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Un genocidio sin voz: la Venezuela que nadie quiere escuchar
En las oscuras madrugadas de Caracas, donde el humo de los cigarros se mezcla con el olor a dolor y sufrimiento, hay una gran cantidad de personas que siguen viviendo en silencio. Su feliz reacción ante el bombardeo de La Carlota no es sorprendente para nadie: son personas que han perdido la esperanza, que fuman para mantenerse con vida en un país que se ha convertido en un infierno.
Millones de venezolanos están viviendo bajo una dictadura cruel y bárbara, donde el grito desesperado de sus seres humanos sufre es ignorado por el mundo entero. La mayoría de los venezolanos celebra con vehemencia la caída del dictador, pero la respuesta a esta pregunta ¿cómo es posible que?, es sencilla: miles de presos políticos, desaparecidos y torturados; cientos de miles de víctimas de una crisis sanitaria y alimentaria; ocho millones de refugiados. La degradación moral de la dignidad de millones que nunca recibieron los beneficios de las grandes reservas petroleras del planeta es lo más determinante.
Al venezolano de a pie no le importa la soberanía, el derecho internacional ni su propio petróleo. Lo que está en juego es un principio mucho más sagrado y determinante: su propia existencia. Es este derecho de existir el que se nos está negando en este momento, no sólo por la dictadura, sino también por diversos sectores políticos que invisibilizan el sufrimiento y la degradación por la que hemos tenido que atravesar.
Pero no todos pueden decir lo mismo. Dentro de Venezuela, millones de voces continúan silenciadas. Policías, militares y colectivos armados recorren las calles sembrando terror, inspeccionando celulares y publicaciones de redes sociales, suprimiendo cualquier forma de disidencia y pensamiento crítico con amenazas de torturas y desapariciones forzadas. Son estas voces, las de las víctimas de este genocidio silencioso, las que tienen que ser escuchadas, consideradas y visibilizadas.
La caída del dictador fue una victoria para algunos, pero también significa que otros seguirán en el poder y que la transición hacia la democracia estará marcada por dudas e incertidumbres. ¿Cómo liberar a los presos políticos? ¿Devolver la institucionalidad al país? ¿Ofrecer justicia y reparación a las víctimas? ¿Alimentar a miles de niños desnutridos? La lista es larga, pero lo que queda por hacer es mucho.
Y frente al hecho de que EEUU anunciara el control de la industria petrolera, la mayoría de los venezolanos saben tres grandes verdades: la primera, que nunca fuimos partícipes de los beneficios del petróleo; la segunda, que el discurso de la soberanía queda en segundo plano frente a la dignidad humana; y la tercera, que nunca estuvimos tan bien como cuando, en décadas pasadas, fueron los Estados Unidos (y no Rusia o China) quienes llevaban la batuta de la industria petrolera nacional. ¿Acaso habrá alguien capaz de escuchar todo lo que los venezolanos tienen que decir?
En las oscuras madrugadas de Caracas, donde el humo de los cigarros se mezcla con el olor a dolor y sufrimiento, hay una gran cantidad de personas que siguen viviendo en silencio. Su feliz reacción ante el bombardeo de La Carlota no es sorprendente para nadie: son personas que han perdido la esperanza, que fuman para mantenerse con vida en un país que se ha convertido en un infierno.
Millones de venezolanos están viviendo bajo una dictadura cruel y bárbara, donde el grito desesperado de sus seres humanos sufre es ignorado por el mundo entero. La mayoría de los venezolanos celebra con vehemencia la caída del dictador, pero la respuesta a esta pregunta ¿cómo es posible que?, es sencilla: miles de presos políticos, desaparecidos y torturados; cientos de miles de víctimas de una crisis sanitaria y alimentaria; ocho millones de refugiados. La degradación moral de la dignidad de millones que nunca recibieron los beneficios de las grandes reservas petroleras del planeta es lo más determinante.
Al venezolano de a pie no le importa la soberanía, el derecho internacional ni su propio petróleo. Lo que está en juego es un principio mucho más sagrado y determinante: su propia existencia. Es este derecho de existir el que se nos está negando en este momento, no sólo por la dictadura, sino también por diversos sectores políticos que invisibilizan el sufrimiento y la degradación por la que hemos tenido que atravesar.
Pero no todos pueden decir lo mismo. Dentro de Venezuela, millones de voces continúan silenciadas. Policías, militares y colectivos armados recorren las calles sembrando terror, inspeccionando celulares y publicaciones de redes sociales, suprimiendo cualquier forma de disidencia y pensamiento crítico con amenazas de torturas y desapariciones forzadas. Son estas voces, las de las víctimas de este genocidio silencioso, las que tienen que ser escuchadas, consideradas y visibilizadas.
La caída del dictador fue una victoria para algunos, pero también significa que otros seguirán en el poder y que la transición hacia la democracia estará marcada por dudas e incertidumbres. ¿Cómo liberar a los presos políticos? ¿Devolver la institucionalidad al país? ¿Ofrecer justicia y reparación a las víctimas? ¿Alimentar a miles de niños desnutridos? La lista es larga, pero lo que queda por hacer es mucho.
Y frente al hecho de que EEUU anunciara el control de la industria petrolera, la mayoría de los venezolanos saben tres grandes verdades: la primera, que nunca fuimos partícipes de los beneficios del petróleo; la segunda, que el discurso de la soberanía queda en segundo plano frente a la dignidad humana; y la tercera, que nunca estuvimos tan bien como cuando, en décadas pasadas, fueron los Estados Unidos (y no Rusia o China) quienes llevaban la batuta de la industria petrolera nacional. ¿Acaso habrá alguien capaz de escuchar todo lo que los venezolanos tienen que decir?