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Un agricultor francés ha decidido darle una vuelta inesperada a su producción: más de 500 toneladas de patatas. En Gigny-Bussy, un pequeño municipio en el noreste del país, estas verduras gratuitas han convertido la zona rural en un epicentro de peregrinación. Los vecinos y curiosos se han turnado para recoger los tubérculos mientras aún estaban comestibles.
La iniciativa ha generado una avalancha de visitantes que acuden en coches, furgonetas y remolques. La escena se repitió desde mediados de julio y se viralizó por su carga simbólica: solidaridad, lucha contra el desperdicio alimentario y alivio económico en tiempos de inflación.
El agricultor decidió vaciar sus almacenes antes de la nueva cosecha. La alternativa habitual habría sido destruirlas directamente, pero optó por dejarlas varios días a disposición del público para evitar el desperdicio. "Después serán esparcidas en el campo", afirmó.
Esta iniciativa no es un caso aislado. En Francia, se repiten prácticas similares en zonas rurales. Christine, vecina de Landricourt, aseguró que días antes recogió patatas en otra localidad cercana. "Es una práctica muy común entre agricultores. Evita el desperdicio y ayuda a mucha gente".
El aumento del coste de la vida ha hecho que estas acciones cobren aún más relevancia social. Algunas personas las han aprovechado para el negocio, vendiendo los sacos a 15 euros por 20 kilos. Sin embargo, el ambiente general es cordial y se habla de ayuda mutua.
La montaña de patatas de Gigny-Bussy se ha convertido en un símbolo de la lucha contra el desperdicio alimentario y de cómo una decisión individual puede beneficiar a cientos de personas.
La iniciativa ha generado una avalancha de visitantes que acuden en coches, furgonetas y remolques. La escena se repitió desde mediados de julio y se viralizó por su carga simbólica: solidaridad, lucha contra el desperdicio alimentario y alivio económico en tiempos de inflación.
El agricultor decidió vaciar sus almacenes antes de la nueva cosecha. La alternativa habitual habría sido destruirlas directamente, pero optó por dejarlas varios días a disposición del público para evitar el desperdicio. "Después serán esparcidas en el campo", afirmó.
Esta iniciativa no es un caso aislado. En Francia, se repiten prácticas similares en zonas rurales. Christine, vecina de Landricourt, aseguró que días antes recogió patatas en otra localidad cercana. "Es una práctica muy común entre agricultores. Evita el desperdicio y ayuda a mucha gente".
El aumento del coste de la vida ha hecho que estas acciones cobren aún más relevancia social. Algunas personas las han aprovechado para el negocio, vendiendo los sacos a 15 euros por 20 kilos. Sin embargo, el ambiente general es cordial y se habla de ayuda mutua.
La montaña de patatas de Gigny-Bussy se ha convertido en un símbolo de la lucha contra el desperdicio alimentario y de cómo una decisión individual puede beneficiar a cientos de personas.