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"El silencio, una llamada profunda"
Recuerdo el sonido de la línea que descolgaba en mi infancia. Mi padre lloraría a mi puerta todos los días a las mismas horas, y yo lo faría despertar desde su habitación. Sabía que era él, pero no hablábamos. No porque no tuviéramos nada que decir, sino porque nuestra relación cercana se fundaba en una lejanía, un silencio cómplice. Mi padre necesitaba decirme algo, aunque fuera a través de las pausadas respiraciones que lo acompañaban.
La noche del día anterior, escuché la historia de Bella Freud, diseñadora de moda y miembro de una familia de artistas británicos. Su voz era melodiosa mientras recordaba su infancia en Marruecos, pasada en caravanas con hippies aristócratas. El silencio era su refugio, un lugar donde podía expresarse sin palabras.
Y entonces, algo cambió. Ella comenzó a hablar de su relación con sus padres, y yo me encontré con una figura familiar en la conversación. Mi padre, que había estado ausente durante mi infancia, reapareció en mis oídos. El silencio eterno se acercaba.
La muerte es inevitable, pero el silencio puede ser necesario. Es un refugio frente al ruido y la soledad. Bella Freud me mostró que el silencio también puede ser una forma de conexión, de comunión con nosotros mismos y con los demás.
Recuerdo las palabras del Hamlet: "Para mí solo queda ya... silencio eterno". El silencio es una llamada profunda, una invitación a reflexionar sobre nuestra existencia y nuestro lugar en el mundo. Es un recordatorio de que la vida es frágil, pero también es hermosa.
En ese momento, me di cuenta de que el silencio no es solo el vacío de lo inesperado, sino también una oportunidad para conectar con lo profundo de nosotros mismos y con los demás.
Recuerdo el sonido de la línea que descolgaba en mi infancia. Mi padre lloraría a mi puerta todos los días a las mismas horas, y yo lo faría despertar desde su habitación. Sabía que era él, pero no hablábamos. No porque no tuviéramos nada que decir, sino porque nuestra relación cercana se fundaba en una lejanía, un silencio cómplice. Mi padre necesitaba decirme algo, aunque fuera a través de las pausadas respiraciones que lo acompañaban.
La noche del día anterior, escuché la historia de Bella Freud, diseñadora de moda y miembro de una familia de artistas británicos. Su voz era melodiosa mientras recordaba su infancia en Marruecos, pasada en caravanas con hippies aristócratas. El silencio era su refugio, un lugar donde podía expresarse sin palabras.
Y entonces, algo cambió. Ella comenzó a hablar de su relación con sus padres, y yo me encontré con una figura familiar en la conversación. Mi padre, que había estado ausente durante mi infancia, reapareció en mis oídos. El silencio eterno se acercaba.
La muerte es inevitable, pero el silencio puede ser necesario. Es un refugio frente al ruido y la soledad. Bella Freud me mostró que el silencio también puede ser una forma de conexión, de comunión con nosotros mismos y con los demás.
Recuerdo las palabras del Hamlet: "Para mí solo queda ya... silencio eterno". El silencio es una llamada profunda, una invitación a reflexionar sobre nuestra existencia y nuestro lugar en el mundo. Es un recordatorio de que la vida es frágil, pero también es hermosa.
En ese momento, me di cuenta de que el silencio no es solo el vacío de lo inesperado, sino también una oportunidad para conectar con lo profundo de nosotros mismos y con los demás.