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Santi Millán, el rostro más conocido del televisor español, ha desvelado recientemente un secreto que muchos no sabían sobre él. A los 50 años, cuando muchos ya están en la cima de sus carreras y afrontan las complejidades de la vida adulta, Millán recibió el diagnóstico de trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH). Esta condición neurológica, que afecta entre el 4% y el 7% de la población, no fue un obstáculo insuperable para él. Por el contrario, Millán ha aprendido a vivir con TDAH y incluso lo ha transformado en una herramienta útil en su vida profesional.
Para el actor, la clave radica en saber priorizar y gestionar el estrés. En entornos de alta exigencia como la televisión, debe ser capaz de enfocarse y mantenerse tranquilo. Su experiencia como presentador le ha permitido desarrollar esta habilidad, ya que en momentos de crisis, puede depender del pinganillo para recuerdar lo que tiene que decir.
Millán también ha desafiado un prejuicio común sobre la atención y cómo interactuar con personas con TDAH. Sugiere que es importante que la persona esté haciendo algo más mientras se escucha, en lugar de simplemente escuchar pasivamente.
La vida personal de Millán también ha sido objeto de curiosidad en el pasado, especialmente su relación con Rosa Olucha. A pesar de los altibajos que han superado con el tiempo, la pareja se mantiene firme y respetuosa. La clave para ellos es la empatía y la capacidad de ponerse en el lugar del otro.
Su confesión sobre TDAH, unida a su visibilidad sobre la vida en pareja y el paso del tiempo, nos muestra a un Santi Millán más maduro y reflexivo. Sin dramatizar ni minimizar, ha elegido hablar desde su propia experiencia y madurez, normalizando realidades que siguen siendo invisibles para muchos.
En un mundo acostumbrado a la exposición y relatos extremos, este testimonio destaca precisamente por la naturalidad con que Millán aborda temas complejos. Su actitud refuerza su trayectoria marcada por autenticidad y respeto tanto hacia su trabajo como hacia su intimidad.
Para el actor, la clave radica en saber priorizar y gestionar el estrés. En entornos de alta exigencia como la televisión, debe ser capaz de enfocarse y mantenerse tranquilo. Su experiencia como presentador le ha permitido desarrollar esta habilidad, ya que en momentos de crisis, puede depender del pinganillo para recuerdar lo que tiene que decir.
Millán también ha desafiado un prejuicio común sobre la atención y cómo interactuar con personas con TDAH. Sugiere que es importante que la persona esté haciendo algo más mientras se escucha, en lugar de simplemente escuchar pasivamente.
La vida personal de Millán también ha sido objeto de curiosidad en el pasado, especialmente su relación con Rosa Olucha. A pesar de los altibajos que han superado con el tiempo, la pareja se mantiene firme y respetuosa. La clave para ellos es la empatía y la capacidad de ponerse en el lugar del otro.
Su confesión sobre TDAH, unida a su visibilidad sobre la vida en pareja y el paso del tiempo, nos muestra a un Santi Millán más maduro y reflexivo. Sin dramatizar ni minimizar, ha elegido hablar desde su propia experiencia y madurez, normalizando realidades que siguen siendo invisibles para muchos.
En un mundo acostumbrado a la exposición y relatos extremos, este testimonio destaca precisamente por la naturalidad con que Millán aborda temas complejos. Su actitud refuerza su trayectoria marcada por autenticidad y respeto tanto hacia su trabajo como hacia su intimidad.