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Madrid ensombrecida sin luna: la noche cruda de "Noche"
La ciudad se viste de penumbra, como una criatura que se retira a sus brazos más oscuros. El Madrid de finales del siglo XIX se despliega en todas su amargura, en cada rincón donde el alma humana late con angustia y desesperanza. La obra "Noche" nos trae ese mundo sombrío, donde la religiosidad se convierte en miedo y temor, donde las mujeres son sometidas y oprimidas.
En este escenario oscuro, solo iluminado por la luz simbólica de una noche larga, el padre Francisco se enfrenta a su propia hipocrisía. La autoridad se desmorona ante la duda, y la conciencia del hombre se desata en un torbellino de pecados y culpas. Don Gregorio, el cura, es un espanto de superstición y dogma, que no puede soportar la idea de vidas libres y licenciosas.
La compañía actoral nos presenta la obra con una intensidad cruda y despiadada, sin matices ni suavidades. Alberto Jiménez, Àstrid Janer y Roser Pujol se sumergen en sus papeles con una angustia necesaria, un dramatismo que nos envuelve como si estuviéramos viviendo la historia.
La noche cruda de "Noche" es un recordatorio de que el pasado no ha muerto, que las sombras que habitan en nuestras mentes siguen siendo tan presentes como siempre. La pobreza, la inestabilidad social y la falta de libertad se entrelazan con el estigma del pecado, creando una red de miedo y temor que nos envuelve sin compasión.
La obra nos devuelve lo que somos en realidad: un ser humano imperfecto, lleno de debilidades y defectos. No hay falsedades ni engaños aquí. Solo la verdad cruda y despiadada del hombre. Y es ahí donde la belleza de "Noche" se encuentra: en su capacidad para retratar una realidad que no queremos reconocer, pero que siempre está presente.
La ciudad se viste de penumbra, como una criatura que se retira a sus brazos más oscuros. El Madrid de finales del siglo XIX se despliega en todas su amargura, en cada rincón donde el alma humana late con angustia y desesperanza. La obra "Noche" nos trae ese mundo sombrío, donde la religiosidad se convierte en miedo y temor, donde las mujeres son sometidas y oprimidas.
En este escenario oscuro, solo iluminado por la luz simbólica de una noche larga, el padre Francisco se enfrenta a su propia hipocrisía. La autoridad se desmorona ante la duda, y la conciencia del hombre se desata en un torbellino de pecados y culpas. Don Gregorio, el cura, es un espanto de superstición y dogma, que no puede soportar la idea de vidas libres y licenciosas.
La compañía actoral nos presenta la obra con una intensidad cruda y despiadada, sin matices ni suavidades. Alberto Jiménez, Àstrid Janer y Roser Pujol se sumergen en sus papeles con una angustia necesaria, un dramatismo que nos envuelve como si estuviéramos viviendo la historia.
La noche cruda de "Noche" es un recordatorio de que el pasado no ha muerto, que las sombras que habitan en nuestras mentes siguen siendo tan presentes como siempre. La pobreza, la inestabilidad social y la falta de libertad se entrelazan con el estigma del pecado, creando una red de miedo y temor que nos envuelve sin compasión.
La obra nos devuelve lo que somos en realidad: un ser humano imperfecto, lleno de debilidades y defectos. No hay falsedades ni engaños aquí. Solo la verdad cruda y despiadada del hombre. Y es ahí donde la belleza de "Noche" se encuentra: en su capacidad para retratar una realidad que no queremos reconocer, pero que siempre está presente.