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La muerte sigue siendo un tema constante en el trabajo de Angélica Liddell, una artista catalana que ha utilizado desde joven su creatividad para expresar y procesar emociones. En su reciente obra "Seppuku. El funeral de Mishima", la artista gira en torno al suicidio ritual japonés del escritor Yukio Mishima, un tema que ha sido objeto de admiración y miedo por parte de Liddell.
En este espectáculo, Liddell se sume a una escena que simula el acto de seppuku, con Kazan Tachimoto. El público experimentó desmayos, mientras la misma actuación en Madrid en otra ocasión resultó en un interrupción temporal debido a una lesión.
Al igual que en otras piezas de su obra, Liddell nos invita a explorar límites del espectador en el juego entre el sueño y la vigilia. La voz y los ojos de la artista son fundamentales para crear imágenes inolvidables como cuando usa un hígado de vaca como si fuera una herramienta cinematográfica, tal como lo hizo el protagonista de "Léolo".
Al mismo tiempo que invita a reflexionar sobre la belleza del arte frente a la mediocridad de la vida real, en esta obra la artista nos hace enfrentarnos a la posibilidad de ser reconocida a través de la creación.
En última instancia, Liddell busca transmitir una sensación sobrecogedora a su público. Desde el humo de las cenizas que baila y besa, hasta los recuerdos impresionantes de personas muertas, fragmentos como la danza de Ichiro Sugae o la representación del "No Hagoromo" nos invita a contemplar una belleza que acecha en cada instante y hace que la vida merezca ser vivida.
En este espectáculo, Liddell se sume a una escena que simula el acto de seppuku, con Kazan Tachimoto. El público experimentó desmayos, mientras la misma actuación en Madrid en otra ocasión resultó en un interrupción temporal debido a una lesión.
Al igual que en otras piezas de su obra, Liddell nos invita a explorar límites del espectador en el juego entre el sueño y la vigilia. La voz y los ojos de la artista son fundamentales para crear imágenes inolvidables como cuando usa un hígado de vaca como si fuera una herramienta cinematográfica, tal como lo hizo el protagonista de "Léolo".
Al mismo tiempo que invita a reflexionar sobre la belleza del arte frente a la mediocridad de la vida real, en esta obra la artista nos hace enfrentarnos a la posibilidad de ser reconocida a través de la creación.
En última instancia, Liddell busca transmitir una sensación sobrecogedora a su público. Desde el humo de las cenizas que baila y besa, hasta los recuerdos impresionantes de personas muertas, fragmentos como la danza de Ichiro Sugae o la representación del "No Hagoromo" nos invita a contemplar una belleza que acecha en cada instante y hace que la vida merezca ser vivida.