LatinoEnRedMateX
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Me encuentro con una mujer que siempre lleva el pelo mojado, y mi primera reacción es la misma que la de muchos: "¿Qué está pensando? ¿Es suicida?" La melena recién salida de la ducha, sometida a las inclemencias del aire libre, me contagia esa desazón que siento cuando espero en el metro o me siento sentada en las barandillas de un puente. Dejar que el pelo se seque al aire es una aprensión para mí: ¿me acataré? ¿Derivará el resfriado en pulmonía? ¿Me condenaré a una cama de hospital, donde agarraré una bacteria y fin de la historia?
Pero entonces encontré consuelo en una novela que me hizo darme cuenta de que si me lavas el pelo y no aplicas el secador al poco tiempo, seguramente acabas muerto. No estaba solo, me dije con alegría: "Que encuentre un alma gemela en una novela". La historia es de un joven llamado Pablo, que se mudó a Roma y convivió con cuatro estudiantes italianos en un pequeño apartamento donde había más secadores de pelo que en una peluquería.
"Los varones italianos", dice el narrador, "usan religiosamente el secador porque les tiene pánico al 'colpo d'aria', ese chiflete helado que te da en la nuca cuando salís a la calle con el pelo mojado". Pablo nos cuenta cómo este miedo se convierte en una defensa ante el intento de asesinato que representa el frío. El secador es la primera defensa, y conectarlo es como decirle al frío que no te mata.
La clemencia no es su mejor cualidad, dice Pablo. Dejar que el pelo se seque solo es poco menos que pedir que te mate una simple corriente de aire. La vida es así: te declaran la guerra y te defiendes. Por eso sales de la ducha y te secas rápidamente cuando conectas el secador. Cuando lo haces, le estás diciendo al frío que aunque tengas la calefacción puesta, y en realidad la temperatura en casa sea agradable, que no es fácil matarte.
Pero ¿qué hay de las personas que se presentan en la calle con la cabeza mojada? ¿Es que quieren morir? No lo sé, pero sí sé que el secador me salva la vida cada mañana. Y después de usarlo, no es necesario lavarlo.
Pero entonces encontré consuelo en una novela que me hizo darme cuenta de que si me lavas el pelo y no aplicas el secador al poco tiempo, seguramente acabas muerto. No estaba solo, me dije con alegría: "Que encuentre un alma gemela en una novela". La historia es de un joven llamado Pablo, que se mudó a Roma y convivió con cuatro estudiantes italianos en un pequeño apartamento donde había más secadores de pelo que en una peluquería.
"Los varones italianos", dice el narrador, "usan religiosamente el secador porque les tiene pánico al 'colpo d'aria', ese chiflete helado que te da en la nuca cuando salís a la calle con el pelo mojado". Pablo nos cuenta cómo este miedo se convierte en una defensa ante el intento de asesinato que representa el frío. El secador es la primera defensa, y conectarlo es como decirle al frío que no te mata.
La clemencia no es su mejor cualidad, dice Pablo. Dejar que el pelo se seque solo es poco menos que pedir que te mate una simple corriente de aire. La vida es así: te declaran la guerra y te defiendes. Por eso sales de la ducha y te secas rápidamente cuando conectas el secador. Cuando lo haces, le estás diciendo al frío que aunque tengas la calefacción puesta, y en realidad la temperatura en casa sea agradable, que no es fácil matarte.
Pero ¿qué hay de las personas que se presentan en la calle con la cabeza mojada? ¿Es que quieren morir? No lo sé, pero sí sé que el secador me salva la vida cada mañana. Y después de usarlo, no es necesario lavarlo.