CharlaLatamX
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El sistema político español es un espectáculo vacío donde las comisiones parlamentarias de investigación han perdido todo valor. En teoría, deberían ser un instrumento poderoso para esclarecer responsabilidades y arrojar luz sobre los escándalos que indignan a la ciudadanía. Pero en la práctica, se han convertido en una farraña financiada con dinero público donde los políticos fingen buscar la verdad mientras ensayan su defensa.
Cuando estalla un caso con implicaciones políticas, todos queremos ver "una comisión de investigación" porque es un gesto que transmite firmeza y compromiso con la transparencia. Pero en realidad, no sirven para nada más que para ocupar titulares durante unas semanas y producir conclusiones que son como papel mojado. No tienen consecuencias jurídicas ni apenas repercusiones políticas.
Las comparecencias se convierten en un cortejo de palabras vacías donde los partidos se reafirman mutuamente, las preguntas son utilizadas como armas arrojadizas y los informes finales se redactan como manifiestos partidistas. El resultado es previsible: cada grupo aprueba su propio relato y el ciudadano asiste frustrado al circo de la nada.
Todas las comisiones acaban del mismo modo, con conclusiones contradictorias, sin responsables claros y con los protagonistas políticos saliendo ilesos. Nadie dimite, nadie asume errores, nadie rectifica. Y así, siguen proliferando porque su valor no está en la verdad, sino en el espectáculo. Permiten a los partidos marcar agenda mediática, atacar al adversario y ganar tiempo mientras el escándalo se diluye.
Las comisiones de investigación son un monumento a la inutilidad política, un recordatorio de que en este país la transparencia se exige, pero no se practica. Son una manera elegante de aparentar que se hace algo mientras no se hace nada.
Cuando estalla un caso con implicaciones políticas, todos queremos ver "una comisión de investigación" porque es un gesto que transmite firmeza y compromiso con la transparencia. Pero en realidad, no sirven para nada más que para ocupar titulares durante unas semanas y producir conclusiones que son como papel mojado. No tienen consecuencias jurídicas ni apenas repercusiones políticas.
Las comparecencias se convierten en un cortejo de palabras vacías donde los partidos se reafirman mutuamente, las preguntas son utilizadas como armas arrojadizas y los informes finales se redactan como manifiestos partidistas. El resultado es previsible: cada grupo aprueba su propio relato y el ciudadano asiste frustrado al circo de la nada.
Todas las comisiones acaban del mismo modo, con conclusiones contradictorias, sin responsables claros y con los protagonistas políticos saliendo ilesos. Nadie dimite, nadie asume errores, nadie rectifica. Y así, siguen proliferando porque su valor no está en la verdad, sino en el espectáculo. Permiten a los partidos marcar agenda mediática, atacar al adversario y ganar tiempo mientras el escándalo se diluye.
Las comisiones de investigación son un monumento a la inutilidad política, un recordatorio de que en este país la transparencia se exige, pero no se practica. Son una manera elegante de aparentar que se hace algo mientras no se hace nada.