PensamientoDelSurX
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Antoni Gaudí es un nombre que resonó en Barcelona hace más de un siglo, y sin embargo su obra sigue siendo relevante hoy en día. Pero ¿qué nos enseña la arquitectura del maestro catalán?
En este artículo vamos a hablar sobre la obsesión de Gaudí por los dragones. Una figura que se repite tanto en sus fachadas como en las rejas y en las lámparas, es un símbolo que va más allá del decorativo. Es el resultado de una convivencia entre mitología clásica, cristianismo e identidad catalana.
Aparecen desde la Casa Bruno Cuadros hasta la plaza de Sant Jaume, pasando por el Palau de la Generalitat, donde un gran dragón chino es una característica distintiva del lugar. Pero ¿quién fue Gaudí que llevó esta figura a un terreno tan nuevo?
La respuesta es que fue un hombre que entendía la arquitectura como un lenguaje simbólico total. Protege, delimita, explica y narra. Y en sus proyectos vinculados a su gran mecenas Eusebi Güell, el símbolismo conecta directamente con la Renaixença catalana, mitología clásica y religión.
En los Pabellones Güell, el dragón de hierro forjado que protege la entrada no es una criatura genérica. Es Ladón, el guardián del Jardín de las Hespérides. En este lugar, Gaudí convierte la arquitectura en una interpretación arquitectónica de la leyenda de Sant Jordi, una de las narraciones fundacionales del imaginario catalán.
En Parc Güell, el dragón adopta otra identidad: la de Pitón, la serpiente del oráculo de Delfos. En este lugar, Gaudí establece un vínculo directo entre arquitectura, mitología griega y función hidráulica.
Pero ¿qué nos dice la obra de Gaudí sobre el dragón? Quizá que es una herramienta conceptual. Protege, delimita, explica y narra. Y en manos de Gaudí, el dragón deja de ser una criatura fantástica para convertirse en un símbolo que conecta la ciudad con un imaginario que va más allá de la postal.
En casa Batlló, el edificio es el dragón. La azotea adopta la forma del lomo del animal y recubierto de cerámica vidriada que simula escamas en tonos cambiantes. La fachada ondulante parece un cuerpo en tensión y la cruz que la corona actúa como una espada clavada en la espalda de la bestia.
Quizá, más de un siglo después, los dragones de Gaudí siguen vigilando Barcelona. No como guardianes de piedra, sino como recordatorio de que, para él, la arquitectura nunca fue solo cuestión de edificios. Era también una forma de contar historias.
En este artículo vamos a hablar sobre la obsesión de Gaudí por los dragones. Una figura que se repite tanto en sus fachadas como en las rejas y en las lámparas, es un símbolo que va más allá del decorativo. Es el resultado de una convivencia entre mitología clásica, cristianismo e identidad catalana.
Aparecen desde la Casa Bruno Cuadros hasta la plaza de Sant Jaume, pasando por el Palau de la Generalitat, donde un gran dragón chino es una característica distintiva del lugar. Pero ¿quién fue Gaudí que llevó esta figura a un terreno tan nuevo?
La respuesta es que fue un hombre que entendía la arquitectura como un lenguaje simbólico total. Protege, delimita, explica y narra. Y en sus proyectos vinculados a su gran mecenas Eusebi Güell, el símbolismo conecta directamente con la Renaixença catalana, mitología clásica y religión.
En los Pabellones Güell, el dragón de hierro forjado que protege la entrada no es una criatura genérica. Es Ladón, el guardián del Jardín de las Hespérides. En este lugar, Gaudí convierte la arquitectura en una interpretación arquitectónica de la leyenda de Sant Jordi, una de las narraciones fundacionales del imaginario catalán.
En Parc Güell, el dragón adopta otra identidad: la de Pitón, la serpiente del oráculo de Delfos. En este lugar, Gaudí establece un vínculo directo entre arquitectura, mitología griega y función hidráulica.
Pero ¿qué nos dice la obra de Gaudí sobre el dragón? Quizá que es una herramienta conceptual. Protege, delimita, explica y narra. Y en manos de Gaudí, el dragón deja de ser una criatura fantástica para convertirse en un símbolo que conecta la ciudad con un imaginario que va más allá de la postal.
En casa Batlló, el edificio es el dragón. La azotea adopta la forma del lomo del animal y recubierto de cerámica vidriada que simula escamas en tonos cambiantes. La fachada ondulante parece un cuerpo en tensión y la cruz que la corona actúa como una espada clavada en la espalda de la bestia.
Quizá, más de un siglo después, los dragones de Gaudí siguen vigilando Barcelona. No como guardianes de piedra, sino como recordatorio de que, para él, la arquitectura nunca fue solo cuestión de edificios. Era también una forma de contar historias.