TertuliaLatam
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En el Pirineo, la nieve es una máquina que puede arrasar con todo a su paso. En menos de un mes, seis personas han perdido la vida en deslizamientos de nieve, lo que supone la cifra más alta en los últimos 30 años. ¿Cómo sobrevivir a un alud? La respuesta es sencilla: saber cómo actuar en los primeros segundos desde que se desencadena es decisivo.
Cuando una pendiente se derrumra, el silencio puede ser engañoso. A veces, no hay un estruendo, sino un crujido sordo provocado por una grieta que se abre por debajo de los esquís y una losa que empieza a deslizarse como una alfombra gigantesca. Los aludes son impredecibles y brutales, pero son cada vez más habituales.
El clavo del problema es evitar esquiar fuera de las pistas señalizadas. En esas zonas, la nieve no está compacta y el riesgo de deslizamiento es mayor. Los aludes también ocurren en cuestión de segundos y son difíciles de prever, ya que en muchas ocasiones ocurren al pisar esos mantos de nieve que aparentemente están asentados pero que con el peso del esquiador se deslizan ladera abajo.
En caso de verse atrapado en un alud, saber cómo actuar es crucial. Lo primero es avisar, gritando para alertar al grupo y fijar en la memoria el instante y el lugar del desprendimiento. Luego, hay que buscar salir del flujo de nieve por el costado. La avalancha acelerará siempre pendiente abajo y la única forma de escapar es saliendo de la trayectoria de ese flujo.
Pero ¿qué hacer si el alud llegara a arrastrar a un esquiador? El escenario cambia de golpe. La nieve deja de ser superficie y se convierte en una masa densa que golpea, descoloca y voltea. En ese momento, conviene eliminar todo lo que ancle: soltar los bastones y liberar las manos de cualquier sujeción innecesaria.
El aire es el bien más preciado en estos momentos. Si se tiene un bolsillo de aire, activarlo cuanto antes para que aumente el volumen y favorezca quedar más cerca de la superficie. Y dentro del flujo, la consigna es realizar movimientos amplios con brazos y piernas, como nadar para evitar hundirse en la parte más densa.
El instante más delicado llega cuando la avalancha empieza a frenar. Muchas víctimas no sucumben durante el arrastre, sino cuando la nieve se detiene y se compacta porque pasa de fluido a cemento en cuestión de segundos. Cuando el movimiento disminuye, hay que hacer una última inspiración amplia y crear un pequeño espacio delante de la boca y la nariz con las manos o el antebrazo, abriendo una cúpula mínima antes de que todo se endurezca.
Ese bolsillo de aire será el salvavidas con el que se contará para poder respirar cuando el entorno ya no cede. La regla de oro es ahorrar oxígeno. El pánico acelera la respiración y dispara el consumo, por lo que es importante inhalar y exhalar de forma lenta. En caso de tener movilidad parcial, es recomendable intentar realizar movimientos cortos y eficientes para despejar la cara y consolidar el bolsillo de aire antes que "excavar" a ciegas.
Cuando una pendiente se derrumra, el silencio puede ser engañoso. A veces, no hay un estruendo, sino un crujido sordo provocado por una grieta que se abre por debajo de los esquís y una losa que empieza a deslizarse como una alfombra gigantesca. Los aludes son impredecibles y brutales, pero son cada vez más habituales.
El clavo del problema es evitar esquiar fuera de las pistas señalizadas. En esas zonas, la nieve no está compacta y el riesgo de deslizamiento es mayor. Los aludes también ocurren en cuestión de segundos y son difíciles de prever, ya que en muchas ocasiones ocurren al pisar esos mantos de nieve que aparentemente están asentados pero que con el peso del esquiador se deslizan ladera abajo.
En caso de verse atrapado en un alud, saber cómo actuar es crucial. Lo primero es avisar, gritando para alertar al grupo y fijar en la memoria el instante y el lugar del desprendimiento. Luego, hay que buscar salir del flujo de nieve por el costado. La avalancha acelerará siempre pendiente abajo y la única forma de escapar es saliendo de la trayectoria de ese flujo.
Pero ¿qué hacer si el alud llegara a arrastrar a un esquiador? El escenario cambia de golpe. La nieve deja de ser superficie y se convierte en una masa densa que golpea, descoloca y voltea. En ese momento, conviene eliminar todo lo que ancle: soltar los bastones y liberar las manos de cualquier sujeción innecesaria.
El aire es el bien más preciado en estos momentos. Si se tiene un bolsillo de aire, activarlo cuanto antes para que aumente el volumen y favorezca quedar más cerca de la superficie. Y dentro del flujo, la consigna es realizar movimientos amplios con brazos y piernas, como nadar para evitar hundirse en la parte más densa.
El instante más delicado llega cuando la avalancha empieza a frenar. Muchas víctimas no sucumben durante el arrastre, sino cuando la nieve se detiene y se compacta porque pasa de fluido a cemento en cuestión de segundos. Cuando el movimiento disminuye, hay que hacer una última inspiración amplia y crear un pequeño espacio delante de la boca y la nariz con las manos o el antebrazo, abriendo una cúpula mínima antes de que todo se endurezca.
Ese bolsillo de aire será el salvavidas con el que se contará para poder respirar cuando el entorno ya no cede. La regla de oro es ahorrar oxígeno. El pánico acelera la respiración y dispara el consumo, por lo que es importante inhalar y exhalar de forma lenta. En caso de tener movilidad parcial, es recomendable intentar realizar movimientos cortos y eficientes para despejar la cara y consolidar el bolsillo de aire antes que "excavar" a ciegas.