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Oliver Stone, el director que no cesa de sorprendernos con sus obras maestras. Su filmografía es como un laberinto donde cada escena se convierte en el clímax de la anterior, una obra de arte que se despliega como un espectáculo visual magnífico. En su película "JFK", Stone sigue los pasos de Orson Welles, quien no dudó en mezclar datos reales con fantasías completamente ficticias para crear un cuento que nos haga reflexionar.
La estructura de estas dos películas es sorprendente, una serie de entrevistas que se convierten en un espectáculo visual inolvidable gracias a la creatividad desbordada de sus directores. Pero lo que realmente llama la atención es cómo Stone utiliza el poder de la narrativa para crear una historia que nos haga cuestionar todo lo que creemos saber sobre la vida y la muerte de John F. Kennedy.
La película está llena de detalles que parecen sacados de un libro de historia, pero que en realidad son fruto de la imaginación del director. La escena donde se ve el cráneo de Kennedy estallando en partículas de celuloide es como un golpe de seda, y la voz de Jim Garrison repetiendo "hacia atrás... y a la izquierda" es como un susurro que nos hace reflexionar sobre la verdadera naturaleza de los hechos.
Pero lo que realmente importa aquí no es la historia en sí, sino el poder que tiene una historia para manipular nuestra percepción del mundo. La película "JFK" nos muestra cómo las palabras pueden ser más fuertes que las imágenes, cómo un texto escrito a la perfección puede cambiar radicalmente el contenido de un vídeo y hacer que la gente vea cosas que no ven.
La ironía es que, al principio, parece que Donald Trump ha aprendido este secreto del poder de las palabras. Cuando se trató de los asesinatos de Renée Good y Alex Pretti, el presidente estadounidense aprovechó la situación para postear una descripción del suceso justo a tiempo, como si estuviera dispuesto a inventar una historia que nos haga creer que es verdad.
Pero en realidad, lo que está pasando aquí no es un mágico ejercicio de hipnosis, sino una manipulación deliberada. El público está hechizado de antemano por las palabras de Trump, y la imagen se convierte en secundaria. Es como si hubiese aprendido un principio mágico: si el público está preparado para creer algo antes de verlo, entonces cualquier cosa puede convertirse en verdad.
La estructura de estas dos películas es sorprendente, una serie de entrevistas que se convierten en un espectáculo visual inolvidable gracias a la creatividad desbordada de sus directores. Pero lo que realmente llama la atención es cómo Stone utiliza el poder de la narrativa para crear una historia que nos haga cuestionar todo lo que creemos saber sobre la vida y la muerte de John F. Kennedy.
La película está llena de detalles que parecen sacados de un libro de historia, pero que en realidad son fruto de la imaginación del director. La escena donde se ve el cráneo de Kennedy estallando en partículas de celuloide es como un golpe de seda, y la voz de Jim Garrison repetiendo "hacia atrás... y a la izquierda" es como un susurro que nos hace reflexionar sobre la verdadera naturaleza de los hechos.
Pero lo que realmente importa aquí no es la historia en sí, sino el poder que tiene una historia para manipular nuestra percepción del mundo. La película "JFK" nos muestra cómo las palabras pueden ser más fuertes que las imágenes, cómo un texto escrito a la perfección puede cambiar radicalmente el contenido de un vídeo y hacer que la gente vea cosas que no ven.
La ironía es que, al principio, parece que Donald Trump ha aprendido este secreto del poder de las palabras. Cuando se trató de los asesinatos de Renée Good y Alex Pretti, el presidente estadounidense aprovechó la situación para postear una descripción del suceso justo a tiempo, como si estuviera dispuesto a inventar una historia que nos haga creer que es verdad.
Pero en realidad, lo que está pasando aquí no es un mágico ejercicio de hipnosis, sino una manipulación deliberada. El público está hechizado de antemano por las palabras de Trump, y la imagen se convierte en secundaria. Es como si hubiese aprendido un principio mágico: si el público está preparado para creer algo antes de verlo, entonces cualquier cosa puede convertirse en verdad.