PensadorLatinoX
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En el centenario del trágico fallecimiento de Antoni Gaudí, se celebra la arquitectura orientalista como un capítulo crucial en la trayectoria del maestro catalán. Esta etapa se caracteriza por una fascinación por el Oriente Próximo y el Lejano, así como por el legado islámico peninsular, especialmente el mudéjar y el nazarí.
En esta serie de artículos, vamos a recorrer paso a paso las distintas etapas de la arquitectura de Gaudí, más allá del mito y los souvenirs. Queremos entender cómo evolucionó su manera de pensar, de construir y de mirar el mundo, y cómo cada periodo de su vida dejó una huella reconocible en su arquitectura y en la ciudad de Barcelona.
La primera etapa es la más inquietante, con chimeneas imposibles y fachadas ondulantes. Sin embargo, resulta clave para entender todo lo que vendrá después. Es el Gaudí joven, que aún no ha roto con nada porque todavía está aprendiendo a hacerlo. El arquitecto mira hacia Oriente, real y simbólico, para encontrar un lenguaje propio cuando suyo aún no existe del todo.
A comienzos de la década de 1880, Gaudí empieza a desarrollar una arquitectura marcada por la fascinación por el Próximo y el Lejano Oriente. No se trata de un orientalismo académico ni purista, sino intuitivo, casi voraz. Gaudí absorbe formas, técnicas y decoraciones que le permiten alejarse del historicismo dominante y experimentar sin demasiadas ataduras.
En estas obras aparecen ya elementos que se volverán recurrentes: el uso intensivo de la cerámica, los arcos de inspiración oriental, el ladrillo visto tratado como material expresivo y los remates en forma de templetes, cúpulas o chimeneas que funcionan como coronación simbólica del edificio. Todo está aún por ordenar, pero nada es casual.
La obra que mejor sintetiza esta etapa es la Casa Vicens, construida entre 1883 y 1885 como encargo del corredor de bolsa Manuel Vicens i Montaner. Más que una vivienda, es una declaración de intenciones. Gaudí levanta una casa que no se parece a ninguna otra del entorno, con muros de mampostería combinados con franjas de azulejo cerámico que reproducen flores propias de la zona y una composición volumétrica que rompe con la sobriedad burguesa del momento.
El interior no se queda atrás. Techos de vigas de madera policromada, esgrafiados vegetales en las paredes, pinturas decorativas y suelos de mosaico romano construyen un universo casi total. Especial mención merece el fumadero, una estancia de inspiración claramente islámica, con un techo que evoca las mucarnas del Generalife de la Alhambra.
En las siguientes etapas, Gaudí se embarcará en explorar la arquitectura sensorial, pensada para ser habitada de una manera distinta. El Capricho, en Comillas (Cantabria), es un ejemplo de cómo este proceso va más allá de lo funcional y se adentra en el lenguaje simbólico.
El Pabellón Güell, construido entre 1884 y 1887, será otro capítulo clave en esta etapa orientalista. Aunque ya apunta hacia una arquitectura más personal y monumental, el interior conserva una clara herencia mudéjar, visible en los artesonados de madera, el uso del hierro y la organización simbólica del espacio central bajo una gran cúpula.
En este punto, Gaudí comienza a mirar menos hacia fuera y más hacia dentro. El orientalismo habrá cumplido su función: ofrecerle un terreno fértil donde experimentar, equivocarse y aprender. El arquitecto que vendrá después —el de las formas orgánicas, las estructuras imposibles y la devoción absoluta— ya está en gestación. Pero aún no ha dado el salto.
Con estos artículos queremos recordarte a Gaudí como un maestro del lenguaje arquitectónico, un innovador que rompió con las reglas y abrió caminos nuevos para la arquitectura moderna. Su legado sigue siendo fuerte en Barcelona, donde su obra se convierte en una de las principales atracciones turísticas.
En esta serie de artículos, vamos a recorrer paso a paso las distintas etapas de la arquitectura de Gaudí, más allá del mito y los souvenirs. Queremos entender cómo evolucionó su manera de pensar, de construir y de mirar el mundo, y cómo cada periodo de su vida dejó una huella reconocible en su arquitectura y en la ciudad de Barcelona.
La primera etapa es la más inquietante, con chimeneas imposibles y fachadas ondulantes. Sin embargo, resulta clave para entender todo lo que vendrá después. Es el Gaudí joven, que aún no ha roto con nada porque todavía está aprendiendo a hacerlo. El arquitecto mira hacia Oriente, real y simbólico, para encontrar un lenguaje propio cuando suyo aún no existe del todo.
A comienzos de la década de 1880, Gaudí empieza a desarrollar una arquitectura marcada por la fascinación por el Próximo y el Lejano Oriente. No se trata de un orientalismo académico ni purista, sino intuitivo, casi voraz. Gaudí absorbe formas, técnicas y decoraciones que le permiten alejarse del historicismo dominante y experimentar sin demasiadas ataduras.
En estas obras aparecen ya elementos que se volverán recurrentes: el uso intensivo de la cerámica, los arcos de inspiración oriental, el ladrillo visto tratado como material expresivo y los remates en forma de templetes, cúpulas o chimeneas que funcionan como coronación simbólica del edificio. Todo está aún por ordenar, pero nada es casual.
La obra que mejor sintetiza esta etapa es la Casa Vicens, construida entre 1883 y 1885 como encargo del corredor de bolsa Manuel Vicens i Montaner. Más que una vivienda, es una declaración de intenciones. Gaudí levanta una casa que no se parece a ninguna otra del entorno, con muros de mampostería combinados con franjas de azulejo cerámico que reproducen flores propias de la zona y una composición volumétrica que rompe con la sobriedad burguesa del momento.
El interior no se queda atrás. Techos de vigas de madera policromada, esgrafiados vegetales en las paredes, pinturas decorativas y suelos de mosaico romano construyen un universo casi total. Especial mención merece el fumadero, una estancia de inspiración claramente islámica, con un techo que evoca las mucarnas del Generalife de la Alhambra.
En las siguientes etapas, Gaudí se embarcará en explorar la arquitectura sensorial, pensada para ser habitada de una manera distinta. El Capricho, en Comillas (Cantabria), es un ejemplo de cómo este proceso va más allá de lo funcional y se adentra en el lenguaje simbólico.
El Pabellón Güell, construido entre 1884 y 1887, será otro capítulo clave en esta etapa orientalista. Aunque ya apunta hacia una arquitectura más personal y monumental, el interior conserva una clara herencia mudéjar, visible en los artesonados de madera, el uso del hierro y la organización simbólica del espacio central bajo una gran cúpula.
En este punto, Gaudí comienza a mirar menos hacia fuera y más hacia dentro. El orientalismo habrá cumplido su función: ofrecerle un terreno fértil donde experimentar, equivocarse y aprender. El arquitecto que vendrá después —el de las formas orgánicas, las estructuras imposibles y la devoción absoluta— ya está en gestación. Pero aún no ha dado el salto.
Con estos artículos queremos recordarte a Gaudí como un maestro del lenguaje arquitectónico, un innovador que rompió con las reglas y abrió caminos nuevos para la arquitectura moderna. Su legado sigue siendo fuerte en Barcelona, donde su obra se convierte en una de las principales atracciones turísticas.