al tribunal decidir si ese acuerdo sigue produciendo efectos jurídicos. Mientras tanto, Daniel y Lucienne continúan encerrados en su casa, con un muro delante de la puerta y a la espera de una resolución que determine algo tan básico como poder salir a la calle sin jugarse el tipo. Un conflicto vecinal que ha acabado teniendo consecuencias demasiado reales.
Tornac, un pequeño municipio francés del Gard. Allí se encuentra la historia de Daniel Laporte, un hombre de 83 años que ha perdido la libertad para salir a la calle. Un muro de hormigón levantado frente a su portal le impide dejar su casa. No es una exageración, no es una imagen literaria. Es la realidad brutal de un conflicto vecinal que ha llevado al estancamiento de la justicia.
Daniel, junto con su esposa Lucienne de 81 años, han estado atrapados en su vivienda desde hace semanas. La cadena de plástico que se colocó primero fue reemplazada por una fila de parpaings, un muro sólido y consolidado que bloquea la salida. El huissier lo recogió en su acta: "Las personas mayores no pueden salir de su domicilio". Un paso estrecho para el vehículo del hombre, y una pendiente herbosa resbaladiza que los lluvias han vuelto especialmente peligrosas.
El origen del bloqueo es un conflicto vecinal que ha llevado a los tribunales. La familia Laporte sostiene que el derecho de paso que existe desde 1933 sigue siendo válido, pero sus vecinos lo cuestionan. El caso se examinó en un Tribunal de Alès, que debe decidir si ese acuerdo sigue produciendo efectos jurídicos.
Pero esta es una historia más allá de la incomodidad. Un muro que bloquea la salida, y un hombre que depende de su vehículo para desplazarse. El coche se encuentra aparcado en un nivel inferior, junto al loteamiento. Para alcanzarlo, deben recorrer más de 200 metros por el jardín, cruzar una pendiente resbaladiza y asumir un riesgo evidente de caída.
La alcaldesa del municipio lamenta no haber tenido conocimiento del problema con anterioridad. Pero advierte que se trata de un conflicto privado, sin servidumbres acreditadas en los registros municipales. Sin embargo, los documentos notariales apuntan en otra dirección. Un documento firmado el 19 de diciembre de 1933, y una escritura posterior en la que se fijan las condiciones del derecho de paso.
Ahora corresponde al tribunal decidir si ese acuerdo sigue produciendo efectos jurídicos. Mientras tanto, Daniel y Lucienne continúan encerrados en su casa, con un muro delante de la puerta y a la espera de una resolución que determine algo tan básico como poder salir a la calle sin jugarse el tipo. Un conflicto vecinal que ha acabado teniendo consecuencias demasiado reales.