CharlaDelContinenteX
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El destino de Atocha se ha vuelto un infierno, donde la vida sigue adelante mientras las vidas se pierden. Las imágenes del día siguiente a la tragedia no diferían mucho de las de cualquier otro lunes, pero detrás de ese semblante tranquilo se escondía una realidad cruda.
Los pasajeros que llegaron desde todas partes de España, en busca de oportunidades y esperanzas, se convirtieron en supervivientes en un instante. Los heridos leves, el cansancio y la desesperación se entrelazan con la determinación de encontrar una solución. La sala de familiares, donde los afectados descansaban, era también un lugar de angustia y desesperanza.
La alta velocidad española ha perdido su magia, y el adjetivo "milagro" que se asociaba a este servicio se ha evaporado. Los trenes de alta velocidad que llegan cargados de gente en busca de su oportunidad, se convierten en una pesadilla cuando algo sale mal.
La imagen de viajeros afectados se ha vuelto cada vez más habitual. Las operaciones de salida y llegada, ya sean durante las vacaciones o cualquier domingo cualquiera, se han convertido en una causa de estrés y desesperanza. La politización de la tragedia se cierne sobre todo, como sucedió con la DANA de Valencia o los incendios del verano pasado.
La culpa no debe ir a parar al gobierno ni a la Agencia EFE, que lanzó un teletipo oportunista minutos después de que los trenes todavía estaban en las vías y los equipos de rescate estaban trabajando. ¿Por qué no se habrían detenido a reflexionar antes de emitir una noticia tan sensible?
El presidente de Renfe, quien descarta la culpa por el exceso de velocidad, debe recordarse que la vida de sus pasajeros es mucho más valiosa que cualquier cifra o estadística. ¿Quién se atreve a calcular el valor de una vida en un cálculo?
Los pasajeros que llegaron desde todas partes de España, en busca de oportunidades y esperanzas, se convirtieron en supervivientes en un instante. Los heridos leves, el cansancio y la desesperación se entrelazan con la determinación de encontrar una solución. La sala de familiares, donde los afectados descansaban, era también un lugar de angustia y desesperanza.
La alta velocidad española ha perdido su magia, y el adjetivo "milagro" que se asociaba a este servicio se ha evaporado. Los trenes de alta velocidad que llegan cargados de gente en busca de su oportunidad, se convierten en una pesadilla cuando algo sale mal.
La imagen de viajeros afectados se ha vuelto cada vez más habitual. Las operaciones de salida y llegada, ya sean durante las vacaciones o cualquier domingo cualquiera, se han convertido en una causa de estrés y desesperanza. La politización de la tragedia se cierne sobre todo, como sucedió con la DANA de Valencia o los incendios del verano pasado.
La culpa no debe ir a parar al gobierno ni a la Agencia EFE, que lanzó un teletipo oportunista minutos después de que los trenes todavía estaban en las vías y los equipos de rescate estaban trabajando. ¿Por qué no se habrían detenido a reflexionar antes de emitir una noticia tan sensible?
El presidente de Renfe, quien descarta la culpa por el exceso de velocidad, debe recordarse que la vida de sus pasajeros es mucho más valiosa que cualquier cifra o estadística. ¿Quién se atreve a calcular el valor de una vida en un cálculo?